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Ya en 2012 Alberto Rodríguez venía avisando con Grupo 7 de lo que estaba por venir. Con su falta de complejos a la hora de planificar escenas (la secuencia arranque de Grupo 7 es realmente electrizante), su capacidad para transmitir a los actores lo que busca y su maestría para recrear ambientes sórdidos, el director sevillano trazaba sus líneas maestras. Líneas que en La isla mínima ha logrado terminar de definir y depurar. Claro deudor del Imanol Uribe de Días contados (del que pronto tendremos noticias muy frescas y esperadas por muchos), el cine de Alberto Rodríguez supone un punto y aparte, una madurez capaz de sostener la mirada a cualquier director de fama internacional y una pica mortal de necesidad a favor del cine español y el imparable talento de unas nuevas generaciones llamadas a reconciliar la industria con el espectador con el único lenguaje posible: la calidad al servicio del público.

Dos policías antagónicos, una desaparición, un pueblo con sus propios secretos y las marismas del Guadalquivir son los elementos que articulan el relato de La isla mínima. No hace falta nada más para firmar una de las obras más sorprendentes y gratificantes del cine español. Con esta economía de elementos, Alberto Rodríguez acierta al decantarse por dibujar con esmero a los personajes, volcar todo su esfuerzo en la recreación de un ambiente opresivo e insano y apoyarse en una excelente fotografía para pegar al espectador a la butaca.

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Mucho se está comparando La isla mínima con la conocida True Detective, pero, más allá de una pareja de agentes de la ley como protagonistas y unos planos que sacan máximo rendimiento a los paisajes, no vemos muchas más conexiones, y con esto no basta porque la serie de HBO ni ha inventado las buddy movies (término que prácticamente se acuñó con Límite 48 horas, de Walter Hill) ni tiene la licencia sobre un estilo visual que, si bien ha popularizado en gran medida, en ningún caso ha descubierto (repasemos No es país para  viejos o la joya danesa Terriblemente feliz). Puede que, efectivamente, el símil resida en una pareja protagonista que con su trabajo va a sorprender a más de uno (aunque a estas alturas no debería), como así pasó con Harrelson y McConaughey. Lo que sí se nos antoja es una alineación mucho más clara, gracias a una galería de personajes que rebosan violencia contenida y unas localizaciones alejadas de la civilización que rezuman hostilidad y aislamiento, hacia el cine de Sam Peckinpah (Perros de paja, 1971) o John Boorman (Defensa, 1972).

Porque la construcción de personajes es realmente abrumadora. Tanto en el caso de Raúl Arévalo (que con esta interpretación ya no tiene que demostrar nada a nadie) como en el de Javier Gutiérrez, que por su parte deja claro a los más despistados (esos que debido a sus papeles en la comedia y el cine familiar le habían relegado automáticamente a una categoría inferior) que estamos ante uno de los actores más polivalentes y solventes del panorama actual. Antonio de la Torre, pese a contar con pocos minutos (que no es sinónimo de desaprovechamiento) conecta extraordinariamente con la historia y vuelve a demostrar que los grandes son  grandes por lo que son, porque no necesitan más que unos cuantos planos, un par de líneas y apenas dos muecas para transmitir y adueñarse de la pantalla. Y por si todo esto se nos antoja poco, aparece Nerea Barros en escena y firma una interpretación de escuela, basada en unas miradas y silencios tan potentes que defienden su posición en plano frente a De la Torre, para redondear el conjunto. Todos comunican con sus ojos y sus gestos. Con sus lágrimas y con su sudor. Sus pecados y sus miedos flotan latentes en La isla mínima y paran el reloj del espectador. Más anecdótica, en cambio, es la presencia de Jesús Castro y Jesús Carroza, a los que es imposible no situar instintivamente en Algeciras tras la resaca de El niño. Es complicado recordar un comienzo tan potente en esto del cine para alguien que está aquí por casualidad (se le complica el Goya a Mejor actor revelación a Rovira).

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Este recital interpretativo funciona tan bien y es tan convincente gracias a una puesta en escena realmente soberbia, en la que se adivina un trabajo tremendo a la hora de concebir cada secuencia. Alberto Rodríguez se preocupa mucho por recrear en cada detalle el reflejo de esa España de principios de los 80 en la que la democracia da sus primeros pasos (ya hizo lo propio con la Sevilla Pre-Expo en Grupo 7) y dota a toda la cinta de una atmósfera que agobia y asfixia a los personajes, porque en La isla mínima parece que hasta el aire pesa. Álex Catalán vuelve a encargarse de la fotografía, y con una paleta de colores muy limitada (solo utiliza el color rojo y su simbolismo para romper la monotonía de los ocres) logra trasmitir un desasosiego al espectador que termina por secuestrar toda su atención. También ayuda, y mucho, la composición de Julio de la Rosa (que también repite), y que recuerda mucho en su efectiva simplicidad a los compases que Morricone usó en La cosa (John Carpenter, 1982). Todo ello (diseño de producción, fotografía [ojo a esa lluvia] y BSO) para arropar una historia que destila potencia por cada uno de sus poros.

Sin ser una propuesta excesivamente original, La isla mínima no necesita jugar, trampear o recurrir a giros forzados, porque su fuerza reside en la calidad aislada de cada elemento, que se suman para dar forma a una película redonda. No os preocupéis si sus 105 minutos os saben a poco porque es buena señal: es señal de que estamos ante cine de primera división. Cine que no se ve ni todos los meses ni todos los años. Necesaria e indispensable, su visionado en pantalla grande (que nadie se equivoque y confíe en el plasma del salón) es totalmente obligatorio. Pasen y disfruten.

 

 

LO MEJOR: 

  • Las interpretaciones de todo el reparto en general y de Raúl Arévalo y Javier Gutiérrez en particular.
  • Todos los apartados técnicos, especialmente el sonido, asignatura pendiente en Grupo 7. Da gusto comprobar el afán por esforzarse para mejorar, con resultados sobresalientes.
  • La isla mínima es una bofetada en la cara a todos aquellos (políticos incluidos) que pregonan, movidos por su ignorancia, la escasa calidad del cine español.

 

LO PEOR:

  • La sensación de un final precipitado, que no lo es tanto, producto de una inmersión en la película tan fuerte como gratificante.
  • Nada más.

 

Alfonso Caro

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