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Corría el año 2006 cuando, en una de sus críticas para la revista New York, David Edelstein empleó  la etiqueta torture porn para referirse a Hostel. Un nuevo término quedaba acuñado para englobar un subgénero dentro del terror, caracterizado por recrearse en el sadismo, la tortura y el sufrimiento reiterado de las víctimas de forma pretendidamente explícita. Claro que para cuando se estrenó la cinta de Eli Roth, este estilo cinematográfico ya había entrado con éxito en el circuito comercial gracias al pelotazo de James Wan: Saw.

No había solo tortura, sangre y tripas en Saw, sino una mente maestra tras el telón, con unas motivaciones extrañamente cabales para tratarse de un asesino en serie. John Kramer, un hombre enfermo decidido a dedicar sus últimos días en seleccionar personas que “no aprecian su vida lo suficiente” y someterlas a trampas de las que es prácticamente imposible escapar para apelar a su “hasta entonces desperdiciado” sentido de la supervivencia.

El experimento se convirtió en franquicia, y se ha venido estirando hasta convertirse en la saga más longeva en su género con sus más y sus menos. Saw VI se censuró en nuestro país; con Saw VII se subieron al carro del 3D, y ahora, después de siete años de parón, nos llega la octava pieza del puzle.

Antes de nada, conviene advertir que Saw VIII no funciona como reboot en ningún caso. No es un lavado de cara que reintroduzca la saga a nuevas generaciones (como ocurre por ejemplo con Star Wars: El despertar de la fuerza). Jigsaw (título original) en ningún momento se ha vendido como tal, aunque hay quienes no veían otra posible explicación a un retorno tan tardío. Sin embargo, sí que tiene su razón de ser como continuación: diez años después de la muerte de Puzzle (calculado a tiempo real, pues el inicio de Saw IV nos dejó patente mediante una masterclass de autopsias, que los juegos se habían “acabado”), comienzan a aparecer cuerpos mutilados con claras reminiscencias a los crímenes de Kramer. La labor de la policía será dilucidar quién es el responsable, dado que él está presumiblemente bajo tierra.

A partir de aquí, el guion sigue dos líneas argumentales. La primera de ellas sigue a los jugadores, con sus consiguientes trampas, grabaciones, máscaras de cerdo y muñeco en triciclo incluidos. La segunda, por su parte, es la investigación de estos nuevos casos, perpetrada por una galería de personajes con tan poca alma e interés como la totalidad del libreto, a excepción del maestro de ceremonias encarnado por el estupendo Tobin Bell. La primera subtrama funciona: tiene más o menos garra y creatividad sangrienta, e incluso algún artilugio nuevo que destacar por encima del resto de trampas. Es, a fin de cuentas, lo que esperamos ver los seguidores de Saw cuando nos disponemos a visionar alguna de las películas de la franquicia. La subtrama de la policía, sin embargo (muy comparada con cualquier episodio de CSI o similares), sirve para poco más que desear que llegue pronto el próximo salto de escena al interior de la fábrica de las torturas.

Al César lo que es del César: no es nada fácil llegar hasta aquí después de siete películas. Tenemos muy en cuenta que, además, Jigsaw lleva más entregas muerto que vivo. Esto hace que, para cuando llegamos a la octava cinta, cada vez resulta más imposible lograr giros que nos sorprendan, o sacarse de la manga derroteros argumentales que no caigan en la repetición. Con todo, Michael y Peter Spierig (Daybreakers, Predestination) firman un trabajo que, si bien nos deja un regusto de película que pasa sin pena ni gloria y nos trae a la mente frases como “esto ya no es lo que era”, consigue ser pasable y digerible y que no salgamos del cine rogando que, por favor, paren ya de estirar el chicle.

Dentro del poco margen a la innovación que deja la propia historia a estas alturas, es encomiable la vuelta de tuerca en esta Saw VIII. El “qué” de lo que nos cuentan no es nada que no nos hayan enseñado antes. Pero el “cómo” consigue, literalmente, dar toda la vuelta a la estructura de la película, y lo hace sin que nada se salga de sus engranajes. Ya solo por estas gratas sorpresas (y por la indescriptible sensación que nos recorre el cuerpo cada vez que escuchamos la mítica sintonía de la saga en los compases finales), aún hay esperanza para el legado Saw. A estas alturas, solo quedamos los fans (para nosotros y nadie más está hecha Saw VIII), y solo esperamos que sepan dejar de explotar la gallina de los huevos de oro a tiempo; antes de que incluso a nosotros acabe pareciéndonos una broma de mal gusto.

LO MEJOR:

  • A pesar de no ser la panacea en cuando a novedoso, el giro de guion final que nunca falta en una película de la saga Saw está y funciona como un reloj.
  • Que los jugadores estén directamente relacionados con Jigsaw.
  • John Kramer/Jigsaw.

 LO PEOR:

  • El resto de personajes.
  • Las escenas de la trama policial lastran la sensación global.

 

Aitziber Polo

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