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Ganadora del premio FIPRESCI (Un certain regard, Cannes 2014) llega a nuestras pantallas la innovadora propuesta del director argentino LISANDRO ALONSO, JAUJA, una arriesgada apuesta estética desarrollada en un guión lleno de misticismo, que va a crear adoración y odio a partes iguales. Enmarcados dentro de esta propuesta de dualismo, Gunnar (VIGGO MORTENSEN) e Ingerborg (VIILBJØRK MALLING AGGER) son un padre y una hija de origen danés que se encuentran en los fríos páramos de Perú. Sin un objetivo claro que marque su viaje (puede que estuvieran buscando la ciudad mágica de Jauja, donde los hombres no tienen que trabajar y consiguen todo lo que desean) se ven envueltos por uno de los múltiples conflictos armados que tuvieron lugar en esa zona durante el siglo XIX y los primeros años del XX. Rodeada de soldados peruanos, la joven Ingerborg, que sólo cuenta quince años, es pretendida por un oficial de cierta edad que intenta hacer tratos con su padre. Pero su amor pertenece a un joven recluta que, sin hablar el mismo idioma, parece entenderla mejor que todos los hombres que hay en el campamento. A sabiendas de las historias que cuentan sobre un oficial loco que ronda por el desierto matando a gente, la pareja decide escapar y adentrarse en la gélida pampa en busca de libertad. Gunnar irá tras ellos y así empezará su viaje, tanto externo como interno.

 
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“Los Antiguos decían que Jauja era una tierra mitológica llena de abundancia y felicidad. Muchas expediciones buscaron el lugar para corroborarlo. Con el tiempo, la leyenda creció de manera desproporcionada. Sin duda la gente exageraba, como siempre. Lo único que se sabe con certeza es que todos los que intentaron encontrar ese paraíso terrenal se perdieron en el camino.”. Estas son las primeras palabras que aparecen impresas en la pantalla con un agresivo color rojo sangre. Con cuatro fotogramas ya tendremos suficiente para entender que esta no es una película convencional, pues no sigue los patrones habituales y es casi imposible clasificarla en parámetros de cine independiente o blockbuster. LISANDRO ALONSO (autor de LOS MUERTOS, LIVERPOOL o LA LIBERTAD) recibe con JAUJA los primeros reconocimientos de un Festival con tanto prestigio como es Cannes. Sin ninguna duda, el gran logro que posee este film es la maravillosa estética, que ya nos avisa de su falta de complejos desde el minuto uno. El recurso estilístico de usar el 4:3 es todo un acierto y nos permite observar la potencia que le da este formato a una producción de estas características, sabiendo que casi la totalidad de los films y otros productos audiovisuales mainstream que podamos consumir mantienen una relación de aspecto de 16:9 o parecido (si alguien no está familiarizado con estos conceptos que pruebe a cambiar la configuración de su televisor del 16:9 recomendado al 4:3 y verá a lo que nos referimos). La dirección de arte, y todo lo que la rodea, es impecable en JAUJA: el vestuario, el atrezzo y, sobre todo, el magnífico partido que se le saca a las localizaciones naturales. La iluminación y la planificación de cámara aprovechan a las mil maravillas estos preciosos exteriores y potencian el simbolismo que el director esconde detrás de ellos. Es de suponer que ALONSO ha querido introducir en su metodología de trabajo el recurso de la improvisación (aunque nunca se puede saber con certeza) y puede que esto haya sido demasiado para un VIGGO MORTENSEN que debe ir variando del danés al castellano constantemente (aunque domina ambas lenguas, no se le ve con la comodidad que tiene con el inglés. Nos acordamos de ALATRISTE, ¿verdad?). Pero este elemento también crea un aire de confusión en la actuación que favorece a la idea de “estar perdido” (en todos los sentidos) que promulga la obra.

 

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Los grandes “peros” que encontramos en JAUJA se enfocan al ritmo y a la historia. Es sencillo comprender los referentes que usa el director bonaerense y las intenciones que esconde detrás de todas sus decisiones, pero, muy a nuestro pesar, este film aún se aleja mucho de las grandes cintas de ALEJANDRO JODOROWSKY (EL TOPO, SANTA SANGRE o LA MONTAÑA SAGRADA) que tanto refrescaron el panorama del cine intelectual de los setenta. El montaje se hace pesado y el tempo está mal llevado en muchas de sus partes. Este desliz puede venir por una intención errónea de querer dar más misticismo o, simplemente, por la falta de un guión más sólido que tenga las ideas filosóficas más claras. Cuando la trama se usa como una potenciadora de sentimientos, se debe tener muy claro que las imágenes o las acciones puede poseer un errático aire de pérdida, pero que el guión que hay detrás debe tener las ideas claras y no dejarse entorpecer por las idas y venidas de sus personajes. Si la intención general no está clara, podemos encontrarnos con que la poética que esconden los planos no llegue con un significado conciso, sino como una amalgama de recursos estéticos.

 

 

LO MEJOR:

  • Las magníficas localizaciones, que son la punta del iceberg de un gran trabajo estético y de recreación.
  • El objetivo de convertir esta película en un ente místico está claro y se cumple.

LO PEOR:

  • El uso del montaje y el tempo agotador.
  • La poca solidez de un guión que da la sensación de dar tumbos sin sentido (el final es un claro ejemplo de ello).

 

 

Adrià Naranjo

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