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Unir la excentricidad de las segundas vanguardias con la explosividad de la imagen es todo un reto y una audaz propuesta que el director francés MICHEL GONDRY lleva a cabo con la obra homónima del escritor y músico Boris Vian. GONDRY cuenta con la plasticidad necesaria para absorber la idea, la sensación, el “pre-pensamiento” y devolverlo en imágenes. Ya lo ha demostrado en la realización de vídeos musicales de importantes (y heterogéneos) artistas. Pero además posee la sensibilidad necesaria para mostrar los sentimientos expresados en sus emociones, en su aspecto más íntimo y natural, lo vimos en OLVÍDATE DE MÍ (2004), fantástica y original historia de la que fue coguionista (y por cierto el mejor JIM CARREY). Estas dos cualidades, fundamentales para el objetivo que se propone, hacen que las expectativas sean prometedoras.

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El texto de Vian, que más que de surrealista lo podríamos clasificar desde las ideas del postismo, más cercano a las corrientes de las segundas vanguardias españolas, se sirve de la imaginación, la belleza, el humor, el simbolismo…, pero no desde la oscuridad del surrealismo sino desde el eclecticismo positivo. Las segundas vanguardias llevan al extremo todos los logros expresivos de épocas anteriores y los usan con absoluta libertad. En La espuma de los días, Vian deja un poco de lado su recurso al absurdo pero sin olvidarse de la dimensión lúdica del lenguaje, con geniales juegos de palabras cargados de humor que  potencian la alegría, la luz y el color, en definitiva la belleza, la espuma de los días.  Todo esto se extiende hasta el terreno musical (como no podía ser menos en Vian) donde el jazz de Duke Ellington envuelve este pequeño universo imposible y se convierte en lenguaje privilegiado y vehículo de emociones.

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Ese eclecticismo, característico del postismo, también aparece en una mezcla de estilos de épocas diferentes. La moda, el mobiliario, el aspecto de las ciudades y la tecnología adoptan un look retro muy efectista y genialmente utilizado por Gondry que encaja a la perfección y que se desborda en aparatos y artilugios con lenguaje propio. Todo esto contribuye a dotar ese mundo fantástico en el que se desarrolla la película de un aspecto peculiar pero familiar hasta cierto punto. Nos hace evocar obras como  DELICATESSEN de JEAN PIERRE JEUNET y en menor medida AMELIE, que nos lleva directamente a la actriz AUDRY TAUTOU. Soberbios los actores que deben moverse en ese escenario apabullante y conseguir que su papel destaque y se imponga a los objetos que les rodean sin caer en el histrionismo ni la ridiculez. Y todos, sin excepción, lo consiguen salvando una de las principales dificultades que se encuentran en este tipo de películas.

La espuma de los días es en realidad lo que de la vida merece realmente la pena, la felicidad sencilla que cubre el agua farragosa que se esconde debajo, donde se encuentran las obligaciones pesadas (como el trabajo), las enfermedades, el atarse los zapatos o el recoger los platos. Los protagonistas viven rodeados de esa espuma pero como siempre, la espuma poco a poco va desapareciendo. Tras ese cambio que experimenta la película está la sombra de la estafa del existencialismo, un permanente fondo en toda la historia, un camino que necesariamente hay que cruzar pero con el único objeto de salir de él y no perderse en la palabrería intelectual (o intelectualoide según la capacidad de la víctima) que conduce a un laberinto argumental, que lo aniquila todo, empezando por la espuma. Aunque también suponemos que en su libro Boris Vian tenía razones más prosaicas (relacionadas con las tendencias de Jean-Paul Sartre a conocer en profundidad a todas la mujeres que pudiera independientemente de que fueran las de sus amigos o conocidos) para realizar una pequeña venganza personal contra el que en su libro denomina Jean-Sol Partre, mofándose de la idolatría irracional que fomentaba.

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Es una historia sobre el amor llevado al límite, los sentimientos, la amistad, pero desde la libertad que da el suprimir en la vida todo lo que no es necesario, lo que produce hastío y aburrimiento, esa parte más mundana y práctica; la pesadez de la existencia. Y por supuesto a la que sólo se puede renunciar en la imaginación. Pero en un proceso inverso al de la narrativa habitual, la historia empieza en su clímax, limpia y con una explosión de luz, color y fantasía, inventos imposibles, personajes de una perfección ideal, símbolos que poco a poco van desapareciendo como la espuma para convertirse en un mundo gris, oscuro, enfermo, sin esperanza y sin que el protagonista pueda reescribir su propia historia.

Es una maravillosa adaptación de la obra de Boris Vian que mantiene su espíritu, su esencia y su superficialidad profunda anclada en fuertes sentimientos. Convicciones adornadas por una música que se mueve al ritmo de sus imágenes y colores y que es protagonista de una historia que se canta y se siente. Pero para poder captar todo esto es necesario dejarse llevar por la imagen, por sus actores, por sus recargadas imágenes “neovanguardistas”, porque el argumento, deliberadamente sencillo, es lo menos importante, es una historia de sensaciones.

LO MEJOR:

  • Respeta la difícil combinación de recursos utilizados por Vian para presentar un argumento sencillo pero que directamente pretende estimular los sentimientos a través de sensaciones.
  • Las difíciles interpretaciones de este tipo de obras que se desarrollas en escenarios recargados y asfixiantes están en su punto justo de expresividad.
  • Logra captar el eclecticismo simbólico de la obra.

LO PEOR:

  • La ambientación resulta excesiva por momentos y a veces agobiante.
  • Algunas licencias imaginativas (como los efectos de determinado baile). pretendiendo ser humorísticas son más bien ridículas.

 

 

Marina Calvo

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