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XVM6b3b9e00-5d53-11e5-bea4-5bb57a163489La sensual imagen del cartel de La belle saison poco tiene que ver con su contenido e intención real. Como apuntan la mayoría de las críticas y comentarios sobre la película, la historia de amor homosexual entre las protagonistas es lo menos importante.

Sin embargo, es una historia de amor con las características perfectas para unir los dos escenarios principales del filme: por un lado, París en 1971 y los orígenes del feminismo urbano y burgués posterior al Mayo del 68, y, por otro, la vida rural en Francia en la misma época, con sus evidentes y herméticos roles de género, tan lejanos y esquivos a cualquier cuestionamiento de sus principios.

El personaje de Delphine, interpretado por Izïa Higelin, será quien conecte ambas realidades a través de un proceso personal en el que vivirá una disyuntiva entre el arraigo y su pasión por el campo y la libertad para amar, pensar y expresarse que conoce en París.

Delphine es una chica hecha por y para el campo: tal y como todo lo que existe a su alrededor, ella asume con aceptación y serenidad la naturaleza de su cuerpo, sin sufrir excesivos juicios existenciales o expectativas románticas rotas. La hierba crece a su alrededor y alimenta a sus animales, y así de natural es para ella escucharse a sí misma con franqueza y vivir su sexualidad en consecuencia.

Sin embargo, es consciente de la realidad en la que vive, y sería capaz de sacrificar cualquier satisfacción o reivindicación personal por amor a sus padres. Un amor tan férreo que nos permite conocer a una Delphine apasionada e inquieta, pero siempre firme y fiel a su arraigo y a sus valores, tan sólidos como la tierra que ha trabajado con su familia desde niña.

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En su primera exploración en París, entra en contacto con un grupo feminista, donde conoce a Carole (Cécile de France, a la que conocemos por películas como Más allá de la vida o Hereafter), una mujer de 35 años que vive el feminismo como una revolución inclusiva, optimista, ruidosa, colorida y, sobre todo, respetuosa.

Agradecemos a la directora y realizadora, Catherine Corsini, y a su coguionista, Laurette Polmanss, el bello homenaje al que sería el Movimiento de Liberación de las Mujeres: heredero del Mayo del 68, ya que muestran a un grupo variado y representativo de mujeres y hombres que no solo luchaban por la igualdad de género, sino por diferentes injusticias derivadas de la homofobia y la vulneración de los derechos humanos. Un grupo fragoroso pero sonriente y optimista, cuyas acciones políticas están hermosamente filmadas, acompañadas por el desgarro de la música de Janis Joplin y la alegría de las voces al unísono que cantan el himno de la mujer en un aula de La Sorbona de París.

Carole acepta con menos serenidad su homosexualidad, pues inicialmente lo confunde con un posible resultado de su amor tan apasionado por los derechos y el bienestar de las mujeres. Es remarcable el respeto con el que ha sido trazado este personaje, tan necesario para el éxito del feminismo de hoy en día y su total comprensión. Carole mantiene una relación heterosexual con su novio, una relación en la que es libre de desarrollar su activismo feminista con la inclusión y el apoyo total de su pareja, que es un hombre. Ella misma lo expresa en una de las escenas de sus reuniones en la universidad: “No estamos en contra de los hombres; los hombres deben ayudarnos en la lucha por la igualdad”.

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Además, es una mujer cómoda dentro de sus cánones de belleza femenina, con su larga melena ondulada y sus vaqueros ajustados. Tanto ella como el resto de la película tratan con ecuanimidad los roles de género, sin demonizar la masculinidad. De hecho, es interesante cómo el personaje del padre de Delphine es relegado a un segundo plano, mostrándole enfermo y convaleciente, para que sea la madre de Delphine quien realmente presente el conflicto entre unos valores intangibles, tradicionales y opresores del campo frente a la libertad tan palpable y real con la que se aman Carole y su hija Delphine.

Un amor de verano es una película fundamentalmente alegre. No es una comedia; tampoco es romántica, y lo correcto sería categorizarla en el drama (dado el contenido principal de los conflictos de sus personajes), pero resulta curioso cómo la acción transcurre siempre bajo una atmósfera de entusiasmo y aceptación, llena de luz, sonrisas, cantos y carreras, entre arriesgadas y cómicas acciones feministas en París y el sudor estival del duro trabajo en la granja.

Un acercamiento amable y colorido al feminismo, que tanto se necesita en estos momentos.

 

LO MEJOR:

  • El respeto y la ecuanimidad de género con los que se trata la película: símbolos de la verdadera esencia del feminismo, una obra perfecta.
  • Un ritmo alegre y contagioso.
  • La banda sonora.

LO PEOR:

  • Algunos momentos del personaje de Carole (Cecile de France) son innecesariamente histriónicos.

 

Blanca Álvarez

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