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José Luis Torrijo y David Macián - La mano invisible en El Palomitrón

Esta va a ser una entrevista política. Porque La mano invisible, como todo el cine, como todo arte, es un acto político. Ya nos parece oír los primeros lamentos: “¿Por qué no puede esta gente del cine dedicarse a hacer películas y dejar la política para los políticos?” Esa es fácil: porque la política, por activa o por pasiva, por acción u omisión, es cosa de todos. Y porque el cine, le pese a quien le pese, es una inmejorable herramienta para generar debate y, en fin, hablar, que no hace daño a nadie. Hablemos.

El director David Macián (D. M.) y el actor José Luis Torrijo (J. L . T) nos esperan sentados en la primera fila de una sala de los cines Renoir Plaza de España. Nosotros ya explicamos en nuestra crítica por qué La mano invisible es un logro mayúsculo y una película de una actualidad e importancia inestimables, pero preferimos oírlo de su boca:

¿Por qué es esta película importante?

D. M.: Estamos acostumbrados a ver un tipo de cine que nos lo da todo mascado, y en ese sentido hemos querido crear una obra que ayude a generar debate e invite a una reflexión profunda por parte del espectador. Hemos puesto el foco en el trabajo y el mundo laboral, que es algo que en mayor o menor medida nos afecta a todos, y la novela de Isaac Rosa nos permitía enfocarlo desde un punto de vista muy interesante.

Tiene algo de Danzad, danzad malditos…

D.  M.: Me alegra que me digas eso porque era el referente que yo tenía en mente en todo momento, pero hasta ahora solo me la habían comparado con Dogville, por su estética supongo.

J. L. T.: ¡Y eso que no hemos pintado nada en el suelo!

Si os parece bien, vamos a pasar a leeros algunas frases célebres sobre el trabajo y el mercado laboral y vosotros nos decís lo que os sugieren. Allá va la primera: “Un síntoma de que te acercas a una crisis nerviosa es creer que tu trabajo es tremendamente importante” (Bertrand Russell)

J. L. T.: (risas) ¡Bravo! El trabajo se ha convertido en el centro de la vida, pero la vida es mucho más. El trabajo no puede ser un fin en sí mismo, sino un lugar donde desarrollarse o, al menos, donde poder conseguir el dinero suficiente para poder hacer lo que a uno le guste. Si uno dedica su vida al trabajo, ¿qué sucede cuando se jubila? Yo soy afortunado por dedicarme a lo que me gusta y, en ese sentido, ni siquiera lo considero un trabajo.

D. M.: He trabajado en empresas de dudosa ética y he observado cómo algunos de mis compañeros se colocan una especie de máscara para acudir al trabajo, se produce una especie de transformación y lo asumen como parte integrante del trabajo. Me han llegado a confesar que, efectivamente, se convierten en personas diferentes y que solo el domingo se sienten ellos mismos, pues el sábado aún arrastran las secuelas de la semana de trabajo. ¿No es eso terrible? Deberíamos poder ser la misma persona, nosotros mismos, las 24 horas del día y los 7 días de la semana. De lo contrario supone que el trabajo no nos permite ser quienes somos, que nos obliga de alguna forma a apagarnos.

Aquí va otra frase: “Algo malo debe tener el trabajo o los ricos ya lo habrían acaparado” (Cantinflas)

J. L. T.: Muy cierto. Los que más ganan son los que menos trabajan. Aquí curramos todos y se lo llevan muerto dos o tres. Hemos llegado a un punto en el que incluso salir del trabajo a tu hora está mal visto, parece que si no haces horas extra no demuestras una actitud positiva hacia la empresa, y de cobrar por ese tiempo ya mejor ni hablamos.

D. M.: Hay excepciones, por supuesto, pero generalmente los que están arriba son gente que tiene la mira en el capital y no en el bien social. Tanto es así que al mínimo problema, si intuyen que el trabajador les puede salir rana, lo echan sin contemplaciones ni compasión alguna. El despido es fácil y muy barato.

“Me gusta y me fascina el trabajo: podría estar sentado horas y horas mirando a otros cómo trabajan” (Jerome Klapka Jerome)

J. L. T.: (risas) ¡A mí también me gusta mucho ver a la gente trabajar! Cuando vino un albañil al rodaje para explicarme su oficio me pareció fascinante, y una práctica que requería de una habilidad tremenda. Hay algo maravilloso en el trabajo manual, una nobleza del oficio que estaba en nuestros padres y nuestros abuelos. Parece que ahora solo importan las carreras universitarias y nos olvidamos de las personas que construyen las casas donde vivimos, que nos arreglan el coche con el que nos movemos, que cortan la carne para que podamos comerla. ¿Y qué haríamos sin camareros en este país, que es el gran bar de Europa?

D. M.: Hay trabajos que otorgan una especie de estatus social y otros que están vistos como menores, feos y, sin embargo, son necesarios. Existe una admiración general por el escritor o el director de cine, pero hay que quitarse el sombrero ante otros profesionales que, sin hacer tanto ruido, desempeñan labores de mucha importancia. Son los trabajos invisibles, los que no obtienen reconocimiento pero sin los cuales viviríamos mucho peor.

La siguiente trae cola: “El trabajo nos hace libres”

J. L. T.: Nadie te hace libre. Nadie. La libertad es algo interior, libre te haces tú. En las condiciones actuales, el trabajo condiciona nuestros deseos y libertades, y nos hace esclavos. Es un círculo muy bien diseñado para que no puedas salirte. Únicamente trabajando en algo que te guste podría el trabajo ayudarte a ser libre, porque te permitiría explorar quién eres. Pero lo que tenemos ahora es un sistema esclavista. Las empresas lo saben y no lo ocultan: son sus condiciones o nada. Y nosotros nos callamos, nos escondemos cada uno en nuestro pequeño cubículo, contentos porque echen al de al lado y no a notros, aunque sin duda mañana será nuestro turno.

