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Por encima de todo, el reboot a modo de precuela de la saga de El planeta de los simios es un maravilloso ejemplo de cómo rehacer y reimaginar material antiguo respetando y realzando el original. Y no nos referimos solo a nivel de proeza técnica (se ha conseguido en esta película un realismo incluso mayor que en la pasada entrega), sino en el hecho de tomar la mitología de la saga y trasladar el protagonismo hacia los primates, convertirlos en seres sintientes y emocionales, racionales y con personalidad, siempre respetando su esencia. Aunque en esta tercera entrega, el interés por la mitología de la saga no es tan importante para Matt Reeves como urdir un elaborado homenaje a clásicos del nivel de La gran evasión, El puente sobre el río Kwai, y a los wésterns de John Ford de los años 50. Tanto su director como el director de fotografía Michael Seresin consiguen en la película un halo de magia que pertenece más al cine clásico que al posmoderno, pintando cada plano con la precisión de un cuadro pensado para ser expuesto en un museo, con la única pega de hacerlo muchas veces a expensas de su utilidad narrativa.

Ese es el mayor fallo de La guerra del planeta de los simios: no poder entregar una alegoría tan funcional como sus predecesoras (Origen contaba una historia sobre el problema de la ingeniería genética; Amanecer era una parábola sobre las agitaciones raciales de los Estados Unidos). Sin embargo, el guion (escrito por Mark Bomback y el propio Matt Reeves) es una pieza narrativa bastante sólida que pretende acercarse más al estudio de personaje que a la grandilocuencia alegórica de su predecesora: no es casualidad que en Guerra se encuentre el mejor trabajo de caracterización psicológica de las tres películas del reboot de la franquicia.

El filme se esmera en dejar claros los errores de su personaje protagonista, César (Andy Serkis en su enésima actuación de Oscar), las consecuencias de dichos errores y su lucha interna al tener que lidiar con su humanidad y moral adquiridas. Por desgracia, los guionistas no se fían de que su propia escritura pueda trasmitir toda esa información mediante subtexto (que lo hace), o no se fían de la audacia de su audiencia (lo cual es un pecado aún mayor), y deciden otorgarle al coronel (genial Woody Harrelson en su papel de antagonista) un innecesario monólogo que explicita todo eso…

La (por ahora) última aventura de estos nuevos simios es una mucho más introspectiva que la anunciada por el marketing, y sin duda frustrará a aquellos que esperen un ejército de chimpancés abalanzarse sin control sobre los Homo sapiens opresores en una sinfonía de destrucción, bolas de fuego y colmillos afilados. Eso no significa que no sea una secuela entretenida, o que al clímax le falte la esencia balística del tercer acto de Amanecer, no. Solo significa que Matt Reeves no es Michael Bay, y que la Guerra de su título es más bien una guerra interna. Porque la venganza de César, esa por la que ocurren todos los mayores eventos narrativos de la película, llega, pero Reeves y Bomback son capaces de resolverla con un atino en forma de sensibilidad despiadada, y (ahora sí) con acciones más que con diálogo.

El gran conflicto es el moral, identitario y sobre los límites de la condición humana, y las escopetas y misiles son secundarios en la temática de La guerra del planeta de los simios, meros invitados a un desmembramiento de un alma corrompida por el odio irracional. ¿Quién podía adivinar que esto se iba a poner tan profundo?

 

LO MEJOR:

  • La captura de movimientos y la imagen generada por ordenador luce, si es posible, mucho mejor que en Amanecer.
  • Las actuaciones, en particular de Andy Serkis y Woody Harrelson.
  • La banda sonora de Michael Giacchino.
  • Es endiabladamente entretenida.

 

LO PEOR:

  • En algún momento peca de ser sobrexplicativa.
  • La alegoría de la película no funciona tan bien como en sus predecesoras.

 

Pol Llongueras

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