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Firmas invitadas: Borja Morais

Reconozco que cuando me invitaron a componer este texto y me dieron total libertad para hacerlo se cumplió una de las dos máximas que siempre demando cuando juego a esto de juntar letras: escribir de lo que quiera. Una vez salvada la primera premisa, toca enfrentarse a la segunda, de la que soy absoluto responsable: hacerlo sobre lo poco que sé, ya que por suerte de eso sé bastante. 

Voy a aprovechar esta última frase y el protagonismo introspectivo que otorga esto de ser Firma Invitada para seguir con el tópico típico de “voy a hablar mucho de mí porque soy la persona a la que mejor conozco” y, antes de entrar en faena, reconocer que cada vez me considero menos cinéfilo. O al menos, admitir que no comparto el eclecticismo del que se le presupone a una persona que se denomina cinéfila. Pero no quiero dramatizar. Me gusta el cine en el amplio sentido de la palabra. He visto bastante y no me cuesta hablar de los distintos tipos, desde blockbusters al cine más independiente. Pero si procuro mirarlo como algo más que un mero entretenimiento no voy a engañar a nadie, y ya que muchos habrán dejado de leer en el párrafo anterior, voy a usar esta editorial para confesarme. Y luego Dios dirá. 

Quizá debería poner un titular del tipo “Hombre que trabaja en el mundo del cine describe en un blog de cine por qué no es un gran aficionado al cine”. Desde luego, y a pesar de la reverberación, es un título sugerente, pero todos estamos de acuerdo en que lo más entretenido a la hora de comer pipas es abrir las cáscaras.

Mi forma de entender el séptimo arte es puramente empática. Respeto a los que lo consideran un medio de evasión y se aferran a la máxima que reafirmaba Pedro Ruiz cuando aseguraba que “lo bueno del cine es que durante dos horas los problemas son de otros”, pero no concibo ver una película con la distante frialdad de un abogado del Estado. Es posible que por este método mi bagaje cinematográfico sea particular y seguramente pobre, dado que al necesitar sentirme tan identificado con los personajes, y sobre todo con el ambiente en el que se desenvuelven, generalmente evito los géneros como el terror o la ciencia ficción en pos de escenarios reales y cotidianos.

Por ello, y al fin, entro en materia; si tuviera que decantarme por una categoría concreta, sería por la conocida como “drama seco”. Esa corriente que aúna la angustia del thriller psicológico, la tragedia del drama convencional y, sobre todo, la conexión con lo que puede ser la realidad de cualquiera de nosotros. Esa trama tan cargada de tensión mundana que no necesita un final impactante para calar en el espectador. 

La cotidianidad cruda. Tan tangible que resulta perturbadora. Ese es el cine por el que abogo, certero como el día de Año Nuevo, sin florituras ni excesos. Donde la historia se desenvuelve en función de las acciones de los personajes. Personajes que podíamos ser tú o yo, si el destino así lo quisiera. Paralelismos en los que realidad y ficción son siamesas donde lo único que te permite disociar es el rostro conocido que hay al otro dentro de la pantalla y que, por lo general, suele bordar este tipo de papel.

Y sí, quizá por la intención de explicar algo que puede resultar evidente he necesitado más de la mitad del texto como introducción y contexto de un título de apenas 80 minutos de duración y que pasó desapercibido por los cines españoles. Un filme donde todo el argumento transcurre en un coche conducido por un hombre que, guiado por la redención que buscan todos los culpables que saben que lo son, se dirige por el calado asfalto de una autopista inglesa hacia “lo moralmente correcto”. 

En Locke, Tom Hardy interpreta a Ivan Locke, un padre de familia hecho a sí mismo, de principios tan estrictos que sería capaz de no cobrar un boleto de lotería por ser un triunfo fruto del azar en vez del esfuerzo. Una actitud, la del esfuerzo, que le ha llevado a ser el jefe de la obra más importante que se va a hacer en el país. Pero como el azar tiene virtudes innatas que el esfuerzo solo puede anhelar, un día antes de dar inicio a su proyecto más ambicioso, Locke deberá lidiar con una situación que desestabilizará no solo su situación profesional, sino todos los cimientos de su vida perfectamente estructurada.

Una historia intensa, realista, en la que el espectador no sabe si posicionarse a favor o en contra de Locke y que, desde la secuencia en la que cambia la dirección del intermitente, se hará todo tipo de preguntas existenciales. Incluso una vez acabada la película. Un antihéroe cuyo idolatrado e incorruptible moralismo le llevará a poner en jaque aquello por lo que tanto ha luchado, motivado únicamente por no convertirse, ni siquiera asemejarse, en esa figura que tanto odia y a la que se juró no recordar más allá del apellido con el que le ha tocado cargar. 

Aún a día de hoy desconozco por qué me marcó tanto una persona tan arrogante que está dispuesta a arrasar con todo su tablero y las piezas que lo componen con tal de no fallarse a sí mismo. También asumo que, tras más de una y más de dos revisiones, sigo planteándome las mismas cuestiones que la primera vez y que ninguno de los posteriores visionados me ha aportado algo distinto. Puede que sea por su simpleza o porque la película no da para más, cada uno que saque sus conclusiones. 

Yo sigo dejando que durante casi hora y media los problemas de otro me afecten como si fueran míos. O tuyos.

 

Firmas invitadas El Palomitrón: Borja Morais

Borja Morais es periodista y ha publicado sus textos en publicaciones como Jot Down, Vogue o Vanity Fair. Gracias a su trabajo en el departamento de Prensa y Marketing de Vértigo Films, está en permanente contacto con todo lo que envuelve al cine y los profesionales que logran que el séptimo arte siga siendo apasionante.

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Alfonso Caro Sánchez (Mánager) Enamorado del cine y de la comunicación. Devorador de cine y firme defensor de este como vehículo de transmisión cultural, paraíso para la introspección e instrumento inmejorable para evadirse de la realidad. Poniendo un poco de orden en este tinglado.

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