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Cuando se habla de las grandes revoluciones vividas por el cine en sus más de 100 años de vida, se suele listar el paso del cine mudo al sonoro, la introducción del color y el paso del analógico al digital como las tres grandes mutaciones que convirtieron el cinematógrafo Lumière en lo que ahora entendemos como séptimo arte. Curiosamente, los teóricos suelen olvidar el cine doméstico e Internet, pese a los enormes retos que han supuesto y siguen suponiendo para el cine en su vertiente empresarial.

Probablemente las cintas VHS, la emisión televisiva y las plataformas de Video On Demand, por sí mismas, jamás provocaron grandes cambios en la construcción de la imagen cinematográfica, o estos siempre vinieron provocados por el formato utilizado para su producción, por lo que se incluirían en la tercera de las revoluciones citadas: no se entiende el cine en Internet sin el paso previo del analógico al digital, del fotograma al código binario, lo que no significa que Internet no esté sugiriendo cambios que van más allá del modo en que se venden y consumen las películas.

La revolución digital es un huracán cuyo epicentro, probablemente, estemos conociendo en estos momentos, en que ya es posible que una empresa como Netflix produzca películas de elevados presupuestos y ambición (la necesaria, por ejemplo, para participar a concurso en el Festival de Cannes) que jamás serán exhibidas en una sala de cine. En el tronco del árbol genealógico de Netflix encontraríamos el reproductor doméstico de vídeo y la televisión como padres de una nueva forma de consumir películas que alejan el cine del espectáculo público que idearon los Lumière, y que lo acercan más al modelo de negocio que imaginó Edison a finales del siglo XIX, y que le condenó a no ser recordado en las tarjetas del Trivial, por mucho que el tiempo parezca darle ahora la razón.

Netflix fue la primera plataforma en emitir contenidos en 4K

El paso de la gran pantalla al televisor, que antaño ilustró la irrupción del cine en casa, no estuvo exento de efectos traumáticos. Como reveló Carlos Benpar en el díptico documental Cineastas contra magnates y Cineastas en acción (2005), la conversión de aquella imagen de gran formato a las necesidades y caprichos de los empresarios televisivos provocó diversas alteraciones en los filmes que en nada beneficiaban a su disfrute (desde el arbitrario cambio de formato para adecuarlo a los tradicionales cuatro tercios de los viejos televisores al corte abrupto de los títulos de crédito). Tampoco el VHS, el LaserDisc, el DVD o el Blu-Ray consiguieron emular la experiencia de la sala de cine, por mucho que los televisores aumentaran su tamaño y los equipos de home cinema prometieran precisamente eso: traernos el cine a casa. Quizás el quid de la cuestión radicaba en que la imagen cinematográfica no había sido creada expresamente para esa pantalla, en que los televisores, los ordenadores, las tabletas y los smartphones eran receptores subsidiarios, segundos platos.

 

LA DESLUMBRANTE PANTALLA PEQUEÑA

Puede que ahora lo que muchos coinciden en llamar “televisión” (término que abarcaría las tradicionales cadenas generalistas, pero también las cadenas especializadas, las televisiones de pago y las plataformas de Video On Demand) sí esté en disposición de modular, por primera vez desde los años 50, la imagen cinematográfica.

En primer lugar, la serialidad va camino de imponerse como la estructura de relato audiovisual definitoria de nuestra era. Que revistas de cine tan reconocidas como Cahiers du Cinéma o Sight & Sound hayan considerado que Twin Peaks: The Return debía competir en igualdad de posibilidades con los tradicionales largometrajes en los rankings de lo mejor de 2017, pese a que nadie duda de que estamos hablando de la tercera temporada, de 18 episodios, de una serie, no deja de ser significativo. Es un primer amago de cambio de paradigma, el primer paso impuesto por la “televisión” de un camino que debería llevarnos a no distinguir entre películas y series.

El regreso de Twin Peaks ha sido uno de los platos fuertes de 2017

Sin embargo, esa es una mutación de la que otros han escrito con mayor profundidad y conocimiento, y de la que aún queda mucha leña por cortar. Tampoco estaría influyendo estrictamente en la construcción de la imagen propiamente dicha, sino del relato, pero no deja de ser llamativo que actualmente un gigante como Netflix produzca sin distinciones largometrajes y series cuya primera y única ventana de exhibición van a ser los dispositivos desde los que se puede acceder, a través de Internet, a sus contenidos.

