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“Antes había un tren de regreso, pero ahora es de un solo sentido. ¿Aún quieres ir?”

Haku, El viaje de Chihiro

De todos los mundos imaginarios creados por ese hacedor de milagros que es Hayao Miyazaki, El viaje de Chihiro sobresale con una luz especial. No porque se llevara un Oscar en 2002 ni porque hasta la llegada de Your name, hace tan solo unos meses, fuera la película más taquillera de la historia del cine japonés. Lo que hace de El viaje de Chihiro una experiencia mágica es su mezcla de imaginación desbordante y una sensibilidad poética capaz de engullir al espectador, como una ola, y hacerlo navegar por los rincones más recónditos de su alma, ahí donde residen la pasión y el dolor.

La película da comienzo con Chihiro, una niña caprichosa que viaja en coche junto a sus padres rumbo a un nuevo destino donde planean mudarse. Al tomar un desvío, van a parar a un extraño pueblo abandonado donde las cosas pronto comenzarán a torcerse para la joven heroína: sus padres son trasformados en cerdos y ella, rodeada de espectros y criaturas imposibles, se ve obligada a trabajar en un balneario cuya clientela está compuesta por las más excéntricas deidades sobrenaturales.

A partir de ese momento, al espectador se le presentan dos opciones perfectamente válidas: puede disfrutar de la película como la aventura de una niña en un reino de fantasía (y es una aventura maravillosa) o puede tratar de tratar de escarbar en la omnipresente simbología de la narración para averiguar que, en realidad, Miyazaki quiere hablarnos de la búsqueda de la identidad individual en un mundo, el nuestro, dominado por la codicia, la superficialidad y la cobardía.

Y es que Chihiro es una niña que, para poder salvar a sus padres y escapar del pueblo fantasma, debe seguir un peculiar rito de iniciación que ha de devenir en su trasformación en mujer adulta y consciente de sí misma. El balneario, donde comienza a trabajar en los fogones de la planta más baja, representa el sistema que ha de destruir, teniendo para ello que recuperar la identidad que le ha sido arrebatada y hacer frente a la bruja Yubaba que, desde la cima, domina a todos los habitantes.

Miyazaki sublima en El viaje de Chihiro todos los atributos que lo han convertido en una figura clave del cine, no solo el de animación. El catálogo de personajes que desfilan por la película se encuentra en la cima de un talento extraordinario. Cada una de sus criaturas está diseñada con ternura e ingenio y cada paisaje extraído de un sueño maravilloso. Es una obra visualmente cautivadora, artesanalmente confeccionada, que rezuma alegría y tristeza a partes iguales.

Es imposible elegir una sola escena, y además nadie nos obliga a ello, pero si hay una que perdura en la mente y que se ha convertido en emblemática por méritos propios es aquella en la que Chihiro viaja con el Sin Cara a bordo de un tren cuyas vías están sumergidas bajo el mar. Se trata de una escena pausada, carente por completo de diálogo, en la que Chihiro avanza (en su viaje, en su misión, en su madurez) rodeada de personajes incorpóreos. Ellos son los espectros, personas que, quizá, no lo consiguieron, que siguen atrapadas en ese vagón y nunca tendrán el valor de bajar en su estación y reclamar su destino.

El viaje de Chihiro es un árbol floreciente e inabarcable, con infinitas lecturas y capas. Es también una fiesta, la celebración de la creatividad más explosiva. Pero, sobre todo, es una fábula de una humanidad aplastante. Hay tantos Miyazakis como gustos, pero para quien firma estas líneas, El viaje de Chihiro es su más apasionante, inteligente y mejor obra, además de una de las mejores películas en lo que llevamos de siglo.

Alex Merino

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