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El nacimiento de una nacion El Palomitron

Gran triunfadora de la pasada edición del Festival de Sundance (donde ganó el premio a la Mejor película y el Gran Premio del Público), El nacimiento de una nación es una reconstrucción histórica de una rebelión de esclavos encabezada por Nat Turner en 1831. Con la grandilocuencia, insolencia y egolatría patentes desde el título, el director novel Nate Parker (también productor, guionista y actor protagonista) escribe a su personaje como un mito cuya grandeza se pronostica en un rito nada más empezar la película: sabe leer sin ser enseñado, todo el mundo insiste en lo especial que es, y sus estudios de la Biblia le permiten vivir una vida mejor que la de sus compañeros como orador y predicador. ¡Pero no se preocupen! Aun así, el filme no se alejará de ninguno de los horrores de las películas que tratan el tema de la esclavitud. Habrá latigazos, violaciones, y hombres y mujeres negras recogiendo algodón, aunque solo sean usados como herramientas para contextualizar el relato de venganza que Parker desea hacer trascender.

El nacimiento de una nación en El Palomitrón

Tampoco parece que el ególatra artífice de El nacimiento de una nación tenga ganas de debatir cuál fue la auténtica razón de esta rebelión de esclavos (¿un motín en defensa propia? ¿un acto de rememoración testamentaria del ojo por ojo? ¿una revuelta engendrada por la propia violencia y avivada por la venganza?), puesto que su enfoque sobre el tema es más bien nulo, igual que la multidimensionalidad de sus personajes, ya sean blancos o negros. Nate Parker peca de quererse demasiado (no es casualidad que para él quede el personaje que es a la vez Dios, predicador, profeta y mártir de este relato mesiánico) y de ser un narrador mediocre, abrazado al tópico y la ranciedad sistemática. Su soberbia visual no es más que un bello envoltorio de simbolismos trillados con el que envolver una narrativa pobre y formulista, y su representación de la violencia, por impostada y calculada, baila entre la épica y el ridículo. Imposible nos resulta no comprarla con la inapelable 12 años de esclavitud, contra la que pierde en todos y cada uno de los sentidos: donde una era incómoda de ver en ese retrato de un hombre que lo pierde todo, pero no está dispuesto a despedirse de su vida, la otra es un simple entretenimiento de fácil digestión. Y donde una ofrecía una visión meticulosa y evocadora a un terrible capítulo de la historia de Estados Unidos, la otra juega a contar un relato de venganza con dejadez absoluta hacia la precisión histórica.

El nacimiento de una nación en El Palomitrón

Otra comparación que se hace inevitable es con la multipremiada obra épica de 1995, Braveheart (Mel Gibson incluso aparece en los agradecimientos). Tampoco es que el drama épico de Mad Mel sea una obra maestra incontestable, pero al menos tenía el vigor, la visceralidad y la pasión suficientes como para camuflar sus flaquezas. El nacimiento de una nación se confirma más como un vehículo del propio lucimiento del director (en todas sus facetas) que como un análisis épico de complejidad moral e histórica, y que falla también en su intento de ser un reflejo de la situación actual de la comunidad afroamericana en Estados Unidos (“les están matando solo por ser negros”, llega a verbalizar Parker en una de las muchas muestras de su manejo torpe y tosco del diálogo y de su falta de sutileza).

En 1915 se estrenó el primer blockbuster de la historia, una obra maestra que marca el nacimiento del lenguaje y la narrativa cinematográficos. El nacimiento de una nación, valiéndose de su mismo título, busca darle la vuelta al carácter reaccionario (y profundamente racista) de la obra de D. W. Griffith. Por desgracia, parece olvidar copiar de ella eso que la hacía única: su revolución artística.

LO MEJOR:

  • Es entretenida.
  • La escena en la que Parker intercambia rápidos diálogos en un debate teológico con Mark Boone Jr.

LO PEOR:

  • La falta de profundidad moral e histórica.
  • Su abuso de imaginería mesiánica.
  • La falta de sutileza.

 

Pol Llongueras

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