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El último tanto en París - El Palomitrón

Una mujer es violada cada ocho horas en España, según datos del Ministerio del Interior. A nivel global, la ONU ofrece datos similares. La violencia sexual, especialmente contra las mujeres, es un fenómeno que no escapa a ningún ámbito social y que viene sustentado por lo que en las últimas décadas se ha denominado cultura de la violación. Este concepto engloba distintas costumbres y actitudes que van desde el victim blaming (culpar a las víctimas) hasta la negación. La representación de la violencia sexual y el machismo en las distintas manifestaciones culturales también han ayudado a sostener la cultura de la violación y a legitimar este tipo de agresiones.

La pasada semana medios de comunicación de todo el mundo se hicieron eco de las declaraciones del director Bernardo Bertolucci. En una entrevista a la Cinemateca francesa, confesaba haber confabulado con Marlon Brando para que este abusara sexualmente de la actriz Maria Schneider en la famosa escena de la mantequilla de El último tango en París. Casi tan sorprendente como la revelación fue su justificación para hacerlo: “Quería su reacción como niña, no como actriz. Quería que reaccionara al acto de humillación, que sintiera los gritos (…). No me arrepiento, pero me siento culpable”.

Tras el revuelo, el director italiano ha querido matizar esas declaraciones, pero, como era de esperar, no ha convencido a mucha gente. Variety ha traducido al inglés su comunicado y ha recordado que la actriz ya había manifestado públicamente antes de fallecer que se sintió violada tanto por Brando como por Bertolucci. Que en el guion se indicara que habría violencia y que no hubiera penetración (algo que no ha quedado del todo claro) no implica que manosear los genitales de una actriz sin su consentimiento no constituya una agresión sexual.

40 años no son nada

Elle movie - El Palomitrón

Más de 40 años después del estreno de El último tango en París, queremos pensar que, si una actriz denunciara tiempo después de un rodaje que había sido abusada sexualmente, sus palabras tendrían mayor repercusión y no habría que esperar a su muerte para que los medios le dieran relevancia. El victim blaming sigue estando ahí y el mejor ejemplo son las voces que niegan la posibilidad de que Schneider fuera violada solo por no haber pedido que parasen de rodar.

En cuanto a la representación de las violaciones en pantalla, poco camino se ha recorrido desde entonces. Podríamos analizar el cine de cualquier país y encontraríamos ejemplos de abusos sexuales gratuitos o legitimados de algún modo.

Especialmente impactante ha sido este año el caso de Elle, el último filme de Paul Verhoeven. Tan hipnótica como moralmente cuestionable, lo cercana que aún nos queda su fecha de estreno nos impide revelar muchos detalles de la trama, pero sí que ha enfadado a los colectivos feministas por cómo una mujer huye del papel de víctima tras sufrir una violación.

La reina de España - El Palomitrón

Centrándonos en el cine español, resulta curioso que varias de las películas con mayor repercusión entre la crítica en 2016 incluyan agresiones sexuales y todas ellas sin repercusión para los violadores. Dos de estas películas las han usado como recurso cómico: La reina de España (violación masculina en este caso) y Kiki. Esta última, al igual que sucedió en Hable con ella, de Pedro Almodóvar, humaniza la figura del violador tras abusar de una mujer inconsciente. El propio Almodóvar también recurriría a una agresión sexual para hacer humor en Kika. Tanto Kiki como Kika (es curioso el parecido de los nombres) son dos películas muy divertidas, pero ¿lo habrían sido igual prescindiendo de estas agresiones? Y, más importante aún, ¿la banalización de las violaciones en el cine, dadas las alarmantes cifras oficiales, contribuye de algún modo a legitimarlas?

Una de las nominadas a Mejor película en los Premios Feroz, y que con toda probabilidad estará presente en los Goya, es el thriller Que Dios nos perdone, de Rodrigo Sorogoyen. En ella, un policía viola a una mujer. Esta tiene pocas más escenas en la película y él se centra a partir de ese momento en su investigación. Pese a que se entiende que el director y coguionista quiere representar los traumas del personaje a través de la agresión, el acto no aporta una información imprescindible para el desarrollo de este ni de las tramas.

Las Furias - El Palomitrón

Más flagrante es el caso de Las Furias, la ópera prima del director teatral Miguel del Arco. De la violación en esta película podemos hablar sin miedo a caer en el spoiler porque, si se hubiera suprimido en la sala de montaje, tendríamos exactamente la misma información al llegar a los créditos. En este caso, el violador es pareja sentimental de la víctima. Triste por una noticia que le cambia la vida, abusa sexualmente de su mujer pese a la negativa y los gritos de ella.

Las agresiones sexuales, como cualquier acto delictivo, pueden y deben representarse tanto en el cine como en otras expresiones culturales. El cómo se representen es lo que determinará si ayudan a sostener o no la cultura de la violación. Cuando asistamos a una escena de violación nos podemos formular las siguientes preguntas:

  1. ¿La violación era relevante dentro de la trama?
  2. ¿El violador sufre alguna consecuencia?
  3. ¿Cuál es la relación de la víctima con el violador tras ser agredida?

Otras representaciones

Audrie y Daisy - El Palomitrón

En el lado opuesto, encontramos varios títulos interesantes de los últimos años, algunos televisivos, que han intentado denunciar o contextualizar la lacra de la violencia sexual con más o menos acierto.

Los documentales The Hunting Ground y Audrie y Daisy, ambos disponibles en Netflix, se centran en las violaciones en edades más tempranas. El primero de ellos hace un recorrido por distintos campus universitarios de Estados Unidos, donde muchos hombres y mujeres, víctimas de agresiones sexuales, se ven desamparados por un sistema más preocupado por la buena imagen de sus instituciones y sus deportistas que por proteger a sus estudiantes. El segundo, menos atractivo formalmente, añade el agravante del ciberacoso que sufren las víctimas adolescentes.

La antología televisiva American Crime tuvo como trama central de su segunda temporada una violación masculina también entre adolescentes. El gran acierto de la serie fue ampliar la mirada e interrelacionarla con otras formas de violencia como el racismo, el machismo y la homofobia.

La lucha contra la pederastia, igualmente legitimada en otras épocas (Lolita), ha servido como hilo conductor de varias ficciones relevantes en los últimos tiempos, como la última ganadora del Oscar Spotlight, la reciente miniserie de HBO The Young Pope o la controvertida película chilena El Club. Si ya hemos asumido que frivolizar con este tema no ayuda a superarlo, quizá es el momento de entender que el arte puede ser cómplice de alimentar la cultura de la violación. Si entendemos que Juego de tronos puede ser más disfrutable si Jaime Lannister no abusa gratuitamente de su hermana, algo habremos conseguido.

Fon López

 

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