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En su crítica de HURACÁN CARTER (1999, NORMAN JEWISON), el legendario Roger Ebert zanjó la polémica en torno a las libertades que se toman los guionistas al adaptar la vida de personajes famosos con la siguiente frase lapidaria: “Los que busquen la verdad sobre un hombre en el filme sobre su vida, podrían también buscarla en la abuela del hombre en cuestión“. Pese al respeto y la admiración que le profeso al crítico chicagüense, debo discrepar. De la misma forma que despreciamos los documentales partidistas, deberíamos buscar también la imparcialidad en las obras de ficción que traten personajes reales. Exigir personajes jugosos y realistas no debería ser para nada un tabú, y sin embargo la gran mayoría de películas del género biopic han llevado al mismo hasta el hastío con la repetición de fórmulas, la veneración excesiva de los personajes retratados y la modificación de carácter en pos de la narración hagiográfica.

El año pasado, hasta la mitad de películas nominadas a mejor filme del año en los premios de la Academia fueron dramatizaciones de la vida de personajes famosos. EL FRANCOTIRADOR, THE IMITATION GAME, SELMA, LA TEORÍA DEL TODO. Se puede achacar a la falta de ideas de la industria cinematográfica, y argumentar toda una disertación sobre el desperdicio de mentes de brillantes guionistas en filmes inocuos, pero vamos a hablar del gran elefante en la habitación. La realidad es que los productores dan luz verde a proyectos del género porque es algo que funciona. Como plataforma de lanzamiento de actores (nombres como JOHNNY DEPP, BENEDICT CUMBERBATCH, JAMIE FOXX o BEN KINGSLEY empezaron a ganar respeto en el terreno dramático en cuanto interpretaron a un personaje real en una película), como arma “cazapremios” (las historias “basadas en hechos reales” y los biopics son las que acumulan más nominaciones y victorias en los premios Oscar), y como un seguro de taquilla porque, vamos a admitirlo ya de una vez, somos una masa aborregada que se creyó aquello de que “la realidad supera la ficción”. El caso es que no soporto los biopics (por si aún no os habíais dado cuenta). Bueno, la mayoría. Y mi propuesta en este artículo es intentar desgranar mi odio y enumerar las principales razones de mi aversión al género.

 

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Fotograma de TORO SALVAJE (MARTIN SCORSESE, 1980), uno de los mejores biopics de la historia, narra el ascenso y caída de Jake LaMotta.

 

La primera de todas y principal es la mitificación sistemática del personaje sobre el que se narra. Convertir la vida de una persona en una hagiografía es injusto para el espectador. Es injusto porque una persona de verdad tiene sus luces y sus sombras, y no he venido a ver un juicio cuyo único jurado son director y guionista. De la forma en que entiendo el cine, el director y el guionista deben presentar los hechos, y es trabajo del espectador juzgar a sus personajes. TORO SALVAJE (MARTIN SCORSESE, 1980) funciona como película, además de muchas otras cosas, por Jake LaMotta, un personaje que no es nunca alguien eminentemente bueno ni malo: es un ser humano de verdad, con sus errores y sus aciertos.

El caso reciente más extremo de glorificación lo encontramos en EL FRANCOTIRADOR (2014, CLINT EASTWOOD), que convierte al pueblo iraquí en objetivos unidimensionales (una deshumanizada masa de salvajes) en detrimento de un asesino de guerra glorificado (el hombre blanco que debe civilizar a los salvajes). El filme, escrito por JASON HALL (guionista también de la deplorable AMERICAN PLAYBOY), mutila el viaje del héroe y lo simplifica en un brutal y sádico ejercicio de persecución y destrucción de villanos sin rostro. Me he ido por las ramas: el gran problema de la película de EASTWOOD es el enaltecimiento del protagonista interpretado por BRADLEY COOPER, Kyle, que hace que los demás personajes parezcan igual de reales que el bebé de plástico usado en dos o tres secuencias de la película. En serio, daba mucha grima. El resumen de todo esto es que se comete el error de pensar que un personaje con aristas no caería bien a la audiencia, y que esta, incapaz de empatizar con él, repercutiría en taquilla como un fracaso. Lo importante en un personaje no es si es bueno o malo, lo importante es el interés que despierte, el carisma que desprenda. Han Solo (EL IMPERIO CONTRAATACA, IRVIN KERSHNER, 1980) cae bien no por ser de los buenos, sino porque, además, es un sobrado que responde a un “te quiero” de CARRIE FISHER con un “lo sé”, y el Coronel Hans Landa (MALDITOS BASTARDOS, QUENTIN TARANTINO, 2010) nos gusta pese a ser un asesino de judíos porque es insultantemente carismático.

