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En 1976, SYLVESTER STALLONE realizó una proeza que antes solo habían conseguido WOODY ALLEN y ORSON WELLES: estar nominado a la vez por el mejor guion original y por la mejor actuación en los premios Oscar. No vamos a iniciar el debate de si sendas nominaciones fueron merecidas, ni de si la victoria de ROCKY como mejor película por encima de TAXI DRIVER fue la entrega de premios más injusta del año. Esto se lo dejamos a ustedes. Pero señalaremos solo los hechos: STALLONE, aunque duela verle con esa expresión congelada tras años y años de bótox y ese cuello que parece la M-30 un día de mucho tráfico, es un autor. STALLONE escribió sobre lo que sabía. Sobre sueños realizados, sobre honor, sobre esfuerzo. Y lo más importante: sobre batallas que simplemente no se pueden ganar.

 

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El tema de los confrontamientos físicos es que unas veces se ganan y otras se pierden. Pero ROCKY (pese a la épica que AVIDSEN imprime en los combates) le restaba importancia a la confrontación física y enaltecía otra lucha: la lucha contra uno mismo, la autorrealización. La lucha del Potro Italiano es la lucha por superarse, por ser mejor, por aprovechar las oportunidades. Porque los chicos de barrio también desean o, mejor dicho, merecen su oportunidad, aunque sea una batalla perdida y todo el esfuerzo al final sea en balde. ROCKY siempre ha estado allí para recordarnos que luchar por causas perdidas es más gratificante a nivel personal que luchar siendo el claro vencedor. La gran lección es que sí, la perseverancia da sus frutos, pero no en la forma en la que nos los esperamos. Rocky pierde su combate contra Apollo, pero durante el periplo hasta la confrontación ha arreglado su vida entera. Y ese era el viaje que merecía la pena.

Con la misma perseverancia que Rocky, RYAN COOGLER ha conseguido sacar adelante su proyecto, esta secuela/spin-off de la mítica saga pugilística, con el beneplácito y la participación del propio STALLONE. Y lo ha entendido todo a la perfección: el espíritu de Rocky vive en cada uno de sus fotogramas. Porque CREED es por momentos hasta metacinematográfica. Ese Rocky fuera del ring, esas batallas que no se pueden ganar, esa ciudad de Filadelfia (espejo de América) que venera al otrora campeón, esa nueva generación que llega con pies de plomo a crear su propia mitología. COOGLER, repetimos, lo ha entendido todo. Dirige vibrantes escenas de combate, e incluso se atreve a rodar un par de ellas en plano-secuencia, con deleite en la planificación y el comprometido trabajo físico y actoral de sus intérpretes, y nos entrega un par de los montajes de entrenamiento característicos. Por desgracia, defallece en secuencias dramáticas donde su cámara ya no es que no resulte memorable, sino que se olvida fácilmente al completo.

 

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Pero el gran triunfo de CREED es que, donde no llegan sus planos, llega su guion. COOGLER y AARON COVINGTON presionan con maestría las teclas dramáticas, revitalizando la fórmula que parecía agotada y atacando con la nostalgia y el respeto que merece la saga (en un movimiento similar al de STAR WARS VII: EL DESPERTAR DE LA FUERZA). El mundo de Rocky y Apollo se abre a la generación millennial y posmillennial sin dejar de lado a sus más fieles seguidores. Sí, señores: el boxeo de los setenta ha vuelto al cine. ¡Y de qué manera!

LO MEJOR:

  • La actuación de STALLONE es, sin lugar a dudas, la mejor de su carrera. Se merienda a JORDAN cada vez que comparten plano.
  • Quizás no suficiente para el Oscar.
  • La urgencia que imprime COOGLER en las secuencias de combate.
  • La nostalgia y respeto ante la saga.

LO PEOR:

  • La descompensación en la dirección. COOGLER brilla en los combates y desfallece en el drama.

 

 

Pol Llongueras

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