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JAN OLE GERSTER realiza su primera película con los signos inequívocos de los creadores. Limpia su mensaje del efectismo cinematográfico y lo acerca al nivel del pensamiento. Para ello, recurre al blanco y negro (o a las luces y las sombras); a la proximidad del entorno; a una narrativa lineal, minuciosa, lenta, sencilla. En definitiva, al camuflaje de la imagen que potencia el contenido de la idea. OH BOY se desarrolla a lo largo de veinticuatro horas en las que el protagonista aprende a dejar de mirarse en el espejo para mirar directamente al mundo.

Es Berlín la ciudad del blanco y negro. WIM WENDERS nos la mostró en CIELO SOBRE BERLIN (WINGS OF DESIRE), desde el cielo y desde el interior de cada uno de sus habitantes, desde el pasado destructor y vergonzante hasta el presente de la desesperación. Así, el blanco y negro se hizo para Berlín, para el vacío existencial y la búsqueda. Una búsqueda que requiere de la Historia, del pasado que da sentido al presente, “el pueblo que pierde a su narrador, habrá perdido también su infancia”. Porque los paralelismos entre ambas películas no acaban ahí. Las dos nos remiten al sempiterno peso histórico de la II Guerra Mundial, del nazismo y su estigmatización en la población alemana, introduciendo un rodaje de una película ambientada en este periodo a la que los protagonistas acuden como espectadores. Ajenos pero constreñidos.

 

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Sin embargo, se distancia de la obra de WENDERS en la sencillez de su exposición y en las pretensiones de su mensaje. Niko, interpretado por un mimetizado TOM SCHILLING (ARGO, HIJOS DEL TERCER REICH), es la personificación del vacío en que se puede convertir la existencia. Su limitada relación con un exterior hostil, empecinado en involucrarle en una vida que no quiere vivir, se desencadena en un día que comienza con el hastío y apatía de cualquier otro. Ahora, el mundo también se ha cansado de él, de su actitud contradictoria que le hace vivir de un sistema al que desprecia pero que a la vez necesita. El distanciamiento (o más bien la fuga) de todo lo que pueda involucrarle, convierte su vida en una mentira consentida, orquestada con el único objeto de que le dejen en paz.

A lo largo de la película, una serie de personajes irán desfilando ante Niko, determinando una evolución que leemos en el rostro de su protagonista. El punto de partida, una amante que quiere ser algo más. El rechazo del café que ella le ofrece es símbolo del rechazo de una vida que no ha sabido valorar, quizá porque nunca tuvo que luchar para tenerla. Si no hay lucha no hay mérito, pero sin necesidad, no hay lucha. En el resto de la película Niko buscará desesperadamente ese café mientras asiste al desmoronamiento de toda su mentira vital. Será entonces cuando consiga abrir por fin los ojos para mirar a su alrededor y sentir que la vida es nada más (y nada menos) que eso: mirar al mundo y dejarse involucrar. Las pequeñas cosas que desprecia son importantes cuando se pierden y ahora, es capaz de ver cómo sufren los que carecen de ellas y cómo las valoran los que han luchado por tenerlas.

 

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 Tres momentos, representados en tres personajes, marcarán los hitos de esta evolución.

Un fiel amigo actor, gran promesa en su juventud, que deja pasar su oportunidad de éxito en espera del “gran papel” que nunca llega. Ese gran papel que Niko parece querer buscar en su vida. Pero la vida pasa, y vivir en espera se convierte en no vivir. En palabras de Caballero Bonald,  “La vida exige empezar a vivirla”.

Una antigua compañera de colegio, a la que apenas recuerda, que le amaba en silencio mientras era víctima de las crueles burlas infantiles por su obesidad. Transformada ahora en actriz alternativa, su aparente felicidad se basa en una autorreconstrucción  con modelos ajenos. Fuente inagotable de la insatisfacción.

Pero es el tercer personaje, el más inquietante y revelador, el colofón de un día que marcará un antes y un después en la vida de Niko. Agotado, conmovido, desconcertado y vapuleado por el largo de día, se refugia en un bar donde se refugia la soledad y el fracaso. Allí, un anciano, brillantemente interpretado por MICAHEL GWISDEK,  volcará sobre Niko su último reproche a la vida, porque en este caso fue la vida la que le estafó a él cuando, en una noche del año 38, las calles de Berlín se llenaron de cristales rotos.

JAN OLE GERSTER realiza una inteligente reflexión sobre la desidia y la indiferencia de la sociedad actual acomodada en una estabilidad que la inhibe. Lo hace desde la clave de un humor sutil, con diálogos ingeniosos y asequibles por cotidianos. Su película se convierte en una reivindicación de la vida tal y como es y no tal y como quisiéramos que fuera. Tras los premios obtenidos por la Academia del Cine Alemán y en el Festival del Cine Europeo, su estreno en España está previsto para el 7 de marzo.

 

LO MEJOR:

  • La ambientación, en un Berlín de luces y sombras donde planea el pasado, que empuja a la reflexión
  • Las interpretaciones, en su justa intensidad, que conmueve por su profundidad  y no por los efectos. Especialmente TOM SCHILLING y MICHAEL GWISDEK
  • Los diálogos sencillos, rápidos y con un sentido del humor inteligente que aligeran la carga existencial

LO PEOR:

  • Aunque la sucesión de personajes está perfectamente introducida, provoca, en determinados momentos, una excesiva desconexión
  • El papel de FRIEDERIEKE KEMPTER, la amiga del instituto, resulta exagerado en contraste con la sutilidad de la obra

 

Marina Calvo

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