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El otro lado de la esperanza - El Palomitron

Aki Kaurismäki tiene un estilo de expresarse muy escueto tanto artística como personalmente. Al recoger el Gran Premio del Jurado del Festival de Cannes por Un hombre sin pasado, se agradeció el galardón a sí mismo, felicitó al jurado (presidido por David Lynch) y abandonó el escenario sin decir nada más. Esta anécdota define muy bien su espíritu y, por extensión, el de su cine: pocos elementos, en apariencia triviales, que al unirse consiguen crear algo sorprendente, trascender. Esta descripción podría evocar a un tipo de filmes de carácter contemplativo, ritmo pausado, con personajes introspectivos y donde la natura ejerce un papel clave, pero el universo del director finés está muy alejado de ellos. El tono de sus obras es artificial, los personajes inertes, las ambientaciones postizas. Sin embargo, todas sus cintas poseen clarividencia y destilan humanidad.

El otro lado de la esperanza, presentada en la Berlinale 2017, narra dos historias: la de un refugiado sirio en busca de su hermana y la de un hombre de negocios mayor que quiere vivir nuevas y excitantes experiencias. A simple vista, parece que las dos tramas merecen una forma de expresión distinta, incluso géneros diferentes; el director no lo cree así. Consigue mantener un equilibrio en el tono de las aventuras de los dos personajes sin trivializar las del primero ni darle excesiva gravedad a las del segundo (error en el que caía aquel desastre de Sean Penn titulado Diré tu nombre). El método Kaurismäki se basa en aproximarse al relato de forma ascética, artificial. Esta atmósfera surrealista impregna todo lo que vemos en pantalla: la puesta en escena (gente hablando cara a cara en plano medio), la dirección de actores (la fluctuación en la entonación de los intérpretes es mínima, se podría decir que “infraactúan”) o la iluminación (focos de luz exagerados provenientes de lugares inciertos).

Sherwan Haji en El otro lado de la esperanza - El Palomitron

Evidentemente, todas las características de la cinta que acabamos de enumerar son perfectamente conocidas y controladas por Aki Kaurismäki. Para él no son defectos: son virtudes. No le importa que la audiencia vea sus trucos o que atisben todo el artificio que hay detrás de El otro lado de la esperanza. Al fin y al cabo, su filme es igual de ficticio que uno de Ken Loach (Jimmy’s Hall). Los dos buscan (y consiguen) hacer películas humanistas, que dignifiquen la clase trabajadora y muestren las injusticias del sistema. El inglés mediante el realismo y el finés usando este curioso género que ha creado, que, según los historiadores del cine y corroborado por él, bebe de Robert BressonJean-Pierre Melville (El silencio de un hombre) y Marcel Carné.

Antes de concluir nos detendremos en dos elementos esenciales (y opuestos) de El otro lado de la esperanza: el silencio y la música diegética (es decir, la que pertenece al mundo donde ocurren los acontecimientos narrados). El silencio marca el ritmo de la cinta, domina hasta las interacciones entre personajes, donde el lenguaje no verbal guía la narración. En consecuencia, los diálogos pierden impacto y, por esa razón, son recitados de forma tan monótona. Este hecho dota a la película de un aire de frialdad. Para contrarrestar este efecto, en varias ocasiones vemos y escuchamos bandas tocando música, ya sea en la calle o dentro de un bar. Estos momentos le inyectan al relato una gran dosis de vitalidad y energía que nos produce satisfacción.

Bandas El otro lado de la esperanza - El Palomitron

En resumen, El otro lado de la esperanza es una gran película que consigue equilibrar magistralmente varias historias a la vez para hacer un relato humanista que conectará con todo el mundo. Además, los actores y las actrices brillan en cada minuto que se les ofrece en pantalla, especialmente Sherwan Haji (quien nos recuerda al mejor Jean-Pierre Léaud). Si solo pueden ir a ver un filme este fin de semana, vayan a ver este.

 

LO MEJOR:

  • La atmósfera en la que Aki Kaurismäki nos sumerge.
  • Todo el reparto: entienden perfectamente lo que quiere de ellos la cinta.
  • El sentido del humor: entre satírico y absurdo.
  • Toda la gente detrás de las cámaras que han conseguido crear imágenes y sonidos de tanta belleza.

LO PEOR:

  • El hecho que perdiese el Oso de Oro.

Pau Jané

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