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Le gusta satirizar y, con cinco películas (ahora seis) a sus espaldas, nos deja cada vez más atontados. Hablamos del director griego Yorgos Lanthimos, un cineasta con ideas muy retorcidas, o eso al menos es lo que muestra en sus películas (no sabemos cómo será en su vida real…). Se dio a conocer al mundo con Canino (2009) (a pesar de haber hecho ya cintas como Mi mejor amigo [2001] y Kinetta [2005]), haciendo sus planteamientos sobre la situación democrática y política; nos mostró la manipulación en Alpes (2011), donde vimos el teatro que es este lugar llamado mundo, y con Langosta (2015) demostró su visión de las relaciones humanas, del amor… En definitiva, de su forma de ver las relaciones de pareja. Lanthimos tiene una visión muy peculiar de observar las cosas, pero a la par muy real, algo que ya es todo un signo distintivo de su cine. Su último trabajo, El sacrificio de un ciervo sagrado, no iba a ser menos.

El sacrificio de un ciervo sagrado es un thriller que narra la relación de un cirujano y un joven de 16 años sin padre algo rarito. El niño poco a poco se irá metiendo en la vida del doctor sin dejar ni un respiro por medio. Es un duro, violento y crudo retrato de la realidad donde Lanthimos nos mira de frente y nos hace una clara y concisa pregunta: ¿Qué somos capaces de hacer por conseguir el bienestar?

Un primer plano de un corazón latiendo en plena intervención quirúrgica recoge toda la esencia de El sacrificio de un ciervo sagrado. Esta escena ya deja al espectador incómodo, pero a la vez atento; confuso, pero a la vez entendiendo todo poco a poco; descolocado, pero queriéndose sentir así… Esto es lo que hace Lanthimos con su cine, contarnos de forma resumida aspectos de la vida; en definitiva, aplastarnos el corazón con la pura y cruel realidad.

Colin Farrell (Animales fantásticos y dónde encontrarlos), ya en su segundo filme como protagonista del trabajo del griego, lleva muy bien el protagonismo en la película como Steven, un perfecto cirujano que poco a poco nos va mostrando su forma de ser, sus culpabilidades y sus temores. Vemos como es (in)capaz de saber manejar las situaciones que le van sucediendo; es como un corderillo (¿o mejor dicho un ciervo?) sin escapatoria ante las garras de un león. Martin, interpretado por Barry Keoghan (Dunkerque), es un niño tan raro, tan raro, tan raro que nos llegará a poner los pelos de punta. Es la estrella, la interpretación que brilla sobre todos (e incluso por encima de dos grandes como Farrell y Kidman). Ambos personajes comienzan con una relación paternal que se les irá yendo poco a poco de las manos.

Estos personajes, junto a la familia de Steven (con Nicole Kidman en el papel de su esposa), hacen lo que cualquier humano haría en estas circunstancias por crudo que parezca. Porque, aunque no nos demos cuenta, nos sacrificamos y hacemos sacrificarse a otros cada día de forma constante: para llegar a nuestro puesto alto en el trabajo, ¿a cuántas personas hay que despedir, o dejar en menos categoría? Para poder disfrutar de unas fabulosas vacaciones, ¿cuántas personas tienen que estar a nuestro servicio para que todo salga bien? Con esta historia, Lanthimos nos opera (a los personajes y al espectador) a corazón abierto.

No podemos decir mucho más de la cinta, solo que tenéis que verla para saber de lo que estamos hablando y comprobar por vosotros mismos cómo es este juego de metáforas de la vida y del comportamiento humano. Es el puente de la violencia psíquica a la física con una última y brutal escena que nos hará recordar a un filme del propio Haneke (al que ya en el actual panorama cinematográfico perturbador ha superado) que no vamos a desvelar.

Gran parte de culpa de esta perturbación la tiene Thimios Bakatakis, su director de fotografía, que realiza un trabajo fino, correcto, con mucho gusto y que no pasa para nada desapercibido. La disposición de los elementos en la acción, las posiciones de las cámaras en sus planos… El largometraje es como una bomba que hay que desactivar siguiendo los pasos correctos, quitando el cable correcto (primero el rojo y luego el azul) para que no explote hasta su final, cuando ya descoloca totalmente al espectador. Todo esto se acompaña de la banda sonora de Milan Records con tres crudas y solitarias notas repentinas que nos ponen en tensión incluso cuando no pasa nada. 

Esta narración es un sacrificio en sí, una asfixiante historia de dos horas que pasan volando, que comienza muy sutil y que termina en el extremo de la acción humana, en la pura reacción de supervivencia. Un cambio drástico que nos deja con mal cuerpo, pero que nos gusta, porque precisamente lo que buscamos en una cinta es que nos remueva por dentro. Cada película de Lanthimos nos trae una crítica, una moraleja, un subtexto: al fin y al cabo, una vez más queda contrastado que el hombre viene del animal… Solo tenéis que haceros esta pregunta: ¿Qué seríais capaces de sacrificar por vuestro bienestar y el de la gente que queréis? Pensadlo, pero recordad siempre que los errores deben ser pagados.

LO MEJOR:

  • Un guion crudo pero realista.
  • El reparto, entre el que destaca el personaje interpretado por Barry Keoghan.
  • Los sentimientos contradictorios de incomodidad violenta y bella que nos produce.
  • Invita a la reflexión tras el visionado.

LO PEOR:

  • Esperar unos años a que salga lo nuevo de Lanthimos con unas altas expectativas.
  • Que para muchos cines sea un sacrificio ponerla en su cartelera.
  • El espectador que no vea lo que quiere expresar Lanthimos en su cine.

María Páez

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