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Borja Cobeaga sigue comprometido con su labor como azote humorístico de la sociedad española, con especial atención a la vasca, que es al fin y al cabo la que más conoce y la que mejores resultados le ha reportado en su filmografía. Desde sus inicios en Vaya semanita, Cobeaga se ha labrado una reputación de caricaturista desacomplejado que ve en Fe de etarras una especie de culminación. El grupo terrorista ha estado presente en su carrera, desde los sketches de los batasunis a la magnífica amargura cómica de Negociador, pero es en esta ocasión cuando les cede el protagonismo absoluto de una película. No todos los estómagos se han mostrado dispuestos a digerir una comedia de estas características, del mismo modo que no todos los espectadores la ven apropiada (¿demasiado pronto?). Pero hay otra forma de entender el humor del cineasta donostiarra: desde su labor sanadora.

En Fe de etarras, un comando del grupo terrorista se ve afincado en el interior de un piso franco de Madrid a la espera de que los dirigentes de la banda les den la señal para perpetrar un atentado. Todo ello con el Mundial de fútbol de Sudáfrica como telón de fondo, lo cual provoca la creciente frustración de los miembros de la banda, que ven como las banderas españolas y los cánticos de “¡yo soy español, español, español!” se multiplican a medida que la selección va superando fases y acercándose a la final.

El reparto agradece el ingenio de Cobeaga y San José, siempre con ecos de Wilder y Lubitsch, y saca provecho de la sucesión de gags que conforman la película. Javier Cámara como riojano y miembro más veterano del comando sobre el cual recaen sospechas de cobardía, Julián López como un manchego cuya afiliación a la banda es verdaderamente hilarante, y Miren Ibarguren y Gorka Otxoa como una pareja en crisis que debe lidiar con su relación sentimental realizan interpretaciones divertidísimas y afinadas, en especial los dos primeros.

El humor sobrio de Negociador da paso en Fe de etarras a una aproximación al conflicto por vía del gag. Es un ejercicio de guion que entrelaza situaciones cómicas, en ocasiones disparatadas, con el propósito no de provocar ni generar debate (Borja Cobeaga se cuida aquí de que el humor más negro tenga un revestimiento accesible para las grandes audiencias), sino de poner sobre la mesa la posibilidad de reírnos de aquello que nos duele, de incluso llegar a cicatrizar heridas por medio de la risa. En este sentido, ver al público presente en la primera proyección que tuvo lugar en el Festival de San Sebastián retorcerse de risa en las butacas en señal de que el objetivo se ha alcanzado con éxito.

No es una comedia redonda y, de hecho, tiene algunos altibajos, especialmente en la trama concerniente a los personajes de Ibarguren y Otxoa. Pero su voluntad de hacer bromas del conflicto (que no es lo mismo que tomarse el conflicto a broma) se revela como una experiencia valiente y refrescante. Four Lions abrió una brecha hace siete años y hace unos pocos meses Selfie demostró que se puede hablar de la realidad de nuestro país sin herir a nadie, o hiriendo a todos, que en este caso viene a ser lo mismo. Es importante reírse de aquello que nos escuece, y el director donostiarra sabe que para conseguirlo es indispensable empezar por uno mismo.

Ojalá Fe de etarras se quede pronto anticuada porque la sociedad ya ha aprendido a reírse más y mejor de este tema. Por el momento, se erige como una excepción y un modelo que seguir para alcanzar un grado de humor saludable en España.

Se estrena el 12 de octubre en Netflix.

LO MEJOR:

  • El guion de Borja Cobeaga y Diego San José, repleto de gags para el recuerdo.
  • El acertado reparto, en especial Javier Cámara y Julián López.

LO PEOR:

  • La trama romántica no termina de encontrar su hueco.

Alex Merino

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