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Hamam
HAMAM: EL BAÑO TURCO (1997)

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.

KAVAFIS

¿Y si sólo existiéramos en verano? O mejor dicho, en ese periodo de ruptura en que salimos de la rutina para enfrentarnos a lo imprevisto y, con suerte, para encontrarnos con el yo amordazado de nuestro interior. Lo que creemos “nuestra vida” sería un estado de seminconsciencia. Y el verano, una elipsis que debemos rellenar con nuestros sueños.

El director turco, FERZAN ÖZPETEK, desvela la prisión en la que podemos convertir nuestro organizado mundo occidental. Para producir este efecto nos arrastra a la mítica ciudad de Estambul, antigua Constantinopla, última capital del Imperio Romano y testigo de su ocaso. Vencida, como heroica Troya, en suicida lucha contra el Imperio de la Sublime Puerta, ante el abandono y traición de occidente. Bizancio griega, puerta del Bósforo en el mar de Mármara, creada por los dioses. Lugar de encuentro, de refugio y de pérdida. Evocación de nuestras raíces. Porque todo lo que va a morir a Estambul, en ella permanece.

Francesco (ALESSANDRO GASSMAN) acude a Estambul a deshacerse del pasado. Una excéntrica tía le deja en herencia un baño turco, un decadente hamam, obligándole a interrumpir su exitosa vida profesional en Italia, para ultimar la venta, con un viaje que no tendrá retorno. Porque lo que Francesco no sabe es que ha iniciado el “viaje a Ítaca” de Kavafis:

Ítaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.

La Ítaca de Ulises es el hamam de Francesco. Atrapado por la magia de una ciudad atemporal se redescubre sin contención. Sus valores, sus deseos, su sexualidad, se liberan con la misma fuerza con que habían sido reprimidos. Su rito iniciático será la lectura de las cartas que su tía escribió y que nunca llegaron a su destino. En las palabras de las cartas reconoce sus propias emociones y su tía le acompañará en un viaje interior que les une más allá de la muerte. Francesco descubre, que su herencia no es sólo el viejo hamam; lo que le ha entregado es la llave de la salvación.

Estambul es lo que estaba buscando. Llevo aquí una semana y ya me quita el aliento y el sueño… Cuánto tiempo he estado perdiendo hasta llegar hasta aquí. Siento que me estaba esperando silencioso, mientras corría detrás de una vida pesada e inútil. Aquí el tiempo transcurre más despacio, con suavidad. Esta brisa libera los pensamientos y hace vibrar el cuerpo. Ahora, por fin, siento que puedo volver a empezar…”

La entrega de Francesco será absoluta pero, demasiado tarde quizá para él, su destino sólo puede ser la fatalidad.

 

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Harta de esperar el regreso de Francesco, Marta (FRANCESCA D’ALOJA), su mujer, viaja también a Estambul para terminar con un matrimonio que sólo se sostenía, como casi siempre, por la conveniencia social. Pero su viaje se convertirá en una conmoción. A diferencia de Francesco su transformación es paulatina, casi dolorosa. Ella no se entrega, intenta resistirse al embrujo de una ciudad que se le impone, hasta descubrir que la oscuridad está en ella misma: Ni a los lestrigones ni a los cíclopes, ni al salvaje Poseidón encontrarás, si no los llevas dentro de tu alma, si no los yergue tu alma ante ti. Seducida por un nuevo Francesco, a través del que percibe una felicidad desconocida, se entrega lentamente a la ciudad; al hamam, “ese lugar extraño donde el vapor relaja las costumbres además de los cuerpos”; a la sensualidad que trasciende la razón, sustituto emocional del vacío existencial del humanismo deshumanizado, la “gran belleza” perdida, mal que nos pese, nuestra única razón de ser. La tragedia sellará su unión con una ciudad y una vida que, por fin, le permiten sentir la paz perpetua. Esa paz que se refleja en sus palabras finales, fumando con la vieja pipa de la excéntrica tía de Francesco y contemplando, en la azotea del hamam, la puesta de sol de Estambul:

A veces, al atardecer, me invade la melancolía, pero luego se levanta un aire fresco que la aleja. Es un aire extraño que no he sentido en ninguna parte, una brisa ligera… que me quiere.

 

 

Cuando yo vi esta película, en el verano de 1998, los “hamames” parecían sucumbir bajo las inercias más convencionales. El proceso de rescate es largo y difícil, porque es el más individual y solitario de todos los que podamos acometer. Y la renuncia cómoda nos tienta a cada paso. Encontrar Estambul, como la protagonista, es la utopía; pero el viaje es la realidad.

No, no es un viaje convencional. Es el viaje vital que no tiene fin y el único que siempre merece la pena. Es la búsqueda del estado permanente de libertad que no necesita metas ni itinerarios. Ése que, si somos capaces de emprender, no busca descanso ni compañía. Porque nunca más volveremos a estar solos.

Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Ítacas.

 

Marina Calvo

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