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social-share-v2El director de la tenue película de suspense Blue Ruin nos muestra su contrapunto esta vez con una magnífica y sangrienta pieza de entretenimiento en un escenario tan extraña como hilarante: pitbulls y neonazis contra una joven banda de punk encerrada en una nave/club de rock situada en la mitad de un bosque.

Presente en la Sección Oficial del pasado Festival de Sitges, Green Room asegura una experiencia de intriga punzante que nos encoge los músculos al intentar ayudar a los carismáticos miembros de la banda: unos personajes muy bien definidos dentro de las normas estéticas y no verbales del grunge. Si bien algunas imágenes parecen sacadas de un vídeo musical juvenil de bajo presupuesto, Jeremy Saulnier ha sabido construir una película que se podría catalogar como un clásico del grindhouse, con potencial para convertirse en un éxito de culto del género.

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Conozcamos a los Ain’t Rights, una banda de punk que malvive recorriendo la costa del Pacífico Norte (un entorno de exuberantes paisajes excepcionalmente filmados) en una gira no muy fructífera que apenas les da para llenar el tanque de gasolina de la furgoneta. La necesidad de dinero urgente para poder continuar el camino les llevará a tocar en una especie de club, regentado por neonazis (y dirigido a estos mismos), que se encuentra extrañamente ubicado en una alejada montaña, recreando así un lugar ficticio que cumple con todas las características que hacen de esta película una composición de suspense tan particular.

Uno de los mejores recursos es el uso de espacios pequeños, que cubren toda la pantalla a lo barroco y nos entregan la información necesaria constantemente.

La sala de conciertos que vemos en Green Room fue deliberadamente construida para el rodaje, disponiendo así de un gran set convertido en un universo propio, perfecto para la historia de los Ain’t Rights.

Nunca habíamos visto anteriormente al estupendo Patrick Stewart en un papel tan especial como elegantemente terrorífico: Darcy, dueño del club y skinhead curtido por los años, desprende una sabiduría y diligencia tan efectivas que lo más espeluznante resulta la certeza de que ya ha lidiado con situaciones como esta anteriormente. Su verbo tan inspirador y atenuante podría convertirle el mejor de los victimarios del síndrome de Estocolmo.

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El personaje de Darcy maneja, sin duda, toda la orquesta de acontecimientos en una situación grotesca e incomprensible en la que nunca se sabe qué es lo que está ocurriendo exactamente.

A pesar de ello, veremos una ligera pero decente exhibición de carnicería. La salsa de tomate fluye y los miembros desmembrados vuelan bajo una poco creíble pose de los protagonistas, que intentan convertirse en los héroes del asunto mientras otros personajes se sorprenden al conocer su furia más extrema. Una interesante observación, desde el punto de vista psicológico, de las distintas reacciones humanas ante una situación de crisis, violencia o supervivencia, llevadas a cabo precisamente por los seres más aparentemente inofensivos, pasotas y desconectados de cualquier conflicto.

Saulnier demuestra, una vez más, cómo contar una historia de forma gráfica y sutil al mismo tiempo. Recordando Blue Ruin (un perfecto drama de venganza lentamente saboreada y de una violencia sugestiva) podemos afirmar que se quedó con ganas de morder, clavar y rebanar toda esa ira contenida que reivindica en Green Room con una elegante realización.

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En Green Room cualquier cosa puede suceder. Cualquier personaje puede morir y cualquier parte del cuerpo puede ser mortal. Aprenderemos también que todavía quedan guiones tan fuera de lo común como este dentro del género thriller, y directores tan responsables como Jeremy Saulnier, cuyo trabajo se siente presente en cada palabra y cada imagen.

 

 LO MEJOR:

  • El propio carácter de la película: una mezcla de grunge, thriller, gore y grindhouse tan extraña como maravillosa.
  • Patrick Stewart, sin más.
  • La coordinación de recursos: espacios, sonido, color, movimiento… crean una atmósfera muy concreta que quedará en nuestra memoria a largo plazo con un valor asociativo muy sólido.

LO PEOR:

  • El siempre presente valor moralista de las situaciones críticas y su fiel acompañante “rol de género”, estereotipado con sus héroes masculinos.

 

Blanca Álvarez

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