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La mano invisible- El Palomitron

Lo dijo el escritor y filósofo norteamericano Ralph Waldo Emerson: “El dinero, a menudo, cuesta demasiado”. Lo vemos cada día: hombres y mujeres que se matan a trabajar a cambio de salarios miserables, personas mayores a quienes una vida de trabajo no les ha alcanzado para asegurarse un retiro digno y, cómo no, ese dato que dice que España orgullosamente duplica la cifra media de universitarios en paro de la Unión Europea. Ya no basta con trabajar, hace falta un poco más, un extra cuya recompensa pasa por una palmada en la espalda y gracias. Trabajar lo indebido se ha convertido en deber, y las colas del paro están llenas de gente que quiso una retribución a cambio de sus esfuerzos.

David Macián debuta en el cine con La mano invisible, adaptación de la novela homónima de Isaac Rosa. En la película vemos cómo un grupo de trabajadores desempeñan su trabajo en una nave de un polígono industrial, con dos peculiaridades ciertamente desconcertantes. La primera es que sus trabajos son inútiles y no tienen más fin que el trabajo en sí mismo: un albañil levanta muros de ladrillos para posteriormente derribarlos; un carnicero despieza animales para después tirarlos al cubo de basura; una operadora telefónica realiza encuestas que no están destinadas a formular ninguna estadística, etc. La segunda peculiaridad es que sus trabajos se llevan a cabo ante un público que asiste a la función, como si de un macabro circo de la vida se tratase, y se siente en libertad de aplaudir o abuchear a los trabajadores en la medida que consideren oportuna.

El planteamiento sostiene una temática similar a Danzad, danzad malditos, la película de Sydney Pollack (adaptación de la novela de Horace McCoy) en la que un grupo de personas participa en un concurso de baile que los lleva irremediablemente a un maratón físico y psicológico que se prolonga durante días enteros ante la mirada de unos espectadores morbosos que encuentran un placer irresistible en la constante decadencia de los participantes. El título inglés de aquella película era They shoot horses, don’t they? (que en castellano se puede traducir como “Disparan a los caballos, ¿no es así?”) y hace alusión a esos animales que, fatigados en exceso o malheridos tras haber sido forzados a un duro trabajo, son sacrificados para ahorrarles un mayor sufrimiento. Hay un cierto grado de compasión en el hecho de liberar a un ser de su carga, pero también esconde un mensaje mucho más atroz: cuando dejo de necesitarte, cuando ya nada puedes reportarme, eres perfectamente prescindible para mí.

Escena dos personajes La mano invisible - El Palomitron

David Macián recoge esta idea y la lleva a su terreno para, a pecho descubierto, en un escenario desnudo, depositar ante nuestras miradas un retrato atroz del sinsentido del mercado laboral, que pasa cada vez más por la explotación y la aniquilación del individuo. Es una película perversa y fascinante, tan extravagante en su planteamiento como realista en su desarrollo. Constantemente arroja al espectador preguntas incómodas y lo obliga a cuestionar los cimientos de la sociedad e, incluso, de su propia vida. Exige mucha valentía echar la casa abajo cuando uno tiene un techo sobre su cabeza, pero solo así pueden dejarse al descubierto las vigas que están podridas.

Hay algo de cine experimental y mucho de cine social, a lo hermanos Dardenne, pero que nadie se asuste: por favor, que el lector no recoja aún sus bártulos para irse a casa, porque La mano invisible no solo es importante (importantísima), es que, ¡qué diablos!, es tremendamente entretenida, hipnótica de principio a fin. La brillantez del reparto y la claridad cristalina del guion (escrito a dos manos entre el propio director y Daniel Cortázar) convierten la obra en una lección de vida francamente fascinante.

No podemos más que desear suerte a esta película, que hace de lo modesto algo monumental. Mientras tanto, la suerte es nuestra, que podemos disfrutarla y, de paso, aprender una o dos cosas.

 

LO MEJOR:

  • Que con tan poco consiga tanto, tanto, tanto.

LO PEOR:

  • Que la gente no la vea por prejuicios que no se ajustan a la realidad.

 

Alex Merino Aspiazu

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