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NEs7GAmI1uk0vt_2_bCreado en 1964 por Stan Lee y Bill Everett, el llamado “Hombre sin miedo” fue, pese a haber sido objeto de trabajo por artistas del cómic como Kirby, Wally Wood o John Romita Sr., un personaje eminentemente secundario de la Casa de las Ideas hasta los años ochenta, cuando el guionista Frank Miller tomó el control creativo del serial y cimentó al personaje como un pilar imprescindible del Universo comiquero de Marvel. Siguiendo la estela de Roger McKenzie en la segunda mitad de los setenta, acercó el cómic a un género más oscuro, ignorando gran parte del canon del personaje, reimaginando su origen y su relación con su padre, y añadiendo las artes marciales a su estilo de lucha, así como los ninjas de la Mano y la Casta e importantes personajes como Elektra, Stick y Wilson Fisk, que hasta entonces había sido un villano un tanto menor de Spiderman. Miller convirtió a Daredevil en algo bastante parecido a lo que hoy conocemos, un personaje con dudas y temores, más cercano de ser un antihéroe que un héroe. Sin embargo, no fue hasta su asociación con David Mazzucchelli (con el que también colaboraría en historias para DC como Batman: Año uno) cuando escribió Born Again (1987) y Daredevil: El hombre sin miedo (1993), arcos argumentales que por derecho propio se sitúan en el Olimpo de los cómics de superhéroes.

Ahora que Panini Comics reedita la saga Marvel Knights en unas preciosas y completísimas ediciones de tapa dura (Daredevil, Jessica Jones y Spiderman son los ejes de su línea MARVEL SAGA) y la popularidad del abogado ciego se ha visto incrementada desde el pasado 2015 con la maravillosa serie de Netflix del mismo nombre, un producto sin concesiones en el que el desarrollo de los personajes y la trama policial pasan por encima de los tópicos de la narrativa que envuelve a los superhéroes, nos preguntamos: ¿Qué cómics no deberíamos perdernos? ¿Qué es lo que hace que el público se haya enamorado del vigilante enmascarado? ¿Por qué el triunfo llega con esta magnífica serie producida por Netflix? ¿Qué errores se cometieron en 2003 con esa nefasta adaptación del personaje al cine, interpretado por Ben Affleck?

Los cómics

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Quizás lo más indicado será empezar por el principio. El hombre sin miedo (1993-1994) fue una miniserie de cinco tomos escrita por Frank Miller en la que este revisaba la historia del origen de Daredevil: su infancia, el accidente que le dejó ciego, la muerte de su padre, su entrenamiento con Stick y sus primeros días como héroe, algo parecido a lo que ya hizo Miller con Batman en Año Uno. Además, está ilustrado con dibujos de John Romita Jr. Más tarde, el arco argumental desarrollado por el propio Miller y dibujado por David Mazzucchelli en los ochenta (que ya hemos nombrado anteriormente en este artículo), titulado Daredevil: Born Again (Colección Marvel Deluxe, Panini), narra la caída en desgracia de Matt Murdock por maquinaciones de Wilson Fisk. Karen Page, el gran amor de Matt en los cómics, deja el bufete de abogados para convertirse en actriz y termina adicta a la heroína y actuando en películas porno; además, vende la identidad secreta de Daredevil al mismísimo Fisk, que destruye poco a poco la vida de Murdock hasta hacerle tocar fondo y obligarle a “renacer” para recuperarse. Guionista y dibujante exprimen al máximo las referencias bíblicas y el carácter católico del personaje en esta historia situada en Navidad, pero que se asemeja al periplo del profeta del catolicismo durante la Pascua.

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El primer tomo de Daredevil en MARVEL SAGA de Panini Comics

Y más recientemente, la saga Marvel Knights supuso un reinicio en la numeración de los cómics de Daredevil. Dentro de esta, hay varios títulos que valen la pena. La etapa de Alex Maleev como artista encargado de los dibujos es lo más cerca que los cómics han vuelto a estar de la magnificencia de Mazzucchelli: la estética, la composición y la coloración de esta etapa se reflejan en la serie de televisión, más brutal, oscura, sádica y sangrienta. Destacan arcos como LugartenienteIdentidad SecretaImplacable El Rey de la Cocina del Infierno, todos escritos por Brian Michael Bendis, aunque lo más importante de Marvel Knights en cuanto a trama e implicaciones en la vida del personaje fue su inicio: Diablo Guardián (1997), la revitalización de Daredevil a finales de los noventa a manos de Kevin Smith (director y guionista de Clerks y Persiguiendo a Amy, entre otras) y pinceles de Joe Quesada. Nuestro querido abogado ciego debe proteger a un bebé que podría ser tanto el Mesías o el Anticristo, lo que le lleva a una crisis de fe, magnificada por el descubrimiento de que Karen Page tiene sida. Smith dota al personaje de unos diálogos ágiles, y lo encuadra en magníficos monólogos y debates sobre la pérdida de la fe, la existencia de un dios y su propia condición como diablo. Un cómic soberbio, digno de tener un hueco en todas las estanterías de los amantes del medio.

