Compartir

DISTOPÍA: UN PILOTO PARA REMOVER AL PÚBLICONada es fácil, y en el terreno audiovisual la cosa no mejora, y de sobras es conocido lo complicado que es sacar adelante un proyecto sin los apoyos adecuados, empezando por la propia financiación del proyecto, piedra angular y punto de partida de una aventura que pocas veces se ve liberada de una tensión y una incertidumbre que ya forman parte del proceso, aunque este cuente con el beneplácito de los grandes grupos mediáticos.

Distopía es una idea desarrollada por Virginia Llera, Manuel Sánchez Ramos y Jesús Mancebón, que desde su génesis en 2013 ha visto como de manera sistemática las puertas se cerraban ante ellos. La serie, concebida en seis capítulos, solo ha podido producir hasta ahora su primer capítulo, que funciona como piloto, y cuya recepción y calado en la audiencia será clave para dar luz verde a la financiación del resto de entregas de esta ficción autoconclusiva que guarda, tras visionar su primer episodio, más de un punto en común con la popular ficción británica Black Mirror, tanto en su línea argumental como en su espíritu de denuncia.

Gracias al apoyo de la plataforma Filmin, la audiencia podrá ver este primer capítulo desde el 4 de agosto, y de las sensaciones y opiniones generadas dependerá el devenir del resto de la serie.

 

¿Qué encierra Distopía?

Es complicado responder a esta pregunta habiendo visto un solo capítulo, pero ciertamente su visionado facilita bastante adivinar los senderos que practicará la serie en caso de lograr producir el resto de capítulos. No solo queda claro el protagonismo de las nuevas tecnologías, sino que la crítica social y política tienen un peso definitivo en su trama. Una trama que, además, no oculta sus puntos en común con la mencionada Black Mirror, ya que su argumento es muy parecido al también piloto de la serie británica, aunque rebajando en muchos puntos la osadía de su hermana mayor. Dirigido con mucha solvencia por Koldo Serra (Gernika), la premisa parte del secuestro de una personalidad política en plena crisis por parte de dos ciudadanos hastiados de tanta corrupción y tanta mentira. ¿Su resolución? Será decidida mediante una votación colectiva y popular a través de internet, quizá el último espacio que escapa al control total de las clases dirigentes. 35 minutos para reproducir un escenario que ya casi todos hemos recreado en nuestras fantasías a lo largo de los últimos años, quizá el mayor (o único) punto débil de la propuesta. Y es que el piloto que vemos en 2017 fue rodado en 2013, y que llegue tan tarde al público, máxime cuando se abarcan temas tan relacionados con la actualidad (que digan lo que digan los telediarios cuesta creer superada), es un elemento que juega en su contra, ya que el factor sorpresa se diluye irremediablemente.

DISTOPÍA: UN PILOTO PARA REMOVER AL PÚBLICONo obstante, el piloto encierra muchas cosas disfrutables, y es que se esmera mucho en establecer un vínculo con la audiencia (los protagonistas raptores adoptan el apellido García, el más repetido en nuestro país y presente en más de 1 370 000 carnets de identidad) y reflejar con cierto sarcasmo nuestra reacción ante una problema tan acuciante (maravilloso el camarero cambiando de canal, de las nefastas noticias económicas al fútbol, nuestro “pipas y circo” contemporáneo). Pero es que además resulta destacable el énfasis en trasmitir la desconexión que vive la clase política, dibujada con trazos de superioridad, altivez y falsa modestia en sus diálogos y sus respuestas (recientemente muy bien reflejada también en la divertidísima Selfie), con un pueblo hastiado y cansado de pagar un pato que no le corresponde, y que se alza con espíritu jacobino como juez y verdugo de esta clase dirigente, que sufre mucho tomando medidas poco populares para solucionar una difícil papeleta. Medidas que, pese a sus talantes serios y apesadumbrados, difícilmente les afectarán y de pocos beneficios adquiridos les privarán.

DISTOPÍA: UN PILOTO PARA REMOVER AL PÚBLICOLo único que produce miedo hoy en día, y esto quizá en 2013 no era tan notable, es el hervidero de odio y radicalismo en el que se están convirtiendo las redes sociales, especialmente algunos canales. Así que si tenemos que contar con esos perfiles, tan activos cuando se trata de atacar sin apenas informarse de un tema, como jueces, mucho nos tememos que no se salvaría ni el Tato. Porque en pleno 2017, las redes sociales están dejando a un lado su papel informativo y comunicativo para convertirse en guillotinas de un nuevo tipo de revolución que no busca soluciones, y encuentra en el ataque y la ofensa su Soma del siglo XXI.

 

La soberanía del público

Que Distopía lleve 4 años buscando una ventana de exhibición resulta preocupante, pero no sorprendente. Su temática no es fácil y puede incomodar a más de uno, ciertamente. Pero el público tiene derecho a disfrutar de propuestas tan valientes y arriesgadas como esta. Más allá de los parámetros políticos, hay que recordar que la ficción (cinematográfica o televisiva) debe servir como herramienta para reflejar el pulso de las sociedades. Por eso resulta poco convincente, y bastante desalentador, que las historias que tocan teclas incómodas para el poder siempre tengan que abrirse caminos por senderos tan empedrados, muy alejados del firme (y cómodo) asfaltado del que gozan otros géneros mucho más blancos e inofensivos para el sistema, si entramos en comparaciones.

Y durante estos meses de exhibición en la plataforma Filmin, serán las reacciones del público las que terminen de abrir las puertas a este proyecto, que ya solo por atreverse a plasmar en imágenes las conversaciones (y también discusiones) que han protagonizado nuestras reuniones sociales en los últimos años merece una mirada limpia de posicionamientos políticos, y empapada de realidad. Porque este piloto de Distopía es eso, la reproducción exacta de algo que se nos ha pasado por la cabeza a todos en los últimos años. Nos pertenece a todos, y por tanto resulta obligatorio que cuente con la oportunidad de llegar a todos.

 

Alfonso Caro

No hay comentarios

Dejar una respuesta