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A las malas costumbres cinematográficas que poco a poco se han ido implantando, aquellas que parecen tan comunes entre los espectadores que casi podría hablarse de reglas generales, hay que añadir siempre esas que son tan viejas como la imagen en la gran pantalla: las (grandes) expectativas. Qué sería de nosotros sin la influencia de aquello que nos imaginamos sobre una película y que, generalmente, siempre consigue decepcionarnos y hacer que salgamos del cine con cara de haber visto lo peor que un director podría ofrecernos. En este sentido, LA HABITACIÓN podría ser un magnífico ejemplo de cómo la esperanza que se deposita en un largometraje finalmente tiende a desvanecerse y convertir los buenos propósitos en malos comentarios y palabras malsonantes. Y eso no es únicamente una cuestión que atañe a la cinta en sí, sino que parte también de lo que el público quiso creer y al final no se le ofreció.

 

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LENNY ABRAHAMSON ha concebido LA HABITACIÓN como un espacio cinematográfico en el que sentir una angustia que solo dura el tiempo de una primera parte tan diferente de la segunda que bien habría valido la pena no esforzarse en alargar lo inevitable: la catástrofe narrativa que convierte a la historia en un telefilme más propio de una tarde dominical que de una entrega de premios de gran envergadura como la que se nos viene encima. No se puede negar que sí resulta inteligente concebir la trama en dos fracciones totalmente opuestas. Sin embargo, y a riesgo de pisotear las intenciones primarias de la película, la batalla entre una y otra no hace más que desvirtuar a la segunda mitad en favor de la primera. Tan milimetrada está la división entre ambas que la trama parece quedar en un plano secundario solo por el simple hecho de convertir en una cuestión matemática un argumento que pierde fuerza según avanzan los minutos.

Precisamente por ello, LA HABITACIÓN supone un experimento que, si bien podría haberse convertido en ese largometraje que tanto lleva esperando la gran pantalla, tropieza con su propia ambición en el momento en el que pretende convertirse en una cinta lacrimógena en busca de la sensiblería que se supone ha de tener el espectador. Ese es su gran error: la certeza de que el público necesita elementos totalmente insignificantes y vacíos para conectar con la historia. La conversión de una premisa tan interesante como podría haber sido esta se transforma en tan solo diez minutos en esa película que provoca en muchos un cambio de canal casi automático. Aquí, lo aterrador e impactante de la primera parte choca de tal manera con lo frívolo y lo presuntuoso de la segunda que uno no puede más que agradecer una hora inicial tan magnífica como la que presenta LA HABITACIÓN.

 

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En realidad, si hay algo que agradecerle a LA HABITACIÓN no es el reflejo del drama que supone un cautiverio tan traumático, ni tampoco el derroche de imaginación y ternura de una madre obligada a serlo, ni siquiera la fuerza del diálogo en ocasiones bastante más puntuales de lo que cabría esperar. Lo que el espectador agradecerá infinitamente a esta película es la combinación de talentos de BRIE LARSON y JACOB TREMBLAY. La primera parece haber alcanzado las estrellas con tanta nominación y tanto reconocimiento bien merecido por una interpretación que, si bien no helará la sangre en casi ningún momento, sí será capaz de evitar el parpadeo del público. Sin embargo, lo que TREMBLAY provoca es que no haya que quedarse únicamente con la fascinación que produce un niño con una capacidad de la que pocos adultos pueden presumir, algo por lo que muchos se verán cegados, lo que sin duda provocará el arrepentimiento de aquellos que no lograron mantener la vista fija en un joven cuya capacidad interpretativa sí consigue despertar hasta los corazones más escépticos.

LA HABITACIÓN hará que algunos disfruten como si se tratase de lo mejor que han visto en mucho tiempo, pero pasará de largo y no será esa gran obra maestra en la que algunos querrán convertirla. Su ambición es tan grande que, aun queriendo destacar esa apariencia de película pequeña y minimalista, se transforma en un juego de errores únicamente fruto de la codicia narrativa y de la mala gestión del tiempo de la trama. No obstante, aun con esos tropiezos monumentales, LA HABITACIÓN sí merece la pena aunque sea por el hecho de disfrutar de esas interpretaciones que pocas veces tenemos la suerte de encontrar en el cine y que, en muchos sentidos, se obvian cuando se tienen delante.

 

 

LO MEJOR:

  • La primera parte es la historia en sí misma, lo que realmente debería ser.
  • Las interpretaciones protagonistas.
  • La originalidad de algunas líneas de guion compensan la parte más absurda de la trama.

LO PEOR:

  • La segunda parte es más digna de un telefilme que de una película como esta.
  • Los cabos sueltos que tachan de inverosímil la cuestión.
  • El modo de cerrar la historia.

 

 

Sheyla López

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