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Cuando Christopher Nolan anunció su nuevo proyecto, Dunkerque, algunos se sorprendieron, otros lo celebraron lanzando sus sombreros al aire y unos pocos lo vimos, sencillamente, como una evolución natural dentro de su filmografía. Al fin y al cabo, el director nacido en Westminster siempre ha tenido predilección por los personajes torturados, ya estén en Gotham, a bordo de una nave espacial o en sueños. Era cuestión de tiempo que su ambición le pidiera ir más allá y que se planteara la siguiente cuestión: ¿por qué torturar a mi protagonista si puedo disponer de cientos de miles de personajes a los que situar en el centro del calvario? La batalla de Dunkerque, que libraron durante la Segunda Guerra Mundial los Aliados y la Alemania nazi, se presentaba como una oportunidad excelente para que Nolan diera el paso del infierno individual al colectivo y, por el camino, demostrar su pericia tras las cámaras.

No cabe duda de que Dunkerque es exactamente lo que pretende ser: una película asfixiante, visualmente virtuosa, en la que Nolan arrastra al espectador hasta el campo de batalla para hacerle experimentar de primera mano los horrores de la guerra. El efecto es vibrante, al mismo tiempo prodigioso y sangrante. Dicho esto, cabría preguntarse qué película no ha querido ser: una en la que el derroche técnico estuviera al servicio de emociones más allá de la angustia. Dunkerque parece más preocupada por provocar infartos entre los corazones de los espectadores que de realmente acceder a ellos de una forma humana. Y es que a Dunkerque, como a la guerra, le falta humanidad.

La película se divide en tres frentes: tierra, mar y aire. En cada uno de los bloques se aborda una historia mínima que no pasa de un mero esbozo, como si quisiera darnos a entender que en el gran fresco de la guerra los soldados no son más que pinceladas diminutas e insignificantes. Y aunque el planteamiento no carece de coherencia, es inevitable pensar que la historia hubiera ganado en profundidad si se hubiera decidido a prestar más atención a sus personajes. Dicho de otra forma: Dunkerque sería mejor si, en vez de despreciar esas diminutas pinceladas, las hubiera dotado de significado, como en esos cuadros colosales en los que los brochazos aparentemente más aleatorios resultan fundamentales para ayudar a componer el conjunto.

Quizá a Christopher Nolan le habría venido bien la ayuda de su hermano Jonathan, coguionista de El Caballero Oscuro o Interstellar, además ser el autor del relato breve en el que se basa Memento. Es imposible saberlo a ciencia cierta, pero resulta fácil imaginar al hermano pequeño retando al mayor a componer algo más que la mejor película bélica jamás rodada. Porque si algo ha caracterizado a Nolan hasta la fecha, y en este punto puede hallarse unanimidad entre admiradores y detractores del director, es su falta de pudor a la hora de asumir riesgos argumentales y estéticos. En este sentido, Dunkerque da la impresión de jugar sobre seguro. Nadie dudaba de la capacidad de Nolan para recrear una batalla de forma magistral. Algunos, simplemente, esperábamos algo más.

Decir que Dunkerque es puro Nolan es faltar a la verdad de una filmografía llena de deliciosos disparates y vueltas de tuerca. Cuesta decirlo ante el aluvión de críticas sobresalientes que está recibiendo, pero Dunkerque es solo una obra maestra en el apartado técnico, si acaso, pero tras la monumental fachada solo hay vacío. Resulta prácticamente imposible, a la salida del cine, recordar el nombre de uno solo de los personajes, y eso debería servir como muestra definitiva de su falta de relevancia.

Como experiencia cinematográfica, Dunkerque se asemeja a un viaje de hora y tres cuartos a bordo de una montaña rusa: te eriza los pelos, te aterra, te revuelve el estómago y te pone el corazón a mil. El problema es que Dunkerque es una película, no una atracción de feria, y Christopher Nolan debería aspirar a algo más que a ser el maquinista del mayor y más reluciente carrusel del mundo.

LO MEJOR:

  • Visualmente es sencillamente perfecta.

LO PEOR:

  • Que la película más monumental de Nolan sea también la más vacía.

Alex Merino 

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