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La ciudad de las estrellas en el Palomitrón

Los Ángeles lo venera todo y no valora nada”, comenta Sebastian (Ryan Gosling) en una de las escenas de la cinta mientras pasea junto a la aspirante a actriz Mia (Emma Stone). Tras visionar La ciudad de las estrellas, nosotros, además de venerar, también valoramos un musical que dejará huella en la historia del cine.

Así es. Los nostálgicos del cine musical están de suerte. Ya era hora de que un director volviese a arriesgarse, como ya lo hizo Baz Luhrman en Moulin Rouge, desafiando las reglas del juego, mezclando las emociones, la música, el baile, y especialmente los colores, que en La ciudad de las estrellas cobran vida. Damien Chazelle recupera las señas de identidad clásicas de un género que parecía haberse estancado en los últimos años, salvo puntuales excepciones, homenajeando a los musicales que han marcado un antes y un después en el género como Cantando bajo la lluvia, Un americano en París, o incluso la más cercana Grease.

La ciudad de las estrellas abre el telón con un plano secuencia impresionante, acompañado de una canción digna de musical de altos vuelos, y en el que el director firma una clase magistral de cómo se debe mover la cámara, marcándose un plano secuencia que le roba el aliento al espectador. Un aviso de lo que vamos a experimentar en los siguientes 128 minutos: un mundo de sensaciones que hacía tiempo que no se disfrutaba en una sala de cine. Una espectacular set-piece con la que Chazelle nos atrapa desde el principio para ya no soltarnos.

La ciudad de las estrellas en el Palomitrón

El genio de Damien Chazelle, que ya nos deslumbró en Whiplash, juega y acierta en cada plano y con cada movimiento de cámara (no son pocos los planos secuencia que enriquecen el filme), logrando que el espectador se sienta también protagonista gracias a una continua cascada de colores, que se descubren como una de las claves para interpretar La ciudad de las estrellas. Y es que Damien Chazelle articula un acertado lenguaje visual jugando con estos, y sabe perfectamente a dónde quiere llegar en cada escena y la forma en la que lo quiere contar. Los personajes viven rodeados de colores vivos cuando irradian felicidad y los sueños no parecen imposibles (atención a la vestimenta que tanto recuerda a Grease), pero a medida que “maduran” (creyendo que madurar implica dejar los sueños atrás), los colores del entorno, de su ropa y hasta la luz natural cambian y se oscurecen. Gracias a los colores y su información adicional leemos a los personajes y participamos de los momentos de su vida, de sus decisiones, de sus triunfos y también de sus fracasos. La narrativa no está limitada a los personajes o los encuadres, sino que también se expande a través de los códigos cromáticos de la cinta.

El argumento de la película podría resumirse en este extracto que Emma Stone (Birdman, Magia a la luz de la luna) entona en una de sus canciones: “Brindo por los que sueñan, por insensatos que puedan parecer […] Un poco de locura es la clave para dejarnos ver nuevos colores”. Porque lo que Damien Chazelle ha pretendido hacer en La ciudad de las estrellas es justo eso: una locura que aunque parezca insensata es necesaria para explorar otras vías en el cine. Muchos la tacharán de poco original con respecto a la historia, pero ¿desde cuándo la historia en un musical ha sido lo importante? Lo importante es cómo se narra, y en esto La ciudad de las estrellas es impecable en cuanto a dirección, fotografía, escenas musicales y estética. Todo ello regado con la química que transpiran los dos protagonistas. Tanto Ryan Gosling (La gran apuesta, Dos buenos tipos) como Emma Stone brillan con luz propia, aunque es ella la que sale victoriosa en las comparaciones, consiguiendo que sus primeros planos hipnoticen al espectador, plasmando todos sus miedos, esperanzas, alegrías y tristezas a través de su mirada. Ya es hora de que la Academia situada en la ciudad de las estrellas premie el talento de Emma Stone, que se sirve de este trabajo para reafirmarse (que no confirmarse) como una de las grandes actrices de nuestros días.

La ciudad de las estrellas en el Palomitrón

Otra de las virtudes de La ciudad de las estrellas reside en su ruptura con muchos de los musicales a los que estamos acostumbrados, aquellos que introducen las canciones sin previo aviso y algunas veces hasta sin lógica argumental. Una práctica que juega en contra del relato, instalando sus números musicales en cotas gratuitas y restando veracidad a la narración en demasiadas ocasiones. Un aspecto que, aunque ha sido siempre muy criticado, al fin y al cabo no ha impedido que un musical pueda ser considerado excelente. Pero lo que hace Damien Chazelle va más allá: en La La Land antes de los números musicales ya escuchamos unas notas de fondo, y existe un motivo para introducirlos. Un acertado estilo que evita que el espectador pierda la conexión con la película y que funciona de maravilla para que el filme amplíe su target llegando también al público que tradicionalmente no es amante de este género.

Su banda sonora es sencilla e intensa a la vez. Su equilibrio llega a deleitar y luce especialmente en la mayoría de los temas, como en “Another day of sun”, “The fools who dream” o la canción principal, “City of stars”, que reza “Ciudad de las estrellas, ¿estás brillando solo por mí? Ciudad de las estrellas, hay tanto que no logro ver”. Ya nos lo dice el estribillo, La ciudad de las estrellas brilla para que el espectador se deje llevar en su visionado, porque La ciudad de las estrellas no es solo una película, es una experiencia fruto de un cine elegante y con gusto de los que hacía tiempo no veíamos.

La ciudad de las estrellas en el Palomitrón

Un canto a la persecución de los sueños sin necesidad de renunciar a lo que nos haga felices. Un mensaje perfectamente transmitido a través del talento de Damien Chazelle, que demuestra que los directores deben arriesgar, saltarse las normas y rodar una película con el corazón. Este musical cumple esos requisitos, logrando ser un tornado de puro sentimiento.

Bienvenidos a La ciudad de las estrellas, donde está prohibido renunciar a los sueños imposibles.

 LO MEJOR:

  • La secuencia con la que Damien Chazelle arranca la cinta y abre el telón. Totalmente arrebatadora.
  • Emma Stone. Una mirada suya lo dice todo.
  • La puesta en escena, que concede un marcado protagonismo a los colores.
  • El primer baile de Emma Stone y Ryan Gosling juntos, uno de los momentos que nos transportan a los musicales de antes.
  • La valentía del director a la hora de narrar la historia.
  • Podríamos seguir… pero simplemente todo.

LO PEOR:

  • Que la gente vaya con las expectativas tan altas que puedan llegar a esperar que Emma Stone traspase la pantalla para darles un beso. El hype ha hecho mucho daño y puede ser el culpable de que una obra maestra como es La ciudad de las estrellas no cumpla con lo esperado.

Gabriela Rubio

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