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En Israel no existe el matrimonio civil. No existe por tanto el divorcio civil. Todas las cuestiones relacionadas con las separaciones, pensiones, custodias…, deberán pasar por las Cortes Religiosas Judías: los tribunales rabínicos. GETT pone en evidencia las consecuencias de vivir en un estado confesional.

Si además esa confesionalidad es de una religión monoteísta, las víctimas serán, como siempre y sin excepción, las mujeres. La conquista de los derechos en occidente se ha forjado, principalmente, en una lucha frente a la religión (y su indesligable discriminación sexual), su principal campo de batalla, causante (junto con el nacionalismo) de las mayores matanzas y barbaridades que ha conocido la humanidad. Sorprende, por tanto, descubrir que uno de los bastiones de la democracia occidental en Oriente, Israel, sólo es tal en apariencia. Sus leyes están determinadas en muchos aspectos por la tradición religiosa judía. Una tradición basada en la ley Talmud que otorga al hombre la propiedad de su pareja (porque será así independientemente de si esa unión fue judía o no). Una ley que no considera causa de separación que el hombre apalee a su mujer, pero sí que éste tenga mal aliento. Una ley que nunca podrá imponerse a un hombre que no quiera entregar la libertad a su mujer, considerada una propiedad a la que nadie le puede obligar a renunciar. El ansiado documento de “emancipación” (asimilándolo al acto que devolvía la libertad a los esclavos romanos) se denomina Get en Israel y la película nos mostrará el calvario de más de cinco años que deberá pasar una mujer para conseguirlo.

 

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Viviane Amsalem, interpretada por la propia directora de la película, RONIT ELKABETZ, es una agunot, una “mujer anclada”, un numeroso colectivo de Israel que no logra el divorcio de forma oficial. Muchas, ante la desesperación, acaban pagando a sus maridos para que firmen o renunciando a sus derechos de separación. Si el marido no quiere concederlo, o ha abandonado a su esposa, o simplemente esté impedido para firmar, el divorcio es imposible.

La película nos muestra, de una forma casi nihilista, la impotencia, desesperación, humillación, por la que debe pasar cualquier mujer para hacer efectivo un derecho básico individual que desde nuestra perspectiva occidental nos llena de incredulidad y, por supuesto, de indignación. ¿Es posible que esto esté pasando en Israel? Es posible bajo el prisma de un Estado que se constituye en base a una religión y que parece tener una deuda permanente con ella: cada vez que algún partido progresista presenta una ley de unión civil, las grandes coaliciones se alinean con el integrismo religioso (aquellos que imponen su verdad sobre los demás) para mantener una situación inaceptable.

 

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Los hermanos ELKABETZ culminan, con esta película, una trilogía (tras TO TAKE A WIFE, 2004, y LOS SIETE DÍAS, 2008) que pretende ofrecernos una realidad, muy diferente a la esperada, de la vida en Israel. Una realidad acallada por el protagonismo de su eterna lucha por sobrevivir frente a otras culturas. Su alegato de occidentalización, tan utilizado desde Estados Unidos, pierde peso ante un análisis que le aproxima más a sus enemigos que a sus incuestionables defensores. Y no se trata de un “tema de mujeres”, ni de una cuestión cultural (que nos suele dar tanta tranquilidad de conciencia para cerrar los ojos), se trata de la más básica aplicación de los derechos humanos.

Los directores no nos van hablar de esta injusticia, que dan por asumida, nos van a hablar de las personas que las padecen y los verdugos que las ejecutan. La complejidad del mensaje se multiplica al no recurrir a la denuncia fácil sino introduciéndonos en cada uno de los personajes con un realismo que se basa en el sentimiento y la emoción y que consigue situar al espectador en la misma sala de juicios. Para ello liberan la imagen de adornos, toda la película transcurre en la sala de espera y en el tribunal donde se desarrolla la demanda de divorcio. Unas salas frías, blancas y funcionales, sin apenas muebles ni detalles, cuyas ventanas no dejan ver el exterior (que sólo adivinamos con el desenlace). De este modo potencian la presencia de los actores hasta tal punto que se apoderan de la pantalla con una fuerza reveladora. Pero no se trata de un protagonismo teatral, sólo el cine y su juego de composición puede conseguir semejante intensidad a través de la desnudez de la imagen. El lenguaje cinematográfico se pone al servicio del mensaje, sin concesiones, evidenciando la maestría de una impecable dirección.

