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Reservoir Books ha sacudido el mundo editorial en los últimos años con un catálogo fresco, atípico, diríase casi descarado. Su voluntad de repoblar nuestras bibliotecas con algunas de las voces más singulares del panorama cultural ve en Diario de un ladrón de oxígeno una especie de cumbre. Porque la novela, escrita por un anónimo que no quiere dar la cara, son 160 páginas que se han convertido en un clásico underground moderno, un ejercicio peligroso en el que el autor se abre en canal, dejando que sus monstruos y fantasmas tomen las riendas, para a continuación tratar de cicatrizar las heridas.

Existen múltiples razones por las que un autor prefiera optar por permanecer en el anonimato, pero en el caso de Diario de un ladrón de oxígeno el motivo parece evidente: nadie en su sano juicio querría atribuirse para sí mismo las atrocidades descritas en esta novela con tintes presumiblemente autobiográficos. Porque el narrador es un hombre que no solo lleva a cabo acciones despreciables, sino que, además, saca pecho por ellas. Claro que, muy desde el principio, este escritor anónimo nos anticipa que el final no será feliz para él, porque el karma es implacable, y más cuando se viste de mujer, pero es posible que el lector encuentre cierto placer en asistir a su caída.

Diario de un ladrón de oxígeno

Mejor que la propia novela ha sido la forma de lanzarla al mercado, con un aura de misterio entorno a la figura no solo del autor, sino de su propio proceso de venta: autopublicado, vendido por lo bajini en los barrios más hipsters de Brooklyn, acaparando conversaciones clandestinas en los círculos nocturnos de la Gran Manzana, alimentando su fama gracias al boca a boca hasta alcanzar un estatus de obra de culto antes incluso de que una editorial se hiciese cargo de su publicación y apropiada distribución. Y el marketing

La cubierta nos advierte de que estamos ante un cruce entre El guardián entre el centeno de J. D. Salinger y el Lolita de Nabokov, y aunque nos parece una comparación algo rebuscada, sostenida únicamente en el rasgo común de que los personajes principales se valen de un estilo directo para hablar de sus mentes turbulentas, no podemos pasar por alto su eficacia como gancho para el lector. Además, no podemos hablar exactamente de publicidad engañosa: es posible que el narrador de Diario de un ladrón de oxígeno no tenga nada que ver con Holden Caulfield ni Humbert Humbert, pero quienes disfrutaron de la compañía de aquellos a buen seguro disfrutarán también de la de nuestro Anónimo.

Un hombre se dedica a denigrar a las mujeres. Sistemáticamente. Retorcidamente. Por puro placer. Ese es el protagonista y esa es la historia, en resumen. El hecho de estar narrado en primera persona nos permite explorar la mente y el modus operandi de un sujeto altamente despreciable que, sin embargo, busca la redención a través del relato de su vida. Sabiéndose moralmente reprobable y no ocultando su condición de monstruo misógino, el autor no trata de buscar excusas para su comportamiento, sino que se aplica a sí mismo un tratamiento implacable y justifica, eso sí, su propia caída como algo cercano a la justicia poética.

No siempre fascinante en el plano argumental pero a ratos (bastantes) punzante, provocadora y brillante, Diario de un ladrón de oxígeno remite a la obra de Bret Easton Ellis o Chuck Palahniuk, con tintes de Irvine Welsh e incluso alguna pincelada de Mad Men (el protagonista es un apuesto publicista con un remarcado desdén hacia las mujeres, exactamente como el Don Draper encarnado por Jon Hamm en la serie de AMC).

Una lectura altamente recomendada para todo aquel que disfrute de la compañía de personajes oscuros, miserables y abyectos, y que disfrute aún más de su inevitable derrota. Escrita con mucho ritmo y un lenguaje sucio pero poderoso, directo pero cultivado. Diario de un ladrón de oxígeno es el retrato a ratos hipnóticos y a ratos difícil de contemplar de un monstruo moderno.

Álex Merino

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