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Crítica de Made in Abyss

«Incluso cientos de años tras su descubrimiento, el espíritu aventurero y las leyendas por descubrir el único lugar del mundo que queda por descubrir ha atraído a miles de personas. Se conoce como el Abismo». Made in Abyss es una de esas obras que no necesita presentación, al menos no más de la que ella misma nos ofrece en sus primeros compases. La obra de Akihito Tsukushi ha dado la vuelta al mundo, conquistando a miles de personas y ganando el título al “Mejor anime de 2017”.

El propio Tsukushi pasó, antes de estrenar su magnum opus, por una de las dudas más grandes que afligen a un autor de fantasía. ¿Qué forma tiene que tener un nuevo mundo? ¿Cómo serán sus habitantes? ¿Atenderán a alguna religión, tendrán una cultura en particular? En Made in Abyss, como su propia introducción nos indica, es el propio Abismo el que responde a todas esas preguntas.

Y es que Made in Abyss es mucho más que una simple obra de fantasía. Es, a priori —especialmente para toda aquella persona ajena aún a su historia—, una producción de tintes infantiles, con una premisa interesante a la vez que simple y una producción acertada. Nada más lejos que eso. Tsukushi y la animación de Kinema Citrus, la que nos atañe hoy, construyen un mundo que va mucho más allá de lo que indican sus propias bases. ¿Cómo conquistó Made in Abyss a todo su público?

Descendiendo a los abismos

La premisa de la obra, per se, no deja de ser algo simple. Una isla perdida en el mar de Beoluska esconde un enorme secreto. Un abismo de longitud desconocida y con un radio de más de un kilómetro que aguarda ser descubierto. El último lugar del mundo, los rincones más recónditos del planeta. Repletos de tesoros de antiguas civilizaciones, conocimientos y misterios. El reclamo de cualquier aventurero.

Pero su historia no nos lleva con el equivalente al próximo rey de los piratas. Tampoco nos pone en la piel de un patán capaz de desarrollar poderes invencibles. No, Made in Abyss rompe el molde del género para abrazar a la demografía seinen y lo hace, para empezar, con sus personajes. Riko, una huérfana exploradora de 12 años es su principal protagonista. La misma sueña con convertirse en una exploradora legendaria, una silbato blanco, como lo fuese su madre —quien lleva una década desaparecida entre las entrañas del Abismo.

Pese a ello sus primeros minutos de metraje nos dejan claro que nada es lo que esperamos. Tras ser atacada por un gran monstruo, con una escena que abandona el clásico recurso shonen, la chica se encuentra con una suerte de robot humanoide llamado Reg. El resto de su historia, en principio, se escribe sola. No es una sorpresa descubrir que ambos serán atraídos por el propio Abismo. Ella tras recibir una carta de su madre en la que afirma esperar en sus entrañas. Él en busca de sus recuerdos perdidos. Una historia que puede pecar de cargar con el enorme peso del cliché y los tropos de un género más que explotado.

Un viaje sin retorno

En Made in Abyss no contamos con Caronte. Tampoco con la Puerta del Infierno. Pero las referencias son claras. Allá donde estuviese Jerusalem se pinta Orth y en vez de tener a Dante descendiendo al mísmisimo Infierno encontramos a dos jóvenes. Dejando de lado las claras referencias que extrae Tsukushi de Dante Alighieri, el autor se atreve a exponer a sus personajes a un viaje de no retorno. Uno del que ellos mismos son conscientes de lo que supone. El abismo, como el Infierno imaginado por el autor italiano, se divide en varias capas, cada una más peligrosa que las anteriores.

Para realizar su descenso los exploradores deben contar con un rango asignado que, de forma ingeniosa, se ve representado por el color de sus silbatos. Esto no solo es así por los problemas a los que se exponen, sino también por la “maldición del abismo”. Una suerte de fuerza que afecta a toda persona que intenta volver de sus entrañas, causando desde el más leve mareo hasta la muerte o la pérdida de la humanidad, pasando por dolores intensos, locura y hemorragias múltiples. La decisión de incluir niños en una aventura de este calibre es mucho más arriesgada de lo que puede parecer.

Con todo, esta misma elección supone un arrebato de seriedad a la obra. La hace mucho más natural, más accesible. ¿Quién puede representar mejor la euforia de realizar un descubrimiento que un niño? Y es que Made in Abyss tiene mucho de Ghibli, de esas escenas de El Viaje de Chihiro que —aunque trágicas— se pintan como algo hermoso. Del paso de Ashitaka, un príncipe maldito, por las tierras verdes de un mundo que se pudre levemente por el paso del hombre. Made in Abyss juega con esa dualidad de forma invertida, dando todo su poder al entorno que les rodea. El Abismo no es lugar para niños.