En todo caso, el título de este artículo, Elogio del 4K, señala una mutación de la que se ha hablado muy poco, pero que sí estaría influyendo en el modo en que el espectador puede deconstruir las imágenes que disfruta en el televisor de su casa. Por primera vez, el home cinema ha alcanzado el sueño de emular, en calidad y nitidez, a las imágenes del cine. Y no es absurdo afirmar que, a día de hoy, hay televisores que, aplicando la relación de ratio y distancia adecuada, ofrecen una imagen tan o más “grande” que la de algunas salas de cine. Si a la ecuación añadimos las bondades de los sistemas de sonido domésticos, y demás caprichos de la sección de tecnología de unos grandes almacenes, podemos afirmar que en 2018 es posible disfrutar de una película en casa con una experiencia similar o incluso superior en inmersión a la de una sala de cine.

“Esto no es nuevo”, diréis. Muchos pensaréis que esa afirmación podía hacerse también el año pasado, y el anterior. Lo curioso es que hoy, plataformas como Netflix (y próximamente lo harán otras) producen películas pensadas desde su origen para ser consumidas en el televisor. “Eso ya lo teníamos antes con los telefilmes”. Correcto. Pero jamás fue ambición del telefilme emular la fruición de la sala de cine. La nueva televisión combate ahora con el cine con las mismas armas que el cine usó en los años 50 para defenderse de la televisión: con imágenes más espectaculares, nítidas y coloridas, con el asombro del fotograma que es ahora asombro del frame.

 

MÁS ALLÁ DEL CINE EN CASA

Ahora es posible apreciar en todo su esplendor el trabajo de color que Baran bo Odar y el director de fotografía Nikolaus Summerer han realizado en la serie alemana Dark; disfrutar con la profundidad de campo de una orwelliana escena en Mindhunter, o incluso horrorizarse con la pobreza de factura del episodio de Black Mirror dirigido por Jodie Foster, más próximo a un capítulo cualquiera de EastEnders que a la visionaria serie de Charlie Brooker. También es probable que hoy en Filmin pueda gozarse de la mejor restauración jamás realizada del Suspiria, de Argento, y dejarse deslumbrar con aquellas luces litúrgicas de la academia de danza. Eso podía hacerse antes, pero ahora todo salta a la vista con rabia gracias a las bondades de la imagen 4K.

Elogio del 4K
Fotograma de Suspiria (Dario Argento, 1977)

La oscuridad y los negros, uno de los mayores defectos de la imagen digital en su reproducción casera, ya no se resienten gracias a la implementación del HDR (High Dynamic Range), llamado a emular las sensaciones de luz y contraste del mundo real, lo que provoca un extraño impacto inicial: no estamos acostumbrados a la hiperrealidad de una tecnología que nos permite ver las arrugas de un actor con un detalle mayor que el que percibiría el propio ojo humano a la misma distancia de esa persona en la vida real.

El 4K supone un reto mayúsculo para los creadores de imágenes, pues evidencia la pobreza y premia la excelencia. Uno se pregunta si hoy los trucos de montaje de Birdman, la oscarizada película de Iñárritu narrada (que no filmada) en plano secuencia, serían más visibles si el filme se hubiese exhibido con la ultimísima tecnología de imagen. Quizás los cortes serían localizables; quizás al traje del emperador se le verían las costuras. Pero la riqueza que el 4K ofrece al visionado doméstico va mucho más allá de la búsqueda de aristas, pues gracias a su capacidad de inmersión posibilita, como decíamos, que por primera vez un televisor pueda garantizarnos una fruición superior a la de una sala de cine. Que esto pueda suponer el principio del epitafio de la sala de cine ya será motivo de reflexión para futuros artículos.

 

Firmas invitadas: Gerard CassadoGerard Cassadó (Barcelona, 1982) es periodista y crítico de cine. Tras más de siete años formando parte del equipo de redacción de Fotogramas, actualmente es jefe editorial de FilminCAT y jefe de prensa de Filmin. Colabora habitualmente con la revista Caimán Cuadernos de Cine y con otros medios como Esquire o el diario Ara. Ha colaborado, además, en libros sobre cine como Cine fantástico y de terror español o Paul Schrader: El cineasta frente a los tiempos. En 2010 ganó la primera edición del certamen internacional de crítica de cine Unifest-Cahiers du Cinéma España. Miembro de la junta directiva de la Asociación Catalana de la Crítica y la Escritura Cinematográfica durante 5 años, es licenciado en Comunicación Audiovisual y tiene un Máster en Estudios de Cine y Audiovisual Contemporáneo.

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