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La llegada. Crítica en El PalomitrónEl siglo XX ha sido sin duda el siglo de la semiología. Desde que en sus albores el lingüista suizo Ferdinand de Saussure sentase sus bases como la ciencia cuyo objeto es el estudio de los signos, muchos discípulos suyos, europeos y norteamericanos, han desarrollado los conceptos teóricos de esta disciplina para dar a luz un espectacular abanico de ramas que actualmente siguen estudiando y analizando el impacto del lenguaje de los signos en todos los planos de nuestra vida.

Denis Villeneuve, que tras esta cinta no sería ninguna salvajada considerarle uno de los mejores directores más completos (y también complejos) de la actualidad, bucea en las teorías semióticas más vanguardistas, aquellas que defienden la plasticidad del cerebro y la capacidad que tiene el aprendizaje de nuevos lenguajes de alterar nuestra percepción de la realidad, para firmar una de las cintas más apasionantes de lo que llevamos de siglo. La llegada es un vehículo concebido para celebrar y reivindicar el papel de la comunicación, no solo como embajadora en la resolución de conflictos, sino también como llave maestra para educar a las sociedades en la comprensión del entorno y guiarlas hacia el conocimiento pleno de su naturaleza. Y hablamos de celebración porque La llegada desestima cualquier conato de nihilismo (una visión tan propia del género como machacada) para guiarnos de la mano hacia una experiencia sensorial que nos invita a replantearnos nuestra escala de valores como seres humanos, convocándonos a una reflexión profundamente vitalista.
La llegada. Crítica en El Palomitrón

Eric Heisserer, guionista versado en el cine de terror (Destino final 5, La cosa o Nunca apagues la luz), adapta el relato La historia de tu vida, de Ted Chiang, con una eficacia sorprendente. No solo respeta la historia en su planteamiento, sino que además es capaz de trasladar a la gran pantalla su hábil combinación de géneros, porque La llegada, más allá de su carga fantástica, es un relato conmovedor, cargado de intimismo y autodescubrimiento.

El dominio de la narración de Denis Villeneuve vuelve a sumergir al espectador desde sus primeros compases (nada nuevo bajo el sol si hablamos del cine del canadiense) en una trama que avanza con tal suavidad que, sin apenas darnos cuenta, nos coloca en el nudo del argumento para desarrollar sus conceptos. Con un discurso que no pierde el tiempo ni se encalla en ninguno de sus puntos, La llegada apenas concede relevancia a cualquier elemento que suponga una distracción en el discurrir de su relato, y solo claudica su protagonismo ante el inevitable mensaje en defensa de la cooperación y el trabajo colectivo como única solución de los conflictos globales.

Lallegada. Crítica en El PalomitrónTodo perfectamente ensamblado, sin rastro de las fisuras o las ínfulas que empañan algunos de los títulos más representativos del género en estos últimos años. Porque la cinta de Villeneuve vive más cerca de títulos como Encuentros en la tercera fase (Steven Spielberg, 1977) o Contact (Robert Zemeckis, 1997) que de las aparatosas (y no por ello menos virtuosas) Gravity (Alfonso Cuarón, 2013) o Interstellar (Christopher Nolan, 2014). Para rematar la faena e instalar cómodamente la cinta en cotas reservadas a los grandes títulos de cada año, Villeneuve recurre a la fotografía de Bradford Young, que firma un trabajo que evoca las labores de Emmanuel Lubezki para el cine de Terrence Malick, y a la partitura de Jóhann Jóhannsson (Sicario y La teoría del todo) para terminar de envolvernos y revolvernos.

Tampoco en el plano interpretativo hay mucho espacio para la mejora, y su trío protagonista defiende su posición con bastante holgura, regalándonos algunas composiciones memorables (los registros que imprime Forest Whitaker a su personaje en su primera aparición en pantalla son dignos de mención especial) y calculando todos su contención en beneficio del conjunto. Lógicamente, la estrella de la función es el personaje interpretado por Amy Adams, y suya es la labor de transmitirnos con su mirada y su sonrisa sus pensamientos, para empaparnos del vitalismo que rezuma por sus cuatro costados el mensaje de la película.

Pase lo que pase, y toque lo que toque, parece que Villeneuve no está dispuesto a venderse, y con La llegada vuelve a situarnos en un punto de partida para la introspección, y cómo no, para el debate. Que su talento esté detrás de la secuela de Blade Runner es, sin duda, la mejor noticia para todos los amantes de la obra maestra de Ridley Scott.

LO MEJOR:

  • La solidez del conjunto y la originalidad de su complicada propuesta.
  • La sensación que embarga al espectador a medida que se desvelan las cartas, especialmente en el tramo final de la película. Una sensación que hace grande al cine.

LO PEOR:

  • Que los detractores de la ciencia ficción se equivoquen y dejen pasar la mejor película de lo que llevamos de año.
  • Toparse con alguna crítica que, por torpeza o descuido, desvele aspectos fundamentales del argumento, lastrando para siempre la experiencia de enfrentarse a La llegada sin más información que la estrictamente necesaria.

Alfonso Caro

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