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Todos los conflictos armados dejan heridas y cicatrices. Y si hay un conflicto armado que está dejando unas y otras es el que se vive entre Israel y Palestina. Las heridas pueden curarse: algún día desaparecerá el muro de la vergüenza, no habrá controles para ir de una ciudad a otra, las ciudades no estarán tomadas por el ejército. Pero son las cicatrices las que verdaderamente separan a los pueblos, las que cada persona lleva dentro y que se transmiten de padres a hijos

LORRAINE LEVY nos habla de estas últimas en EL HIJO DEL OTRO (2012) y de cómo la perdida de identidad y el conocimiento del otro puede ayudar a superarlas. Joseph (JULES SITRUK) ha crecido como judío y de repente se ve excluido de la comunidad al descubrir que no ha nacido judío y vive en una sociedad en la que prima la ascendencia y la tradición sobre los hitos personales. Yacine (MEHDI DEHBI) ha vivido siempre como musulmán, pero considera que su esencia no depende de su ascendencia sino de sus experiencias y vivencias, sabe quién es y a través de este conocimiento hace que los demás curen sus cicatrices. Los dos iniciaran una relación de amistad, a aprender el uno del otro y a acercarse a sus verdaderas familias buscando en ellas algo que les defina. Y es ésta búsqueda la que nos muestra que a través del conocimiento del otro, todos llegaran a empezar a curar sus cicatrices, viendo que hay algo de ellos en el otro, en el que siempre han creído que era el enemigo. 

 

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El trabajo de los actores hace que una película que podría caer en la sensiblería más absoluta se convierta en un film sobrio y a ratos emocionante. Pesan mas los silencios, las emociones y las miradas (los hipnóticos ojos del hermano de Yacine dicen más en un plano que mil frases) que la gestualidad. Pese al gran trabajo de estos, nos llama la atención un aspecto: los actores están cambiados de etnia. Aunque quizás esto se haya hecho a propósito para que el choque sea mayor, no deja de ser llamativo y puede llevar a cierta desconexión con la historia. No nos termina de convencer, aunque tampoco lastra la experiencia de su visionado.

 

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Se agradece que la directora no se detenga en explicarnos el conflicto y opte por simplemente mostrarnos las heridas (de las que antes hemos hablado) para que sepamos que están ahí y cómo son causantes de las cicatrices. No eclipsan la historia, pero sí están ahí de manera permanente como parte de la vida de los protagonistas para que sepamos cómo les ha afectado a cada uno y cómo mirando más allá de ellas se puede llegar al entendimiento entre dos pueblos educados en el miedo y el odio el uno hacia el otro. En cuanto a los escenarios en los que transcurre la historia, son todos verdaderos, lo que nos permite ver las diferentes sociedades en las que ambos han crecido y como estas han influido en ellos: la cosmopolita Tel-Aviv, la asediada por controles y muros Haifa, y como es la vida en ellas lejos de los momentos de lucha. La fotografía busca enfatizar las emociones de los protagonistas, centrando nuestra mirada en sus ojos y expresiones.

Una película muy recomendable para quien busque una visión diferente del mismo, una visión que no cae en justificaciones o juicios de valor. Lo negativo es que hayamos tenido que esperar dos años para verla estrenada en nuestras salas.

 

 

LO MEJOR:

  • No ofrece juicios de valor ni justificaciones.
  • Los actores, que logran no caer en el sentimentalismo.
  • El conflicto esta ahí, pero no es el protagonista.

 

LO PEOR:

  • Los actores no se corresponden a su origen real.
  • Que seguramente tenga muy poca difusión.
  • Que haya tardado dos años en llegarnos

 

 

Alberto Plumed

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