 

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Fotograma de AMERICAN SNIPER, una hagiografía del mayor asesino de los SEAL americanos. En la imagen, BRADLEY COOPER.

 

Como error hermano de convertir retratos de personajes en hagiografías existe el caso diametralmente opuesto: convertir el personaje en un mártir forzado, ya sea de otras personas o de sus propios actos. En el estudio de 2010 The Biopic as a Contemprorary Film Genre (El biopic como género fílmico contemporáneo), Dennis Bingham distinguía entre dos tipos de biopic: los biopic masculinos y los biopic femeninos. Según el autor, el primero trata al hombre relacionándose con sus grandes logros, mientras que el segundo trata a la mujer enfrentándose a la victimización del género. THE IMITATION GAME (MORTEN TYLDUM, 2014) podría enmarcarse dentro del segundo tipo. A Alan Turing, el protagonista, interpretado por BENEDICT CUMBERBATCH, se le atribuyen conductas cercanas al espectro autista por el bien del interés en la trama: como en una película debe haber conflictos, el protagonista debe sufrir algún trastorno o tener algún problema que le impida relacionarse de forma normal con los demás seres humanos, lo cual me lleva a la siguiente cuestión, que incumbe también a las películas basadas en hechos reales: el intento de crear tensión de situaciones ya pasadas. ARGO (BEN AFFLECK, 2012), en conjunto un thriller bastante eficaz, muy bien dirigido y con una brillante banda sonora, termina como recordarán con una “apoteósica” persecución de los agentes de la ley de Teherán por el aeropuerto que, en un juego de montaje, hace creer al espectador que quizás alcancen al grupo de rescatados cuando en realidad estos están ya en el aire, de camino a Canadá. Pese a ser un clímax que funcionaría en cualquier película de intriga, aquí falla estrepitosamente al pretender tenernos al filo del asiento con algo ya escrito.

 

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Fotograma de THE IMITATION GAME (DESCIFRANDO ENIGMA). La conversión de Turing en un mártir saca al espectador totalmente de la narración (por otro lado apasionante) de los hechos de pre-Coventry.

Pero también hay biopics fáciles de disfrutar: hay películas que afrontan la tarea de adaptar a la gran pantalla la vida de un personaje famoso con la aspiración de deformar la realidad y crear una verdadera parábola de sus vidas, biopics que cruzan con una tranquilidad maravillosa la línea entre la realidad y la ficción, reforzando los retratos de sus protagonistas o intentando realmente trascender y crear una obra artística. En esta lista encontramos filmes de la talla de CONFESIONES DE UNA MENTE PELIGROSA (dirigida por GEORGE CLOONEY y escrita por CHARLIE KAUFMAN, que mantiene la duda en torno al verdadero pasado del presentador Chuck Barris), KAFKA (dirigida por SODERBERGH, difumina la línea entre los hechos de la vida del escritor bohemio y su ficción), la maravillosa MAN ON THE MOON (en la que un JIM CARREY aparece al principio de la película rompiendo la cuarta pared y explicando que la mayoría de cosas importantes que han ocurrido en su vida han sido mezcladas y modificadas por propósitos dramáticos, en una perfecta definición del excéntrico personaje que es Kaufman), PASOLINI (de ABEL FERRARA, que intercala mediante montaje el hombre en sus últimos días con un proyecto que el mismo estaba preparando), o I’M NOT THERE, la película biográfica de BOB DYLAN en la que gente tan dispar como CHRISTIAN BALE, RICHARD GERE, HEATH LEDGER e incluso CATE BLANCHETT y MARCUS CARL FRANKLIN interpretan al músico en diferentes etapas de su vida, representadas con un estilo cinematográfico para representar la filosofía del personaje y el momento de su carrera.

