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San sebastián #64SSIFF El PalomitrónSi bien el año pasado la lluvia se pronunció tímidamente en San Sebastián, parece que este año es parte del programa, así que toca asimilar un festival pasado por agua de manera intermitente y valorar la incorporación del paraguas como compañero de trayecto inseparable. Lógicamente, se trata de una elección personal que muchos desestiman confiando en el buen hacer de las cornisas, los soportales y las terrazas de Donostia, así que a las carreras de última hora (ineludibles) ya estamos sumando una buena colección de resbalones y desafortunadas pisadas en charcos sorpresa.

La segunda jornada del festival ha arrancado con el pase de El hombre de las mil caras. Pocos años se ha formado tanta cola en un pase matinal en el Teatro Victoria Eugenia. Y es que el poder de convocatoria de lo último de Alberto Rodríguez es incuestionable, pese a los múltiples pases que Warner, su distribuidora, ha programado con antelación al festival en Madrid.

Ritmo de primera división. Eso es lo que campa a sus anchas en este puzzle de espías en el que nadie se salva. Todos son jugadores. Todos mienten. Todos son calaña. Armada y vertebrada a partir del documentadísimo libro de Manuel Cerdán, la cinta de Rodríguez nos recuerda lo inmensamente tontos que somos todos, porque nos traslada a la España de principios de los noventa para recuperar un episodio (uno más) del infame historial de corrupción que, de manera permanente, se alimenta por las ínfulas de poder del ser humano. Que nadie se lleve las manos a la cabeza con nuestro presente, porque El espía de las mil caras sirve para que nadie olvide que las panderetas llevan muchas décadas instaladas en los círculos de poder, y que nos pongamos como nos pongamos, la historia se repite.

paesaQue nadie cometa errores o caiga en patochadas comparando El hombre de las mil caras con La isla mínima. Solo comparten director y equipo. Nada más. Son cintas muy diferentes y cualquier comparación no es más que demagogia o señal de que uno necesita ver mucho más cine del que pretende conocer. Pero, como en la vida y en el deporte todo es superarse, aún quedaba en la recámara la comparación por parte de un compañero en rueda de prensa de El hombre de las mil caras con ¡¡Narcos!! Como lo leen, damas y caballeros. Parece que, para algunos, la voz en off la ha inventado Netflix. Mamarrachadas a un lado, El hombre de las mil caras es una cinta de espionaje que, desde el primer minuto, avisa de que todo se va a desarrollar vertiginosamente, y en la que Eduard Fernández, que tampoco defrauda, vuelve a firmar una interpretación de escuela. Él es el auténtico rey de la función. Cine de alto voltaje que recupera las vergüenzas de nuestra historia reciente, servidas en un menú exprés que te impide mirar el reloj hasta bien entrada la primera hora de metraje.

Tras el pase, es tiempo de entrevistas, y junto con los compañeros de El blog del cine español y La llave azul, desfilan por nuestra mesa de entrevistas (y en este orden) Eduard Fernández, José Coronado, Carlos Santos, Alba Galocha, Marta Etura y Alberto Rodríguez; prácticamente todo el reparto y su director. Y, como siempre, el tiempo acechando nuestras entrevistas y cortando estas en los momentos más interesantes. Y es que cuando un filme gusta tanto, hay mucho que preguntar, pero también mucho más que escuchar.

Tras un breve parón para digerir los pintxos de rigor, es turno para entrevistar a Ethan Hawke, Premio Donosti en esta edición junto con Sigourney Weaver, y a uno de los magníficos del desaprovechado remake de la cinta de John Sturges que ha dirigido sin su habitual pulso para el cine de acción, un Antoine Fuqua a medio gas. Y si bien a la mayoría de la crítica estos nuevos y multiétnicos magníficos les convencen, a servidor la cinta le parece facilona, rutinaria y poco (o nada) sorprendente.

 FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN en el Palomitrón. Ethan Hawke
Ethan Hawke durante la mesa redonda en el Hotel María Cristina

¿Y cómo se enfrenta uno a una mesa redonda con un talent del nivel de Ethan Hawke? Pues con mucha ilusión, básicamente. A calmar los nervios contribuye la salita de espera que Sony habilita para periodistas, donde uno puede comer tranquilamente, y los más ágiles también pueden hacer acopio de provisiones para economizar en gran medida la cena. Y junto a la inevitable ilusión también convive, por qué no decirlo, el sentimiento de gratitud, pues más de uno se olvida de contar con los blogs o las webs medianas cuando gestionan las agendas de actores de talla internacional. Luego sí, esos mismos son los que el resto del año llaman mucho y piden de todo con mucha educación cuando sus representados o películas no interesan a los grandes medios. Es entonces, quizá, cuando nosotros diremos que no. Pues el juego, damas y caballeros, debe compensar siempre a los dos jugadores.

Una sola pregunta por periodista. Éramos siete (si la memoria no nos falla) y es lo que nos permitieron. Y es que cuando hablamos de talents tan fuertes, las reglas son muy estrictas, y el tiempo es más que nunca oro. Pese a todo, la experiencia es muy gratificante, y que nos quiten lo bailado. No todos los días se sienta uno a la mesa con Ethan Hawke.

baltiY para acabar la jornada, doble sesión de cine. A las 19:00 h The Oath, un filme escrito, producido, dirigido y protagonizado por Baltasar Kormákur (Everest) que no cuenta nada nuevo y que encierra en los paisajes islandeses y la labor en fotografía algunas de sus mejores bazas. Y aunque ha sido muy atacada por la crítica, resulta bastante mejor opción que la última película del día: Florence Foster Jenkins. Porque, pese a contar con Hugh Grant y Meryl Streep, lo último de Stephen Frears no deja de ser un producto que flirtea con la memez y que, usando la excusa de funcionar como una teórica defensa de la autenticidad de las personas, no deja de ser una burla a su protagonista, una persona a todas luces bastante desequilibrada, que aquí en España habría gozado de una popularidad enorme en la época en la que Pepe Navarro cruzaba el Misisipi cada noche. No hay quien salve la función, y su humor se basa en una premisa ya bastante manoseada (y hasta molesta) en los tiempos que corren: reírse a costa de los problemas mentales de otras personas. Injustificable.

Pero nos vamos a la cama bien, de buen humor, porque mañana llega Rodrigo Sorogoyen con su Que Dios nos perdone y el cine español volverá a reconducir de nuevo el festival.

Alfonso Caro

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