Explorando la inocencia

Sus compases son, durante la mayor parte del metraje, lentos y pausados. Es, quizás, lo único achacable al título, que acaba sin un cliffhanger que nos haga esperar una nueva temporada. Pero es que Made in Abyss es, siempre y en todo momento, un viaje. El descenso hasta el abismo, ese camino que jamás se podrá volver a recorrer, del que no se podrá volver, tiene que ser lento, tiene que vivirse.

Pese a todo, su lentitud no es algo que se lea en su descenso —que de hecho se resume de forma amplia—, sino en sus acciones. Tanto Tsukushi en la obra original como los integrantes de Kinema Citrus en el anime se aseguran de que el lector pueda acercarse a Reg y Riko. La obra se encuentra repleta de momentos sentimentales, de escenas de superación. Y es que, como su propia historia nos cuenta, «la muerte nos iguala a todos», y sus protagonistas no son una excepción. Su guion se toma los mismos permisos al mostrar la inocencia y el amor que cuando quiere tinta su historia con la desesperación y el dolor.

Pero sus protagonistas no son los únicos que se ven afectados por estas prácticas. La serie cuenta con un elenco de personajes reducidos, por lo que se puede permitir fácilmente el convertirlos en “bombas emocionales”, casi de forma literal. Todos y cada uno de sus actores y actrices cargan sobre ellos el peso de un mundo como el que habitan. Ya sea por la Maldición del Abismo o por la que ellos mismos se imponen, nadie se salva. Maldición o bendición, es el principal atractivo de la obra, el como juega con sus personas, con sus sueños y esperanzas. El cómo lleva al límite a sus personajes. No por la ambición de su autor, sino por la del ser humano en sí mismo. Todo reza en el fondo del Abismo, en lo que esconde y en la capacidad del hombre de regalar su propia vida al ímpetu aventurero.

Las posibilidades de un mundo inhóspito

Made in Abyss, a nivel visual y sonoro se convierte en una declaración de intenciones desde el minuto cero. Su paleta de colores ya brilla de forma intensa en sus primeros segundos y tarda escasos minutos en demostrar el dinamismo de su animación. Pero no es hasta el final del primer capítulo —con una escena original que no aparece en el manga— cuando nos demuestra su verdadero potencial. En esa escena en la que Riko invita a Reg a su ciudad, a compartir su historia es cuando nos declara todo lo que nos quiere mostrar. Con una luz que, poco a poco avanza revelando toda la ciudad para luego lanzar un plano general que magnifica el Abismo por encima de toda la isla. En ese momento, mientras la chica habla con el robot, la serie nos habla a nosotros.

El concepto del Abismo dividido en capas no solo un exponente para su historia, sino que también se aplica en su apartado artístico. Desde los prados de la capa superficial hasta las junglas y mares de las “profundidades”, la obra plantea una serie de ecosistemas completamente diferente, dando rienda suelta a la imaginación. Así Made in Abyss obra con dualidad, convierte lo grotesco en algo natural y lo natural en algo cruel e inhóspito. Bajo estas características se esconde una gran producción que no escatima en medios.

Desde sus juegos de luces y sombras hasta la animación de sus combates, que gozan con un alta sensación de kinestesia. La obra pasa todos sus elementos por el mismo filtro para lograr su juego, consiguiendo así que sus escenarios siempre sean empoderados frente a sus personajes, insistiendo en la idea de tratar un viaje que les supera en todos los sentidos posibles.

A ello se suma el trabajo de Kevin Penkin, el autor de su banda sonora, que cuenta con unas melodías capaces de ajustarse a la situación para apoyar la inmersión del título. Aunque destaca en sus composiciones más melodramáticas, sus trabajos se convierten en uno de los puntos fuertes de la obra. Especialmente temas como In the Blind o Hanezeve Caradhina, una canción especial grabada en colaboración con Takeshi Saito y escrita en una idioma inventado que realza el misticismo general que evoca la obra.

En líneas generales, Made in Abyss se convierte en algo excepcional. Un diseño de personajes único, tanto a nivel argumental como artístico. Una dirección magnífica que explora a la humanidad desde sus puntos más bajos, realzando así la fuerza interior de sus protagonistas y su deseo de seguir adelante. Una obra que tiene mucho del existencialismo de Evangelion, pero que también toma parte del sentimiento aventurero de One Piece y que se atreve a jugar con su inocencia y la crueldad a los mismos niveles que Madoka Magica. No entrará, quizás, al Olimpo de la animación japonesa, pero es indudable que hablamos de una producción que ha dejado huella.

Óscar Martínez

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