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Que la realidad supera a la ficción es un dicho tan manido que, cuando se encuentra un ejemplo claro de ello, la primera reacción resulta instintiva e, inmediatamente, se mira con recelo a aquello que hay frente a nuestros ojos. Estamos de sobra acostumbrados a que, al inicio de una película, aparezca en enormes y gruesas letras que la historia en la que vamos a vernos inmersos está basada en hechos reales. Es casi una advertencia. Pase lo que pase, esa trama tiene un trasfondo que parte de algo que realmente ha ocurrido. Y de ahí ya no podemos escapar. Cierto es que es en las películas de terror cuando la intención de provocar es mayor. Si vemos que una historia de amor empalagosa está basada en algo que pasó en el pasado, lo único que puede causar en el espectador es una carcajada de vergüenza ajena. Pero hay otros casos mucho más concretos en los que la trama que se va a desarrollar en una cinta sí puede llegar a asustar, y no precisamente por algún tipo de aparición espectral que venga a aterrorizar a un grupo de adolescentes encerrados en una cabaña.

 

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EL CLAN podría tratarse, sin duda, de un gran ejemplo de esas historias que parecen sacadas de un guion fantástico, que se alejan demasiado de la coherencia que se supone hay en un mundo real. Pero, evidentemente, esto no es así. Por ello, PABLO TRAPERO dirige lo que podría parecer una leyenda para asustar a aquellos que se hayan planteado en algún momento dedicar sus esfuerzos a la extorsión y el secuestro. Muy digno, claro. La familia que forma este clan es normal, sin ánimo de buscar otro apelativo mucho más convincente. Sus objetivos, su convivencia, su manera de llevar la vida no se escapa de la estricta normalidad y de la tranquilidad que proporciona parecer lo que todos se supone que parecemos: personas corrientes. Sin embargo, en la Argentina de principios de los años ochenta, la familia Puccio se ocupaba de secuestrar, torturar y asesinar para ganarse la vida, cada miembro sabía perfectamente de dónde venían los gritos y los lamentos que se escuchaban en mitad de la noche y todos participaban de algún modo en tan despreciable asunto.

EL CLAN es la demostración de que puede hacerse un cine sucio, lleno de ruido y desenfoque en todos los sentidos posibles y lograr que prácticamente cada secuencia resulte trepidante y enormemente digna, sin dejar escapar en ningún momento la atención del público. Si usted, ávido espectador, pestañea más de la cuenta mientras visiona esta película, probablemente se habrá perdido un hecho importante y se arrepentirá hasta que aparezcan los títulos de crédito. Porque realmente TRAPERO hace de la velocidad de la acción una de las características más destacadas que se pueden encontrar en esta cinta. El tono político en el que este largometraje se ve enfrascado no busca despistar en ningún momento, no hay una clara intención de hacer de EL CLAN una crítica directa a una de las grandes atrocidades ocurridas en el siglo pasado. Sin embargo, sí surge la fuerza del malestar a través del ejemplo de los Puccio. Porque ellos fueron solo uno de los grupos dedicados a llevar a cabo tales atrocidades durante uno de los periodos más negros de la historia argentina.

 

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El centro del universo Puccio es un padre cuya frialdad hiela la sangre y que, a pesar de las circunstancias que permite que envuelvan a su familia, actuaba como un progenitor ejemplar y del que nadie podría sacar ningún tipo de defecto. En EL CLAN, GUILLERMO FRANCELLA es quien da vida de forma magistral a este despiadado cabeza de familia, convirtiendo al personaje principal de esta inusual historia en un ejemplo de criminal que evita serlo, de jefe de una banda mafiosa que no pretende en ningún momento definirse como tal. Su compenetración con la notable interpretación de PETER LANZANI, quien se pone en la piel del hijo con más éxito y con un futuro más próspero, es lo que sostiene el peso total de una trama que, en ciertos momentos, provoca un vuelco en el estómago, a pesar de los tropiezos narrativos que no parecen haber pasado por la intención del disimulo.

Las intenciones de TRAPERO están bien definidas desde el principio. No busca turbar la tranquilidad cinematográfica del espectador si este no lo quiere así, ni siquiera su objetivo principal es criticar de forma completamente directa un hecho pasado. El propósito es mostrar una realidad que azotó completamente a un país de la forma más cercana posible, con varios elementos que hacen que quien clava sus ojos en la gran pantalla no sea capaz de despistarse en ningún momento. Porque la familia Puccio es muchas cosas, la mayoría de ellas despreciables, pero en EL CLAN, sobre todo, es hipnótica.

 

 

LO MEJOR:

  • La lección histórica a la que se somete al espectador.
  • Lo trepidante que resulta la acción.
  • La interpretación de FRANCELLA. Si se le mira fijamente a los ojos, es posible que se empiece a notar frío.
  • La banda sonora.

LO PEOR:

  • Los fallos narrativos hacen que no se trate de una película redonda.
  • En cierto sentido, se olvida de todo lo que rodea a esta familia, sacándola de contexto.

 

 

Sheyla López

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