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De París siempre se ha hablado demasiado. Y más que demasiado, nada. Si, tal y como decía un famoso poeta de principios del s.XX, “la belleza no se puede describir con un solo arte”, no entiendo ese absurdo intento por retratar a la capital francesa con insuficientes y abundantes palabras. O incluso con imágenes. ¿Acaso no debería existir más cámara que la retina y más director que el de nuestro sentido común e intuición? Siempre lo pensé así, desde que tengo uso de razón y aprendí que la Torre Eiffel es sólo el punto de equilibrio de una ciudad conocida por sus luces pero conocedora también de sus sombras. Para qué lo voy a negar, lo sigo pensando. Pero lo digo con la boca pequeña, casi temiendo algún “pues…” que preceda a decir lo que yo ya sé. Lo que aprendí aquel octubre de 2011 cuando, empapada de pies a cabeza y con más mal humor y caos existencial que paciencia, me adentré en esa sala de cine de Madrid que tanto conocía y denominaba mía para ver una tal MIDNIGHT IN PARIS. ¡Y cómo no iba a hacerlo! A lo largo de la semana había perdido la cuenta de las veces que había escuchado decir eso de “¡Lo último de WOODY ALLEN!” “¡Nuestra cita anual con el neoyorquino!” “Aunque encadene decepción con fracaso, ¡es WOODY!”. Ilusos.

 

95 minutos después. Misma sala de cine.

 

Maldito WOODY ALLEN. Qué tío. Años encadenando filmes en forma de decepciones en capitales europeas para que ahora haga una cinta redonda. Magistral. Sublime. Parezco hasta un miembro de la RAE parloteando. ¡Y nada menos que en la capital francesa, arruinándome una creencia que lleva 20 años acompañándome! Ay.

 

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WOODY volvía. Como agua de Mayo y de Cannes, con un lienzo de presentación repleto de pinceladas de pasado, presente y tributo y amor por su propia filmografía. WOODY volvía a copar los titulares de la prensa. Ya lo veía: “¡La mejor obra de WOODY ALLEN desde su época dorada!” “¡Esta vez sí!” “¡Medianoche, y ojalá eterna, en París!”. WOODY volvía a impregnar de gags hilarantes una obra sencilla en su contenido y compleja en su forma, tal y como nos tiene malacostumbrados. WOODY volvía.

Les voy a confesar una cosa: Aún hoy, mientras escribo esto, tengo el latente pensamiento de que la sola idea de tratar de hablar sobre qué es MIDNIGHT IN PARIS se me antoja injusta para el concepto global de la obra. Como si tras mi silla de escritorio tuviera a un ALLEN, libreto de su próxima obra y bolígrafo en mano, mirada acechante, vigilando mis progresos y dudas y susurrando con un ligero deje neoyorquino: “No, no, no, not like this”. Por ello, hagamos una cosa. Abandonen su ordenador o su móvil. Enciendan su reproductor de DVD (o derivados) y vean MIDNIGHT IN PARIS. No, no pasa nada si ya la has visto, tú mírala de nuevo. Sí, ya sé que andas ocupado, pero créeme, merecerá la pena.

 

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¿Ya lo has hecho?

Bien, sigamos.

Como habrás visto, ALLEN protagoniza y no protagoniza la obra. OWEN WILSON bajo la piel de ese escritor bohemio norteamericano llamado Gil Pender es sólo una capa de maquillaje del auténtico ente principal de la trama. Las dudas, los temores, los sentimientos y los anhelos de ALLEN se reflejan tras este personaje casi bucólico, repleto, como buen artista, de inseguridades, y fascinado por los éxitos de otros y los sucesos de históricos personajes famosos. La idolatría y sus peligros reflejados en un hombre que, al reconocer a Hemingway, parece por momentos  desmayarse. Porque este escritor, sin necesidad de máquinas del tiempo ni drogas modernas, viaja en el tiempo y comienza a frecuentar el selecto universo intelectual de aquellos felices (y ya no tan lejanos) años 20. Este escritor, en París de pre-luna de miel con su prometida Inez (RACHEL MCADAMS) y los padres de esta (retiro lo de pre-luna de miel) aguanta durante el día el sabelotodismo de una pareja de amigos de Inez mientras frecuentan los lugares más turísticos de la ciudad francesa, y cae cada medianoche en el Barrio Latino bajo una especie de hechizo que le transporta más de 80 años atrás en el tiempo. Para que luego digan que París no tiene magia.