La serie

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En Juego de Tronos hay dragones, muertos vivientes y magia negra. Pero ¿no extrapolamos la trama más fantástica y acabamos absorbidos por las maquinaciones políticas de Meñique, el drama familiar de los Lannister o la desdicha de los desperdigados Stark? En Daredevil, Drew Goddard, Steven DeKnight, Doug Petrie, Marco Ramírez y su equipo de guionistas han conseguido algo similar: deja de importar que, de repente, nuestro héroe esté peleando contra un grupo de ninjas, porque lo preocupante es una trama de corrupción, o un drama judicial con el Castigador como protagonista.

No queremos gastar más tiempo del necesario en hablar de la adaptación cinematográfica de 2003. Lo que sí vamos a señalar es cómo de equivocada fue la postura desde la que se abordó el material. Daredevil no es una historia “bonita”. Daredevil es una historia sobre un mártir, un hombre que pone su vida al servicio de la ciudad de Nueva York, que se pasea por los bajos fondos de esta, que se enfrenta a seres humanos con el alma carcomida por la corrupción. No es una historia divertida, ni una parodia (como parecen indicar los actores elegidos para interpretar a los villanos y sus actuaciones), ni, por supuesto, un culebrón. Nos encontramos, quizás, ante uno de los peores productos de la factoría Marvel, juntamente con Los 4 Fantásticos y Silver Surfer.

Por suerte, el personaje ha acabado encontrando su sitio en el audiovisual con esta magnífica serie de Netflix. Una serie con un gran reparto que aporta brillantes actuaciones (en una serie con un actor principal sobresaliente, hay verdaderos duelos interpretativos con los secundarios), una maravillosa banda sonora, excelencia en el apartado técnico (ya han corrido mares de tinta sobre los planos secuencia del 1×02 y del 2×03), la coreografía de batallas cuerpo a cuerpo más flipante de los últimos tiempos y un gran proceso de adaptación que ha humanizado a los personajes más extremos del cómic y ha convertido la serie en algo plausible, pero cuyo éxito se basa en tres pilares que la enaltecen como el mejor producto Marvel hasta la fecha.

Primero, su huida del “para todos los públicos”. Aquí hay sangre, sudor, lágrimas, muertes, dolor, heridas, contusiones, fracturas de huesos y cráneos aplastados y empalados. Marvel renuncia al tono blando de las dos primeras fases de su Universo Cinematográfico (algo que siempre se le ha criticado a la Casa de las Ideas) y se sumerge en sus entrañas, desesperanzadoras, oscuras y sórdidas: Los Vengadores no se ensuciarán las manos para rescatarlas de los mafiosos (rusos, japoneses o italoamericanos). Así que el resultado es callejero, un retrato magnífico de los bajos fondos de la ciudad de Nueva York.

Luego está Netflix. Trece episodios, casi trece horas de producto audiovisual disponibles para ver en cualquier momento. Sin publicidad, sin estar sometidos a un horario, sin rendir cuentas a ninguna cadena. Esto también enlaza con la primera razón de su éxito: la violencia y el clima oscuro de la serie no se pasa por un filtro que elimine su crudeza, sino que desarrolla los acontecimientos a placer, con libertad creativa absoluta.

Y por último están las referencias. La serie de Daredevil toca de forma tangencial tramas del cómic, pero pretende ser en todo momento un producto con entidad propia que va más allá de compartir con el formato de historietas la naturaleza de los personajes. Así, los fans del cómic pueden reconocer tramas de los tomos más famosos de Miller, o la estética de los dibujos de Maleev, y también disfrutar de ideas originales, y los que se acercan por primera vez al personaje simplemente disfrutan del viaje. Porque lo importante es la esencia de los personajes, unos personajes que están bellamente escritos.

El personaje

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“Can you give me a statement?” “Yeah: ‘the world is a shitty place’. You can quote me” (Daredevil, 1×06)

Daredevil es, sin duda, el personaje más contrastado de Marvel. Si bien la gran mayoría de superhéroes funcionan por el contraste entre su faceta humana, la “identidad real”, y el justiciero enmascarado (fijémonos, por ejemplo, en las diferencias abisales entre Peter Parker y Spiderman, Superman y Clark Kent, Bruce Banner y Hulk), el caso de Daredevil y Matt Murdock lleva el concepto del contraste entre personalidades un paso más allá. El personaje es una encarnación brillante del concepto “justicia”: representada como una mujer con los ojos vendados y una espada en una mano y una balanza en el otro, sus dos personalidades abanderan dos tipos de justicia. El justiciero es la representación de la justicia moral, el hombre que hace el trabajo sucio y está dispuesto a ejercer daño físico para conseguir su objetivo, mientras que el abogado ciego encarna la justicia legal, el que hace pagar a los villanos por sus daños causados. Y esas dos personalidades chocan de forma constante.