 

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Imagen de I’M NOT THERE con MARCUS CARL FRANKLIN en el papel de Woody, uno de los alter ego de Bob Dylan en la película de TODD HAYNES.

 

Aunque a veces no hace falta lanzarse a brazos del onirismo y las decisiones marcianas de casting para hacer una buena película: STEVE JOBS (DANNY BOYLE, 2015), el retrato de uno de los hombres más importantes de finales del siglo XX e inicios del siglo XXI escrito por AARON SORKIN, es un gran ejemplo de ello. Porque aquí no importa ni el qué, ni el cómo, lo importante es el quién. En un acto de deliberada simpleza conceptual (la grandeza en lo pequeño, el hombre grande en el relato minimalista), cada acto de la película ocurre casi a tiempo real minutos antes de la presentación de un producto decisivo en la carrera tecnológica mundial: primero el Macintosh en 1984, luego el NeXT Cube en 1990, y después el iMac en 1998 (y BOYLE rueda cada acto en un formato distinto, del 16 mm al digital pasando por el 35 mm, reforzando la narrativa con todas las armas que le proporciona el lenguaje cinematográfico). Jobs se descubre como un personaje complejo, ególatra y egocéntrico, con temperamento eléctrico y soberbia recalcitrante, pero también con la inseguridad propia del genio que se deshoja ante los espectadores mediante planos-secuencia, verborrea shakesperiana, y el mejor uso del montaje paralelo en el cine desde EL SILENCIO DE LOS CORDEROS. Al final un buen biopic no costaba tanto.

 

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Interpretando al mismo hombre, MICHAEL FASSBENDER y ASHTON KUTCHER (izq. a der.)

 

Este, además, viene contrapuesto por un biopic del mismo personaje dirigido un par de años atrás por JOSHUA MICHAEL STERN y escrito por MATT WHITELEY. En el filme, llamado simplemente JOBS, lo único remarcable es la correcta actuación de ASHTON KUTCHER, presumiblemente la mejor de su carrera, que guarda un asombroso parecido con el personaje que encarna (para que vean ustedes el nivel). Todo lo que hablábamos antes (simpleza conceptual, perfecta definición de personaje mediante su verborrea, comportamiento y trato humano) es lanzado a los brazos de la fórmula poco imaginativa y deleznable del biopic de figuras masculinas: el hombre tratando con sus grandes logros. En la película, Steve Jobs no tiene ningún conflicto real, y si lo tiene es olvidado en medio de una narrativa tediosa y repetitiva, como su relación con la hija no reconocida y su relación con Wozniak, y nunca vuelto a recuperar. Pueden ustedes entenderlo como una metáfora de la vida: las cosas pasan y, al cabo de un tiempo, se mira atrás y se recuerdan como una anécdota. Es fácil achacarlo a lo que en inglés se llama lazy-writing, o escritura perezosa.

 

El inexplicable auge de los biopics amenaza con seguir acaparando carteleras y premios durante años, plantándole cara a las películas de superhéores en la categoría de géneros cinematográficos que más saturan en lo que a cantidad se refiere. Pero que no desesperen los que se han sentido identificados (en mayor o menor medida) con las líneas que preceden a este párrafo de conclusiones: desde aquí, yo seguiré quejándome hasta que se me gaste la voz. O hasta que se me acabe la tinta, que queda más poético.

 

Pol Llongueras

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