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ESPECIAL UN VERANO DE CINE EN EL PALOMITRON: EL AÑO PASADO EN MARIENBAD

 

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«… o de losas de piedra, por las que yo pisaba una vez más, y por esos pasillos, y a través de esos salones, de esas galerías, de esa construcción de otro siglo, de ese hotel inmenso, lujoso, barroco, lúgubre, donde pasillos interminables suceden a pasillos silenciosos, desiertos, recargados con una decoración oscura y fría de maderas…»

Dijo GODARD en una entrevista, preguntado por la estructura de tres actos del cine convencional, que para él «las películas deben tener Inicio, Nudo y Desenlace, pero no tiene porqué ser en ese orden». EL AÑO PASADO EN MARIENBAD (1961), una de las obras maestras de RESNAIS y también de la Nouvelle Vague, no sólo parece compartir los principios del francés que revolucionó el cine, sino querer llevarlo a sus máximas consecuencias… Porqué en ella el tiempo se difumina y el espacio se diluye: no se distingue entre causa y efecto, y los travellings (benditos y malditos por partes iguales) nos mueven de lugar y a veces también de tiempo, modificando nuestros puntos de referencia y relegando al fuera de plano las caras que deberíamos unir con las voces… Y porqué el argumento se enreda consigo mismo cada vez más. No se puede construir la historia, no se puede distinguir realidad de ficción, ni verdad de mentira, ni vida de teatro (o cine).

 

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La película se basa en la siguiente premisa: un hombre (a partir de ahora ÉL) y una mujer (ELLA) se encuentran de vacaciones en un hotel barroco, y Él le recuerda a Ella la promesa que le hizo el año pasado en el mismo lugar, la de escapar juntos para huir de otro hombre (el Otro) un año después. Pero ella no recuerda nada. Él le narra todo lo ocurrido, cada mínimo detalle de ese encuentro veraniego como si lo hubiera vivido. Su función es la de narrador invisible del cine clásico, pero un narrador que ha caído de lleno en su escena, dejando a la vista todos los mecanismos de su narrativa. Lo que cuenta es mentira, o no, pero lo más importante es que, aunque lo sea, en el momento en el que lo narra ocurre ante los ojos del espectador. MARIENBAD es una obra cambiante, algo diferente cada vez que se ve. Tomemos por ejemplo su inicio, con una voz en off sempiterna que se repite y cambia el orden de sus factores buscando un sentido a su recitado, podría ser ALAIN ROBBE-GRILLET decidiéndose como empezar de nuevo a narrar tras la rotura con la narrativa clásica, o bien podría significar una forma de dar importancia suma al hotel en que se enmarca todo el relato, un hotel lleno de gente pero vacío de vida, abarrotado de adornos pero carente de alma. O también los tres personajes, que podrían ser la triada formada por guionista (Él), que moldea la realidad a base de palabras pero verbaliza de forma compulsiva, se repite, y falla en lo fílmico; director (el Otro), que gana siempre y tiene control absoluto sobre «el juego» y todo lo que ocurre; y película (Ella), moldeada por uno y otro, y que vive de forma exclusiva en su presente, o podrían ser simplemente dos hombres y una mujer atrapados en un triángulo amoroso vistos bajo el prisma de la mirada poética (negamiento de los sentimientos de Ella).

 

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Con todo esto, podría parecer que la película de RESNAIS no es más que un viejo farfullando indescifrables mensajes sin coherencia. Nada más lejos de la realidad: la ambigüedad y falta de información se convierten en las mejores armas de este filme que nos atrae de misma forma que nos repele a buscar que intentemos construir una historia a partir de los recortes que nos ofrece. De este modo, la narrativa separa la historia de la estructura y nos somete a la forma: ahí reside la verdadera esencia de EL AÑO PASADO EN MARIENBAD. En su manierismo decadente y la búsqueda artificial del detalle (de cada gesto, de cada corte), en la estilización extrema y en su configuración laberíntica tanto narrativa como espacial. Sólo en el momento en el que se renuncia a intentar desvelar la historia (abierta a interpretaciones) en detrimento de la exquisitez formal y el hipnótico mundo al que nos traslada esta brillante obra cinematográfica es cuando el disfrute es pleno y (en cierto modo) obligado. En palabras del mismísimo ROBBE-GRILLET, el filme se dirige a nuestra sensibilidad, a nuestra facultad de contemplar, escuchar, sentir y emocionarnos.

También fue GODARD quién dijo que la belleza tiene un elemento eterno e invariable y otro relativo relacionado con el período, el estilo y la pasión. Así que observen la dirección de arte de JACQUES SALNIER, sus lámparas, bóvedas, espejos, adornos, jardines amplios con estatuas y el sobrecargado barroco de todos los muebles y pasillos. Maravíllense con el imperial blanco y negro y la prodigiosa iluminación de SACHA VIERNY. Déjense llevar por los maravillosos travellings de RESNAIS, deteniéndose en habitaciones llenas de autómatas congelados. Concédanse el placer de, por primera vez, no entenderla ni etiquetarla. Ríndanse a su orden sin sentido. En esta partida, cedan al cine la victoria, porqué esto es bello eterna y relativamente.

 

Pol Llongueras

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Alfonso Caro Sánchez (Mánager) Enamorado del cine y de la comunicación. Devorador de cine y firme defensor de este como vehículo de transmisión cultural, paraíso para la introspección e instrumento inmejorable para evadirse de la realidad. Poniendo un poco de orden en este tinglado.