Daredevil es una historia sobre la culpa que siente el protagonista por hacer lo necesario (a pesar de saber que no siempre es lo correcto), sobre vivir con las consecuencias de ello y traicionarse a uno mismo por un bien mayor. Matt, acechado por esa culpabilidad católica, es un hombre centrado en las consecuencias y las probabilidades. Una de las cosas que caracterizan a Daredevil (tanto en el cómic como en la serie de televisión) es que todos sus logros en la vida los retiene el suficiente tiempo como para que perderlos sea lo más doloroso posible. Es, en el sentido más puro de la palabra, un mártir.

Daredevil no es más que un vigilante de barrio, algo que no encaja demasiado bien con el Universo que está creando Marvel en cine y televisión, donde abundan amenazas alienígenas, armas de otros planetas, dioses de otros mundos, aberraciones genéticas e inteligencias artificiales: Daredevil está situado en un Nueva York pos 11S [ese clímax de Los Vengadores (Joss Whedon, 2012)], y no busca eliminar la maldad de nuestro mundo o salvar a toda la humanidad; es un hombre enamorado de su ciudad, que solo se preocupa de mantener limpia su manzana, ese barrio de Hell’s Kitchen que es pintado como un nido de cucarachas, donde la corrupción, la suciedad y la maldad acechan en cada esquina.

Los objetivos y la moral

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Una de las decisiones más brillantes de la serie ha sido convertir cada temporada en un enfrentamiento entre dos personajes con el mismo objetivo, pero con distinta moral y distintos métodos. Daredevil y Wilson Fisk, Daredevil y the Punisher. Al fin y al cabo, los primeros quieren una ciudad mejor (aunque la perspectiva de cambio y la manera de activarlo son diametralmente opuestas), y los segundos tienen en común su desprecio por el criminal (aunque su enfoque moral como héroes choque, como podemos ver, sobre todo, en el tercer capítulo de la segunda temporada).

En la primera temporada, paralelamente a la trama principal policiaca, Daredevil desarrolla los orígenes tanto del protagonista como de su némesis con una belleza narrativa inusual en las adaptaciones en gran y pequeña pantalla de superhéroes, y conduce su evolución como personajes en el presente de la serie como una relación que se retroalimenta. La culpabilidad y la duda acechan a ambos personajes, que revisan sus actos pasados y presentes, y preparan los futuros. Mientras Matt parece perdido en su búsqueda por comprender qué es y qué está haciendo durante toda la serie, Wilson parece convencido, seguro de sí mismo y determinado a conseguir su objetivo. Pero al final, las circunstancias y el desarrollo de las tramas intercambian los sentimientos de ambos: Matt comprende su meta como justiciero, y Wilson nada en terreno inseguro hasta el punto de ser encerrado en prisión en un brillante season finale.

Los dos personajes tienen un origen similar, pero con influencias opuestas en los momentos clave de sus vida. Matt, abandonado por su madre y amado por su padre (muerto a manos de un mafioso), y Wilson, maltratado por su padre (al que acaba matando) y con su único lugar confortable bajo las alas de su madre, son dos personajes tan opuestos como parecidos, marcados por su amor a la ciudad y su deseo de perpetuarla, pero con dos formas claramente diferenciadas de conseguirlo. Ni en el reciente Batman de Christopher Nolan (trilogía de El Caballero Oscuro, 2005-2012) se había ahondado con tanta clase entre las relaciones entre héroe y villano: la de Fisk y Murdock es la más íntima jamás adaptada del cómic, y se consigue sin que ambos personajes compartan más de veinte minutos de diálogos en una temporada de casi trece horas de duración.

En la segunda temporada, the Punisher tiene como objetivo acabar con la gente que mató a su mujer e hijos, eliminar la chusma que campa a sus anchas por Nueva York. Pero mientras Matt (como buen cristiano) cree en las segundas oportunidades y en la reinserción, el Castigador solo vislumbra la muerte del crimen con la muerte del criminal. En los brillantes tercer y cuarto capítulos de la segunda temporada se desgrana la psique de este maravilloso personaje, que quizás palidece ante el sumo desarrollo de Wilson Fisk, pero es, sin duda, un contrapunto magnífico para nuestro protagonista.

Pol Llongueras

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