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Ingmar Bergman, el último existencialista

El existencialismo cinematográfico lleva nombre y apellido: Ingmar Bergman. Las imágenes de sus películas brotan de un corazón y una mente atormentados por las preguntas que persiguen al ser humano desde que se sabe poseedor de la máxima descartiana “pienso, luego existo”: de dónde venimos, a dónde vamos y, esencialmente, quién nos creó y con qué motivo. No es de extrañar que para Jordi Puigdomènech Bergman reciba el sobrenombre de “el último existencialista”. Ediciones JC reedita este título con motivo del centenario del nacimiento del director sueco, responsable de obras medulares del cine como El séptimo sello y Fresas salvajes.

Innumerables artistas han intentado lo imposible: retratar el alma humana. Tarea paradójica, pues presupone la delimitación física de lo etéreo y se postula como la más compleja de las labores, ya que anhela nutrir al hombre de una dimensión extrasensorial que penetre el alma y transforme la conciencia. Bergman, al igual que Andrei Tarkovsky, Carl Theodor Dreyer y Michelangelo Antonioni, junto a quien comparte fecha de defunción, fue de los pocos demiurgos de la imagen capaces de materializar (valga el oxímoron) lo metafísico.

Ingmar Bergman, el último existencialista

Las cinco vías de Ingmar Bergman, el último existencialista

La obra de Bergman es consecuencia de un desesperado anhelo de comprender, y su desarrollo artístico madura, según Puigdomènech, a través de cinco períodos: las obras de juventud, donde «pone en entredicho toda forma de autoridad»; las obras de contenido psicológico, donde comienza a desarrollar su angustia existencial; las de contenido simbólico, en las que la búsqueda intelectual y religiosa se acerca peligrosamente a las del angustioso existencialismo de Sören Kierkegaard; las de expresión crítica, donde Bergman hace gala de un existencialismo agnóstico; y, finalmente, las obras de reconstrucción genealógica, en las que el cineasta mira con nostalgia a sus raíces familiares y se acerca, con la muerte ya cercana, a esa irreverente necesidad de todo ser humano: conectar con la trascendencia.

Puigdomènech aporta a la obra de Bergman el análisis riguroso de quien es doctor en Filosofía. Analizado desde un prisma claramente filosófico, el autor describe la obra de Bergman como la de un hombre que utiliza la iconografía visual para conducir al espectador “a la búsqueda del ser interior a partir de la comunión” con la película, y lo hace enfrentando al público a cuestiones como el ser individual, la muerte, el sentido de la vida y la búsqueda o negación de Dios.

Ingmar Bergman, el último existencialista

El acceso a la Verdad a través del arte

Puigdomènech hace un recorrido por la vida de Bergman. En su tierna infancia se muestra preocupado por la actitud disciplinada que le impone su padre, Erik Bergman, un pastor luterano de ideas profundamente conservadoras. El artista dijo perder la fe en Dios cuando en el verano de 1936 se enamoró perdidamente de una joven judía que, poco después, desapareció en un campo de concentración junto a toda su familia. Devastado por la injusticia de la tragedia, le preguntó a su padre si Dios se interesaba por los amores de los jóvenes. Su padre le respondió, impasible, que a Dios poco le interesaban las historias de amor de juventud. En ese mismo instante, Bergman perdió el interés por Dios y abrazó un agnosticismo honesto.

Tras varios años trabajando en piezas teatrales y publicando cuentos y novelas cortas en revistas, Bergman conoció a Carl Anders Dymling, presidente de la Svensk Filmindustri, gigante de la producción de cine sueco, quien le abrió las puertas del celuloide. Comenzó su carrera como guionista en 1944 tras escribir el libreto de Tortura, dirigida por Alf Sjöberg, y un año después debutó en la silla del director con Crisis, drama psicológico de tintes obsesivos que adaptaba una novela de Leck Fischer. El resto es historia.

Ingmar Bergman, el último existencialista

El cine como espejo de la realidad

Bergman sabía que la realidad es puro movimiento y que “solo puede ser íntegramente comprendida si se capta en su devenir”. En este sentido, añade Puigdomènech, “la expresión corporal y la poesía de la imagen resultan ser medios materiales de un valor incuestionable”. En su anhelo de encontrar a Dios a través de la conexión con lo trascendente, “la angustia metafísica de Bergman se traduce en una conmoción interior” que alternó periodos de una profunda espiritualidad religiosa y transformación interior (el final de El manantial de la doncella o aquel duelo dialéctico con la Parca de El séptimo sello) con otros de un agnosticismo lacerante y desesperado, cuyo máximo heredero podría ser perfectamente el vacío que se desprende de los personajes y ambientes de El silencio.

El autor del libro analiza el discurso fílmico de Bergman a través de la estética y la metafísica del artista, así como de la filosofía de la imagen que brota, como un deseo de perennidad, desde el discurso fílmico. Pero lo más original e interesante de este libro no es solo que reflexione sobre qué inspiró al sueco para expandir los horizontes del existencialismo en el cine, sino que profundiza en cuáles fueron las corrientes filosóficas que influyeron su obra, cuyas cabezas de flecha son el existencialismo de Kierkegaard y Jean-Paul Sartre y la correspondencia que mantuvo con Albert Camus. Un título literario fundamental para cualquier purista del celuloide.

David G. Maciejewski

2 Comentarios

  1. Hola,

    Gracias por la reseña. No obstante, escribía este comentario puesto que hay un error al comienzo. Quién formuló el “pienso, luego existo” fue Descartes, no Rousseau.

    Un saludo

    • Buenos días… ¡Eso es lo que se llama un “lapsus philosophicus”! Muchas gracias por el capón. Ya está corregida la errata. Descartes y Rousseau han dejado de revolverse en sus tumbas. Un fuerte abrazo, querido lector.

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