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Uno de los aciertos (entre muchos otros) que tienen los festivales de cine de todo tipo de envergadura es dar cabida a películas que, de no ser por su paso por este tipo de citas, quedarían olvidadas en algún rincón de su país de origen privando al público de haber tenido siquiera la opción de acercarse una vez a ellas. Y es algo lógico debido a la gran cantidad de películas que se producen al año, pero no deja de ser una lástima que el mensaje y la forma de muchas de ellas pasen desapercibidas ante el gran público. Casi más lástima nos da, si cabe, que la gran mayoría de estas obras vengan firmadas por cineastas jóvenes, muchas veces noveles, que están deseosos por mostrar al mundo de lo que son capaces… y no tienen la oportunidad. Por suerte, festivales como el Cinema Jove de Valencia a cuya 32.ª edición hemos podido asistir este fin de semana, apuestan fervientemente por propuestas desconocidas de directores que, aunque jóvenes, saben perfectamente lo que sea hacen.

Fotografía: Daniel García-Sala

Es el caso de Laurent Micheli, director belga anteriormente especializado en teatro, que viajaba este fin de semana a Valencia para presentarnos su ópera prima Even Lovers Get the Blues, un drama coral que nos sumerge en las relaciones (íntimas y de amistad) de un grupo de treintañeros cuyas vidas sufren un cambio drástico tras un suceso inesperado, y lo hace sin tabúes ni tapujos: “Es importante estos días tener una manera honesta de hablar de intimidad, amor y sexo porque la mayoría de veces ves una pareja que está a punto de practicar sexo en la pantalla, los ves besándose y se corta. Después ya los ves de nuevo, cuando ya han tenido su affaire, pero yo quería mostrar lo que hay entre uno y otro momento, porque es una manera muy interesante de hablar de la gente, de hablar de nuestra generación”.

Y es que las escenas de sexo de Even Lovers Get the Blues son tan explícitas y naturales como podemos serlo nosotros en la intimidad con nuestra pareja. La espontaneidad domina toda la ópera prima de Micheli y es precisamente esta espontaneidad la que hace que no perdamos la atención en el filme y nos veamos envueltos en las situaciones que nos presenta como si también nosotros fuéramos parte de él. Y si ellos están perdidos, también lo estamos nosotros: “Me da la sensación de que nuestra generación está un poco perdida entre dos cosas: por una parte tienes una manera supersexual de pensar, sexualidad en todas partes y en todos los anuncios; por la otra, hay gente que no está cómoda con el sexo, muchos aspectos que se conciben como prohibidos y miles de dólares gastados cada segundo en porno online”.

Por supuesto, rodar una cinta en cuya primera escena presenciemos un orgasmo simultáneo de todos los protagonistas, cada uno con su pareja, podía no ser un camino de rosas y el propio director nos confesaba todo lo que tuvo que luchar con las ideas de su alrededor para poder sacar adelante la cinta: “La gente ve penes y vaginas constantemente y yo no podía mostrarlas en una película normal que habla, precisamente, de amor, de intimidad?”. Por suerte, Micheli no ha tenido ningún problema para que tanto público como crítica en los diferentes festivales donde se ha ido proyectando el filme hasta la fecha (que ya acumula cinco galardones) hayan captado la idea de la cinta tal y como él la concibió: mostrar la intimidad de un grupo de amigos tan naturales y con los mismos miedos e inquietudes que podemos tener cualquiera de nosotros.

Llama también la atención en esta ópera prima la preciosista manera con la que el cineasta ha decidido exponer su mensaje, con ciertas escenas filmadas con una extensa paleta de colores que incluso se atreve con los tonos neón dándoles un toque surrealista, onírico: “Me gusta tener una manera un tanto irreal de transmitir, de dirigir. Creo que hay que usar todas las posibilidades del cine. Quiero algo artístico, poético, que lleve al público a otro lugar y se meta en la cabeza de los personajes”, nos decía. En este sentido, no pudimos dejar pasar la ocasión de señalar las partes del filme (concretamente, dos momentos) en las que una canción sirve de hilo conductor de la escena: “No son momentos reales, pero ayudan al espectador a entrar en la película. Pienso que cuando estás en una relación y en algún momento la cosa no funciona, al principio no quieres hablar porque no sabes cómo expresarte. Yo quería utilizar las canciones como un modo poético de hacerlo”. Una peculiar pero efectiva manera de introducirnos de lleno en la vida de los personajes, de la cual, según nos comentaba, también hará uso en su próximo proyecto, una coproducción entre Francia y Bélgica para la cual ya ha conseguido inversión inicial y que nos describió como “una historia sobre una joven transgénero de dieciocho años que, tras discutir con su padre y no verse en dos años, tiene que cruzar Bélgica en coche. No se gustan, pero tienen que aprender a estar juntos”.

Podría parecer que, por el hecho de abordar el tema de la homosexualidad en Even Lovers Get the Blues de manera explícita (tanto en su visión más positiva como también en la más amarga) y el de las personas transgénero en su próximo filme, Laurent Micheli pretenda abrirse camino en un cine exclusivamente catalogado como LGTBI, pero nada más lejos de su intención: “Siendo gay, la manera en la que veo el mundo puede estar influenciado por ello, pero yo no quiero hacer películas gays. Yo quiero usar los personajes gays o trans en una película que va a ver todo el mundo”. 

Homosexualidad, bisexualidad, heterosexualidad, uso del sexo sin freno como modo de reaccionar ante un sentimiento de culpa o incluso el derecho de ser las mujeres quienes decidan no tener hijos (“Me considero un tanto feminista y pienso que no porque seas una mujer tienes que querer ser madre. Paremos con ese pensamiento”)… Laurent Micheli toca muy variados tipos de sexualidad en su filme de manera delicada, con la firme intención de darles voz a todos y, sobre todo, de normalizar ciertas uniones que la gran mayoría del mundo todavía no ha aceptado… por muy libres y liberales que creamos que somos: “Vivimos en un mundo donde el dinero es quien manda y se está metiendo dentro de la gente, de las relaciones, y cambia la manera de vivir, de pensar. Pero en parte por el uso de la tecnología, de la gran cantidad de apps que no somos lo suficientemente inteligentes o maduros para utilizar, estamos perdiendo la espiritualidad de las relaciones, la magia, todo se hace más frío. Está bien practicar sexo rápido, claro, pero es muy triste que la gente se limite a ello sin siquiera poder tener una conversación antes o después.”

Laurent Micheli nos transporta con Even Lovers Get the Blues a la vida de un grupo de personas que bien podríamos ser nosotros mismos y nos recuerda, con saber hacer y algún que otro toque poético, que el sexo forma parte de la intimidad pero también del amor y, por tanto, no tiene sentido ni huir de él ni, mucho menos, escandalizarse por verlo en una pantalla de cine en la que, al fin y al cabo, (casi) todo es ficción. Lo único tan cierto como lamentable es que, en el mundo real, sí hay muchas cosas que vemos de las que podríamos avergonzarnos, prácticamente a diario, y por las que nunca ponemos el grito en el cielo.

Silvia Martínez

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