Entrevista José Luis Torrijo y David Macián - El Palomitrón

Esta circunstancia, que en la película queda perfectamente retratada, lleva tiempo instalada en la sociedad.

D. M.: Sí, es algo que lleva tiempo sucediendo, y me temo que se va a seguir dando en el futuro. La película está contextualizada en la actualidad, en esta situación de precariedad en la que nos hemos instalado en los últimos 7 u 8 años tras la crisis económica y social, pero al final todo se remonta a algo que viene masticándose desde hace mucho tiempo.

¿Qué papel tienen la unión y la solidaridad en este problema?

D. M.: Se ha ido diluyendo la unión que existía entre la clase obrera y nos hemos instalado en un sistema mucho más antipático en el que prevalece el individualismo por encima de todo. Ahora hay menos términos de solidaridad y empatía. Pero no es algo que empiece en la empresa, sino antes, en la enseñanza del colegio. Entras ya en esa espiral en la que un sujeto, en este caso el maestro, te dice lo que debes hacer y busca la competencia entre los alumnos, premiando o penalizando en función de los resultados.

J. L. T.: El diseño del colegio es muy similar al de la empresa. En el colegio suena un timbre; en la fábrica, una sirena. En el lugar de trabajo tienes tu puesto y, en el colegio, dispones de tu pupitre asignado. Hay cosas que están diseñadas para estar callado, obedecer y ofrecer resultados. Es un camino bien marcado que fomenta una mentalidad dócil y sumisa.

¿Y el conformismo?

D. M.: Tenemos el conformismo tan incrustado bajo la piel que a veces cuesta quitárselo y pensar en términos críticos. Cuántas veces habremos oído aquello de “No te quejes, por lo menos tienes trabajo”. Es que hay que luchar no por tener un trabajo, sino por tener uno digno.

¿Cómo le damos la vuelta a esto?

D. M.: La respuesta es fácil y jodida a la vez: uniéndote. Organizándote. Reclamando. Luchando por nuestros intereses. Somos la mayoría y es frustrante que seamos incapaces de luchar desde lo colectivo. Si somos pobres y encima individualistas, apaga y vámonos.

J. L. T.: Y ahora, encima, somos una mayoría asustada, que es lo preocupante. El miedo nos empequeñece y los órganos de poder lo saben. Cuando alguien propone un cambio, ellos dicen: “¡Que vienen los malos!”, y nos echamos a temblar. Pero algún día tendremos que salir de debajo de las sábanas y dar el golpe sobre la mesa que lleva tiempo pidiéndose a gritos.

Una película como esta, que retrata con tanta perversidad y una fuerte carga ideológica el mercado laboral, no podía hacerse siguiendo el modelo de producción cinematográfica habitual. ¿Cómo lo hicisteis posible?

D. M.: Todo empieza con la novela de Isaac. Su lectura me fascinó y enseguida me puse en contacto con él para explicarle la adaptación cinematográfica que tenía en mente. Él sabía de mi precariedad y que, por tanto, no disponía de dinero para comprarle los derechos. Daniel Cortázar y yo trabajamos codo con codo en la elaboración del guion y, cuando por fin dimos con una versión lo suficientemente convincente, lo presentamos a subvenciones. Ten en cuenta que es muy difícil hacer cine sin la ayuda de las televisiones, y en este caso ni las privadas ni la pública estaban dispuestas a apoyarnos, así que tras las calabazas que obtuvimos teníamos dos opciones: arrojar la toalla o seguir. Entonces surgió la idea y se la comenté a Isaac: hacer la película de manera corporativa, con todo lo que implica a nivel tanto económico como político. La propuesta le cautivó y desde ese momento su vinculación con la película creció hasta el punto de que puso dinero y hasta hizo una figuración, aunque al final le quité el plano.

J. L. T.: (risas) Eso es chungo…

D. M.: Empezamos a tejer esta infraestructura en la que nos juntamos equipo técnico, actores y gente que aporta dinero, y tomamos las decisiones de forma consensuada en asamblea. Es una decisión coherente con lo que se cuenta. La película denuncia un modelo laboral obsoleto y perverso, y nuestro objetivo era funcionar de forma opuesta.

Y los actores acuden a la llamada.

J. L. T.: Hay algo de cabreo en todo ello. Te dicen: no se pueden hacer películas. Y tú dices: verás como sí. ¿Que no ganamos dinero? Es que igual el objetivo no es ese. Es que a lo mejor el objetivo es contar una historia que debe ser contada. En este país es muy difícil realizar cualquier actividad artística, porque no hay apoyo ni ayuda. Y la cosa empeora en el cine, donde hay un claro castigo por parte del gobierno.

Parece que no se valora el cine como parte de la identidad cultural de un país.

J. L. T.: Aquí parece que no nos damos cuenta de eso. Los norteamericanos hace tiempo que se dieron cuenta de que con su cine nos venden una idea de país y cultura, y les funciona. Aquí no consideramos necesario exportar nuestra cultura.

D. M.: El cine es un vehículo para poner debates sobre la mesa. El libro puedes leerlo y mascarlo en solitario, pero el cine tiene un factor colectivo que permite compartir impresiones y reflexionar conjuntamente.

Nuestra charla termina aquí, pero el debate sigue en las salas de cine en las que proyectan La mano invisible. Id a verla, no os quedéis fuera de la conversación.

Alex Merino Aspiazu

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