 

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La lengua hebrea, la marcada gestualidad de una cultura que se expresa tanto con la palabra como con la forma, potencian cada una de las intervenciones de los actores. Es ahí donde radica la verdadera fuerza de la película: en la fluidez de un guión que muestra, casi de forma imperceptible, la profundidad de los conflictos cotidianos, las realidades que se esconden bajo las falsas apariencias. El dramatismo más próximo, el más sutil y reconocible, el que está cargado de nuestra propia vida, llega mucho más lejos en nuestra conciencia si se sabe exponer con la sencillez que se requiere para mostrar la complejidad que llega a alcanzar. Porque en realidad es así como es la vida: pequeños actos llenos de infinitos significados. En la sala de juicios irán desfilando testigos que cartografían una sociedad que se desnuda en el detalle: comprendemos, pero no podemos aceptar. El sentido del humor, las tragedias, las inseguridades, expuestas con pinceladas de talento que no se desgastan en palabras. Una obra maestra arriesgada que debe en gran parte su éxito al talento de las interpretaciones. Por encima de todos destaca la propia RONIT ELKABETZ (Viviane), cuyos movimientos se transforman en lírica gestual alcanzando una expresividad casi dolorosa. La naturalidad de cada detalle (como la bolsa de plástico en que lleva sus papeles el rabino representante y hermano del marido, interpretado por un magnífico SHIMON SASSON GABAY) dan a entender una simplicidad minuciosamente elaborada.

 

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En una escena de la película en la que la angustia, la desesperación, la ira, dan paso a una impotencia dolorosa, Viviane cierra los ojos buscando una paz interior que la aísle del mundo, ese mundo que la golpea, la arrincona y la anula. La busca a través del contacto de sus manos que van liberando su cabello en un deseo de eliminar la opresión. Su postura, armada a lo largo de toda una vida de complacencia, se descompone, se libera en una sensualidad reprimida que no es más que el reencuentro con su propio ser. Pero cuando Viviane abre los ojos, descubre el efecto de su liberación en un auditorio masculino que sólo puede ver en la libertad de la mujer una amenaza a su propia decencia. Rápidamente se esgrime esa máxima universal que revierte la indecencia masculina en la necesidad de esconder la esencia femenina, ya sea con velos, con burkas y, más próximo a nosotros, con el control del largo de una falda o de lo pronunciado de un escote. En resumen, la anulación del “otro” por la incapacidad de control de “uno”, clave de la demonización de lo femenino. La mujer reducida al “objeto bello” para el consumo exclusivo y privativo del que hasta ahora se ha considerado el “auténtico” propietario de su belleza, el hombre, no lo disfracemos de Dios. Por unos instantes, y como acto único, Viviane recupera la propiedad de su cuerpo y con ella de su vida. Esta es la clave de la auténtica liberación femenina y desde ese momento no hay degradación posible. La única degradación pasará a estar donde siempre debió estar, en el que mira.

 

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GETT: EL DIVORCIO DE VIVIANE AMSALEM es una obra sin ostentaciones, sin efectismos distorsionadores, donde el lenguaje cinematográfico debe recurrir a todo un campo expresivo que sea capaz de comunicar sin que seamos conscientes de los mecanismos, tal y como ocurre en la vida. Sólo nos queda la esperanza de que, al final, como en la vida misma, las promesas robadas tengan el valor de papel mojado.

 

LO MEJOR:

  • La seguridad y osadía con la que sus directores afrontan un proyecto arriesgado a base de talento, interpretaciones brillantes y creatividad. Un cine desnudo que luce en todo su esplendor.
  • El descubrimiento de una realidad escondida de la sociedad israelí que confirma la necesidad del cine como vehículo de denuncia y como medio de información.
  • La denuncia sobre la situación de la mujer, extensible a prácticamente todas las sociedad, que debe perder la resignación y naturalidad con la que la aceptamos como inevitable.

LO PEOR:

  • No hay nada reseñable.

 

 

Marina Calvo

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