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Defender una película como Dioses de Egipto es casi tan difícil como sostener las tesis creacionistas, y aunque intentemos valorarla por lo que es (un subproducto de género fantástico que solo busca entretener), es muy complicado justificar su visionado. Puede llegar a entretener si desconectamos cualquier sentido crítico e intentamos no juzgar lo ridículo que resultan los dioses, bestias y otros seres mitológicos que aparecen, pero cuesta creer que alguien puede salir plenamente satisfecho tras ver el nuevo filme de Alex Proyas. Si en la última película de X-Men el ridículo ya asomaba gracias al personaje interpretado por Oscar Isaac, aquí el patetismo se multiplica hasta niveles exagerados.

Dioses de Egipto cuenta la historia de Horus, dios del aire y elegido por su padre para gobernar Egipto, que ve como Set, su tío (y dios de la oscuridad) asesina a su padre Osiris para reclamar el trono de Egipto para sí. Horus intentará vengarse, pero Set le arrancará los ojos, arrebatándole todo su poder. Con la ayuda de Bek, un mortal, Horus intentará derrotar a Set y restablecer el orden para salvar la humanidad.

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Aunque viendo el tráiler ya podemos adivinar casi todos los defectos del filme, lo cierto es que más allá de las horrendas escenas de acción o de los desastrosos efectos especiales, el principal problema de Dioses de Egipto ya se encuentra en la propia premisa, pues si se intenta trasladar a la gran pantalla la historia de una batalla entre dioses del Antiguo Egipto (de apariencia humana pero de mayor envergadura y capaces de transformarse en criaturas voladoras), lo más probable es que se caiga en el ridículo más espantoso. Y no es que intentemos defender a Alex Proyas (al fin y al cabo, como director es el mayor responsable del fracaso de este subproducto audiovisual), pero la película ya estaba condenada desde que algún productor con demasiado dinero y tiempo libre dio el visto bueno a semejante proyecto. Es cierto que en manos de otro director el resultado no habría sido tan desastroso, pero más allá de ofrecer unas escenas de acción algo decentes o de evitar la sobredosis de efectos especiales, difícilmente habría conseguido llevar a buen puerto este proyecto maldito.

Tampoco ayuda a evitar el desastre que los guionistas no puedan pensar ni una broma que funcione y que pudiera servir de alivio cómico ante tanto dios y tanta grandilocuencia. Es cierto que Brenton Thwaites, quien interpreta a Bek, un mortal, no es el más carismático de los actores, pero el pobre poco puede hacer ante las lamentables líneas de diálogo que le obligan a recitar. Courtney Eaton, que interpreta a su interés romántico, sí que hace un buen papel, pero los guionistas la alejan del foco principal demasiado pronto. Por lo que respecta a los encargados de dar vida a los dioses (Nicolaj Coster-Waldau y Gerard Butler) ofrecen actuaciones a la altura del filme (lo cual, como adivinarán los lectores, no es decir mucho) y lo de Geoffrey Rush es simplemente una de las cosas más tristes que ocurren en el séptimo arte, pues, con su indudable talento, acepta papeles tan inanes como este.

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Dioses de Egipto es una película ahogada en su borrachera de efectos especiales, una aventura sin épica con una estética exagerada y de mal gusto (basta con ver los carteles), sin un sentido del humor que ayude a redimirla. A diferencia de Warcraft: El origen, que ya tenía asegurado un grueso de espectadores aficionados al famoso videojuego, Dioses de Egipto se estrena sin saber muy bien qué público puede estar interesado en tamaña estupidez digitalizada.

LO MEJOR:

  • Puede llegar a entretener
  • La interpretación de Courtney Eaton, que sería toda una revelación si el filme no fuera tan exageradamente prescindible.

LO PEOR:

  • Prácticamente todo.
  • Que Geoffrey Rush acepte papeles tan inanes en películas tan mediocres como esta.

Pau García 

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