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Inland Empire - El Palomitrón

A little boy went out to play. When he opened his door, he saw the world. As he passed through the door, he caused a reflection. Evil was born. Evil was born, and he followed the boy.

(Un niño pequeño salió a jugar. Cuando abrió la puerta, vio el mundo. Al pasar por la puerta, provocó un reflejo. Había nacido el mal. Había nacido el mal, y siguió al niño)

Visitante #1, Inland Empire

Es muy probable que si, querido lector, aún sigues con interés el especial David Lynch que hemos ido construyendo poco a poco durante este último mes y medio en El Palomitrón, ya sepas exactamente qué esperarte cuando insertes el DVD (o Blu-ray) de Inland Empire en la ranura de tu reproductor. Si no es así, si llegas por casualidad a este artículo porque aún no te has iniciado en la filmografía de este titán de lo cinematográfico que es David Lynch pero te interesaría hacerlo, nuestro consejo es que huyas inmediatamente. Inland Empire no es la mejor película para iniciarse en la filmografía de David Lynch. Quizás es la peor, porque Lynch es un creador tan único que exige un espectador dispuesto a dejarse perder en los recovecos de su mente, dispuesto a olvidar lo poco que sabe sobre narrativa clásica, solo determinado a entrar en un universo tan propio que asusta. Inland Empire tiene una historia, o un manojo de ellas, todas conectadas y cruzadas en varios momentos, estructurada como una telaraña y no como un hilo. Hablar de una sinopsis, por lo tanto, es fútil. Pero, tomando las palabras del propio Lynch, sí se puede resumir en una frase el núcleo sobre el que giran y en el que desembocan todas sus tramas: a woman in trouble (“una mujer con problemas”).

Inland Empire - Especial David Lynch en El Palomitrón

Pero para recomendar una película hay que intentar resumir su trama, y no puede ponerse mucho más complicado que con Inland Empire. Nikki (Laura Dern) es una actriz hollywoodiense que recibe el papel protagonista de la nueva película de Kingsley (Jeremy Irons), un prestigioso director de cine, en la que va a compartir cartel con Devon (Justin Theroux). En la película, que es el remake de un filme que nunca terminó de rodarse por “problemas dentro de la historia”, Sue y Billy (los personajes que interpretan Nikki y Devon) son una mujer y un hombre que se enredan en una relación adúltera, mientras que fuera de ella, Nikki y Devon empiezan a desarrollar sentimientos el uno por el otro, imitando lo que les ocurre delante de las cámaras. O quizás no, porque Nikki no es capaz de separar su vida personal de la del personaje al que interpreta y confunde de forma constante una con la otra, en un descenso a la locura que se escenifica mediante su pérdida de las referencias temporales y espaciales.

No es solo que la actriz confunda su persona con el personaje que interpreta, ni que viaje a menudo a ese limbo onírico tan típico de Lynch: la película fluye de forma constante, adelante, atrás y en paralelo, con lo que lo real se desvanece. A diferencia de Mulholland Drive, Carretera perdida o Terciopelo azul, que por momentos se arraigan a una realidad palpable, Inland Empire habita de forma constante en lo onírico y lo sardónico, y por eso le resulta tan fácil pasar de una sitcom con conejos antropomorfos como protagonistas a una mujer perdida llorando en un motel de Polonia, o de un filme hacia dentro de otro, o del delirio a la pesadilla. Lynch nos priva de tregua alguna, alimentando el motor de la locura con los miedos íntimos de esa “mujer con problemas” (¿que también son los de otra mujer en Europa, imagen espectral de ella misma?), que van desde la crisis conyugal que se enreda entre ficción y metaficción hasta la prostitución callejera…

Laura Dern en El Palomitrón

Lynch derriba las paredes argumentales del thriller noir, y del drama romántico, sumergiéndose aún más en su cosmos personal, convirtiendo su película en constantes hipertextos que remiten a otra obra del director, en un descenso concéntrico al mismo infierno de lo racional, cruzando fronteras que duplican personajes, tramas, temporalidades, como creando una imagen fractal en la que cada unidad fragmentaria contiene en ella misma la representación total del filme. Se reconocen tópicos y clichés del género, texturas repetidas hasta la saciedad que en Inland Empire adquieren una nueva dimensión por su desencaje de la narrativa habitual, a la que se le ha negado un tejido conector entre escenas ya arraigadas en el imaginario popular (la seducción prohibida, la escena de sexo, la tensión sexual palpable entre los futuros amantes, la persecución en la oscuridad). La película, en cuanto a expresión artística, supone una exploración simultánea del territorio inconsciente de la mente del espectador y el lenguaje digital que se trasmite desde la mente del artista: como en la antítesis de una conversación, el emisor abigarra el lenguaje y es el espectador quien debe esforzarse en descifrarlo.

Lynch sentado junto a cartel de Laura Dern - El Palomitrón

Inland Empire es una película sobre la actuación (apoyada por una inmensa Laura Dern), la vida en un Hollywood depredador, y un relato terrorífico sobre la pérdida de la identidad de casi tres absorbentes horas. Aunque no debería ser esa la duración que nos sorprenda: Inland Empire va a seguir enganchada en nuestras cabezas durante días, repitiéndose y angustiándonos en una sesión continua de miseria humana, deseos rotos e imágenes inexplicables. Estamos ante la última película dirigida y escrita por David Lynch, y parece que seguirá siendo así tras las declaraciones del propio director en el Sydney Morning Herald, en el que se mostró deprimido por el tipo de cine que sale rentable hoy en día. De ser así, Inland Empire es el epitafio más apropiado, quizás el único posible, de una de las mentes más atrevidas, una de las voces más únicas y una de las miradas más estimulantes de su generación.

Pol Llongueras

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