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El cine social, de raigambre puramente realista, tanto en Europa como en Norteamérica (y prácticamente en cualquier parte del globo), ha dado títulos emblemáticos a la historia del cine. También ha dado algunas películas bastante notables, que, a pesar de su gran ambición, han limado sus aristas a base de talento y honestidad. Pero también ha dado toneladas de películas mediocres que no tienen tan en cuenta al espectador como pudiera parecer, y que probablemente no explotan todas las posibilidades tanto del tema que han elegido como de las herramientas cinematográficas que están a su disposición. Desgraciadamente, Fátima (2015), que se estrenó el pasado fin de semana en España, pertenece al último grupo. Una de esas películas sin duda bienintencionadas, que nos cuentan realidades incontrovertibles de la trastienda europea (sobre todo ahora mismo, con el espinoso tema de los refugiados) pero que no aportan nada realmente valioso porque sus imágenes resultan opacas, incapaces de transmitir todo aquello que pretenden.

Ganadora del premio César a la Mejor película del año 2015 (¡nada menos!), además de alzarse con el galardón a Mejor guion adaptado y a Mejor actriz revelación, Fátima es una de esas películas pequeñas, supuestamente humildes y poco comerciales, que pretenden hacerse un hueco en la cartelera internacional a base de honestidad y coraje. Pero la realidad es muy diferente: nada en este filme irregular y poco inspirado, que tampoco entendemos que concursara en la quincena de realizadores de Cannes, invita al mérito. Todo lo contrario. Se trata de un telefilme realizado con una falta absoluta de ritmo, imaginación audiovisual, intensidad, emoción en suma, que nos cuenta cosas que todos ya sabemos o imaginamos. Un relato aséptico que, ni por asomo, puede inscribirse en la gran tradición francesa de cine social.

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Nos cuenta Fátima la historia de una valiente mujer de origen argelino y cultura musulmana, quien, junto con sus dos hijas, trata de salir adelante en la Francia del siglo XXI (creemos que es París, pero nunca se nombra ninguna ciudad concreta). Aceptando prácticamente cualquier trabajo (o básicamente los que tiene “la suerte” de conseguir), esta mujer de mediana edad separada, cuyo marido ayuda en lo que puede tanto económica como emocionalmente a la hora de criar a las dos chicas, intenta que la mayor estudie Medicina y triunfe en su oficio, y que la menor salga adelante en el instituto a pesar de su rebeldía. y puede el lector imaginarse lo que nos van a ofrecer. Un relato de prejuicios, precariedad, marginación, etc. Pero lo que cuenta no nos importa, porque la dirección de actores y la personalidad del director (quien, sin duda, trata de construir una narración cuasi documental, sin divismos, pero lo que consigue es una alarmante falta de fuerza, de verdad) no consigue trascender en esta aventura que sabe a muy poco, a casi nada.

Para muchos cineastas, desgraciadamente, importa más el qué que el cómo. Resumiendo: directores y público se conforman con que les cuenten una historia supuestamente importante o realista o bonita, y no se preocupan (o quizá no se hayan dado cuenta) de que el cine es algo más que poner una cámara delante de una serie de hechos más o menos profundos. Pero en el cine, creemos algunos, es muchísimo más complejo dar importancia a los detalles que esforzarse en construir una historia con la que el espectador pueda sentirse bien consigo mismo. En el gran cine, lo bello se encierra en los diálogos, en la profundidad de los caracteres, en la forma en que el director arma las secuencias, en la mirada del cineasta, en el punto de vista. Por supuesto, muy pocos cineastas pueden hacer eso, pero ahí está el gran cine.

atima2En Fátima todas las escenas no duran más de dos minutos (si es que llegan a esa duración). Esto supone un importante impedimento para involucrarnos en las vidas a las que estamos asistiendo. No hay personajes, pues en los tres roles protagonistas, aunque vemos la búsqueda de naturalismo, se termina recurriendo al tópico. La mirada sobre este mundo mezquino y gris en el que vivimos nos cuenta cosas que ya sabemos: que ser inmigrante es muy duro y que la religión no trae otra cosa que prejuicios e intolerancia. Los diálogos se basan en conversaciones sobre las cuestiones más prosaicas, y no te los crees. La puesta en escena consiste en poner la cámara delante de un actor, sin que exista el menor ritmo interno o externo en la secuencia. Vemos a la madre lavar, cocinar, limpiar, caerse por las escaleras; vemos a la hija ir en autobús, caminar por la calle, hablar con un chaval, estudiar en su cama; vemos a la otra hija asistir a la escuela, charlar con su amiga en un parque. Eso es todo. La cámara de Faucon se limita a retratar, pero es incapaz de trascender la imagen, de dotar a su criatura de alma, y lo que es más importante: de implicar y emocionar al espectador.

Suponemos que los degustadores del cine social, realista, se acercarán a Fátima con la esperanza de asistir a un drama potente, sincero, duro. Pero nos tememos que se van a llevar una decepción, porque Faucon no entiende ni conoce aquello que nos está contando, sencillamente. Y de cine de altura no hay casi nada en esta película. Quizá algo cuando la valiente madre escribe sus poemas con los que ayudarse a sí misma en su difícil lucha. Pero es un fragmento interrumpido, demasiado breve. Algo escaso, creemos, para la ganadora de un premio César a la Mejor película.

LO MEJOR:

  • Muy poco. Su humildad, probablemente. Los versos finales.

LO PEOR:

  • La obviedad de un guion más preocupado por ejemplarizar que por hacer pensar al espectador.

 

Adrián Massanet

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