Más allá de Dalíes, Picassos, Buñueles y Gertrude Steins que aparecen en la obra, hay un personaje que no precisa de tener memoria histórica porque ella misma termina haciendo suya toda la trama. Hablo de Adriana, esa dulce amante de Picasso estudiante de moda y procedente de Burdeos. Hablo de sus anhelos y esperanzas, de una Marion Cotillard casi invisible, absorbida por un personaje que aúna todo lo característico de los entes femeninos de Allen. El carácter de Annie Hall. La ensoñadora ilusión de Cecilia en LA ROSA PÚRPURA DEL CAIRO. La ambición y el inconformismo de la estudiante de periodismo Nola Rice. Incluso el punto de frenesí neurótico de María Elena, con la que comparte afición por el arte. Todas son ella y ella es todas. Y parece casi el culmen de ese proceso creativo de caracteres de Allen, de no ser porque sabemos que aún quedan muchos por descubrir (y por los que maravillarnos). Pero mientras tanto la contemplamos a ella. Y entendemos por qué Picasso la eligió como amante, por qué Gil disfruta de largos paseos en las noches parisinas en su compañía. Casi hipnotiza su explosiva mezcla de rasgos, casi eclipsa al auténtico protagonista y el eje central de la cinta.

 

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Revisiono la cinta. Ya he perdido las veces que lo he hecho, y eso que sólo han pasado cuatro años desde su estreno. Sola, con compañía. En España, en el extranjero. En verano, en invierno. MIDNIGHT IN PARIS es esa película que recomiendo, que animo a ver encarecidamente, que me niego a describir (o a estas alturas, me negaba) a cualquiera que pregunte por mi opinión, que meto sigilosamente en el DVD en el momento en que alguien sugiere eso de “¿Y por qué no vemos una película?”. Y no te hablaré casi durante el visionado, porque no soy yo mucho de eso que podríamos llamar “comentar la jugada”, pero esperaré que la valores. Que te guste. Que te des cuenta de su neurótica mirada al romanticismo actual. De su escondida crítica a la ambición desmedida. De su casi conformismo agridulce ante la raza humana. De su surrealismo ingenioso.

Y si no te das cuenta surgirá la chispa con los días, las semanas, los años. Como los que pasaron entre que abandoné aquella sala de cine maravillada, y me volví a cruzar con el poster de MIDNIGHT IN PARIS. Cómo se me había podido pasar. Ahí estaba Van Gogh, “La Noche Estrellada”, la explicación. Claro que París era belleza, que no se podía describir con un solo arte. Ahí estaban, fotografía y pintura, dos ramas de un mismo árbol, con la ardua tarea de describir lo que no puede ser retratado. Y ahí estaba ALLEN, que no tenía suficiente con haberme regalado un viaje de ida a una de sus inesperadas grandes obras, y me otorgaba la tranquilidad de sentir mi infantil creencia protegida. Te diré algo, ALLEN, más allá ya de toda creencia: Por mi quédate mi viaje de vuelta. No apareceré junto a Dalí ni bailaré con Hemingway, pero su espíritu soñador me impregnó aquel 2011 y me sigue impregnando hoy día. Y ahí me quedaré y quedo, viendo rinocerontes, en París, a la orilla del Sena, con un disco de Cole Porter en mano y esperando la lluvia caer.

 

 

Lydia Martínez

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