Compartir

Alicia Vikander El Palomitrón

Todo lo trágico e intimista de ese análisis de la rotura de la relación entre Ryan Gosling y Michelle Williams en esa excelente y demoledora ópera prima que el director de Colorado Derek Cianfrance estrenó en 2010 (Blue Valentine) se ha convertido en su última película en una orgía de épica y grandilocuencia: el melodrama se siente acartonado, con esos atardeceres eternos, esos primeros planos de las caras de los actores contenidos que escupen sus líneas de diálogo susurrando, con un tono casi confesional, y las sempiternas pistas orquestales de Alexandre Desplat que no dan un descanso a los oídos del espectador y que aumentan su intensidad de forma proporcional al número de lágrimas vertidas en la secuencia. Su intención parecía ser la de emular a Terrence Malick (de él toma prestados varios tics cinematográficos), pero peca de escasa elaboración psicológica de los personajes, más allá de si lloran o se gritan más o menos.

Michael Fassbender El Palomitrón

Porque sí, en este (melo)drama de época se llora, y se llora mucho, casi tanto como en un folletín de los de Nicholas Sparks, aunque esta película no vaya de jóvenes que buscan abandonar su ciudad natal en busca de una vida mejor. Él muestra síntomas de estrés postraumático por su participación en la Primera Guerra Mundial y decide aislarse en una solitaria isla como cuidador del faro, y ella es una jovencita aburrida de un pequeño pueblo de la Australia rural. En su primer encuentro intercambian miradas; en su segundo, se van de picnic; y antes del tercero (su boda) intercambian cartas de amor que tienen poca pasión y mucho respeto mutuo. Esta es sin duda la parte más literaria de toda la obra, y se observa con una mezcla de estupor y aburrimiento: el romance es descaradamente inverosímil y, pese a que la química que desprenden los actores principales (esa contención marca de la casa de Fassbender y la excesiva expresividad facial de la recién llegada Vikander, pareja en la vida real) imbuye al relato de cierto interés, uno no tarda en darse cuenta de que le están vendiendo un poco de humo.

La luz entre los océanos El Palomitrón

En el faro todo son diversión y juegos, una mezcla de sexo, persecución de gallinas y muchas miradas intensas entre los amantes, pero todo se viene muy abajo, muy rápido. Ella tiene dos abortos y su relación parece estar en el peor momento posible… hasta que el agua trae un bote con un hombre muerto al que entierran, y un bebé (su luz entre los océanos) al que adoptan. Su decisión implica una nueva dosis de atardeceres anaranjados, secuencias de montaje para mostrar el crecimiento del infante y una culpabilidad encerrada dentro del personaje de Fassbender, que, si hemos visto alguna película alguna vez, sabemos que acabará manifestándose. Y así es cómo la aparición de Rachel Weisz (la histérica e histriónica madre del bebé y viuda del cuerpo enterrado cerca del faro) desata otro lugar común en las ficciones de Cianfrance: sus personajes sufren ahora por los errores cometidos tiempo atrás, en forma de gritos, llantos y penitencias varias, cerrando un arco dramático que nunca debería haber ocurrido en primer lugar. Aquí, sin embargo el academicismo se come al autor, que filma un clímax epítome de la pulcritud impersonal del melodrama más clásico y descaradamente manipulador… y, claro está, moralizante y redentor.

La luz entre los océanos, si bien es correcta (incluso buena) en casi todos sus apartados técnicos, falla en el más importante: su guion. No consigue plantar las bases del romance de una forma satisfactoria e irrumpe en el tercer acto definiendo a los personajes como seres histéricos, sin capacidad para dialogar, en una caída a los infiernos de la moral que no se plantea como un debate, sino como un hecho irrevocable. Les resultará tan anodina como fácilmente olvidable.

 

LO MEJOR:

  • La química entre Michael Fassbender y Alicia Vikander.
  • La banda sonora de Alexandre Desplat.
  • El diseño de producción.

 

LO PEOR:

  • Duración exagerada.
  • Su academicismo formal.
  • Su guion.

 

Pol Llongueras

No hay comentarios