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Colin Firth - El Palomitron

Según una fotografía que circulaba recientemente por redes (y que media redacción ya tenemos enmarcada y colgada en la habitación), Benedict Cumberbatch, Ian McKellen, Gary Oldman y Colin Firth compartiendo espacio son, probablemente, lo más británico que nos podamos echar a la cara. Y estamos de acuerdo.

De la misma forma, esperamos que vosotros también estéis de acuerdo en que, de los cuatro brillantísimos actores citados, hay uno que resalta sobre los demás cuando pensamos en “el típico caballero británico”. Uno que rezuma esa típica (y atractiva) elegancia british que, acompañada de un delicado toque de humor y ese acento tan especial, nos hace querer tomar con él el té de las five o’clock. A las féminas, por otra parte, nos hace querer tomar té con él a las five o’clock y a la hora que haga falta, pero esa es otra historia.

Este caballero británico del que hablamos (quien, curiosamente, considera “no tener raíces” debido a la mezcla de nacionalidades con las que se ha criado) estrena este año en nuestro país dos cintas: Genius, la biografía del editor Max Perkins, responsable de supervisar obras de Scott Fitzgerald o Hemingway, y Bridget Jones’ Baby, tercera parte de la saga de la (ya no tan) solterona treintañera basada en las novelas homónimas de Helen Fielding que encandilaron en su día a las mujeres de medio mundo, aunque esta última cinta se aleja del argumento del tercer libro.

Si tenemos en cuenta que el estreno de la ya citada Bridget Jones’ baby está fijado para el próximo 16 de septiembre… ¿Entendéis ahora por qué es el momento perfecto para hablaros de Colin Firth? Aunque, sí, tenéis razón en lo que estáis pensando: siempre es buen momento para ello.

El jovencito Colin Firth

colin-firth-valmont-el-palomitronA principios de los 80, mientras por aquí nos dedicábamos a comprar los primeros Seat Ibiza, un jovencito Firth empezaba a hacer sus pinitos en televisión (¡y con papeles protagónicos!) con cintas de lo más variopintas. Algunas, como la TV movie de época (Firth ya apuntaba maneras luciendo vestiduras) y toques románticos Camille, no pasarán a la historia por su valía (aunque sí habrían servido para rellenar la parrilla vespertina de los fines de semana de alguna que otra cadena). Otras, como Dutch Girls, no llegaron (ni llegarán) a nuestro país, pero seguro valieron la pena solo por verlo en el papel de un adolescente jugador de hockey con más ganas de sexo que de deporte (deporte propiamente dicho, queremos decir).

Pero, por suerte, hay algunos títulos con los que crítica y público pudieron vislumbrar que aquel jovencito de buen parecer (que años más tarde declararía que siempre había querido crecer porque estaba seguro de que su rostro mejoraría con arrugas) tenía bastante que aportar al panorama cinéfilo en general y, por aquel entonces, al británico en particular. Así, podemos destacar la arriesgada Otro país, coprotagonizada junto a otro de los grandes iconos británicos de la época (ahora bastante desaparecido, por cierto) Rupert Everett, en la que ambos bordaban sus papeles de repudiados por la sociedad a pesar de su alto estatus: Firth era marxista y Everett, homosexual; o la TV movie para BBC (cadena que, años después, le otorgaría notable fama) Tumbledown, basada en la historia real del oficial del ejército británico Robert Lawrence, quien cuenta sus experiencias después de haber quedado con parte del rostro paralizado tras su participación en la guerra de Las Malvinas. Si bien la producción recibió críticas dispares debido, sobre todo, a la controversia que suscitó por reflejar la indiferencia que la sociedad mostró en su día a los que volvieron de combatir, también es cierto que reportó a Firth su primera nominación a los BAFTA (y otras ocho más a la producción en su conjunto), y por eso (y más si os van este tipo de producciones bélicas) vale la pena tenerla en cuenta.

Un año después, de la mano del mismo director de Amadeus (sí, esa cinta sobre cuyo Oscar todos hemos discutido alguna vez) y de Alguien voló sobre el nido del cuco (Milos Forman), Colin se enfundó su traje de vizconde para protagonizar junto a Annette Bening la cinta Valmont, basada en la novela Las amistades peligrosas. Y peligroso resultó el experimento: justo un año antes se había estrenado otra adaptación de la misma novela protagonizada por Glenn Close y John Malkovich, más visceral y arrebatadora, que se quedó para sí todos los halagos. Poquito quedó para Valmont, aunque, al menos, las críticas le otorgaban el aprobado tanto a Firth como a la cinta en sí. Y nosotros también: no era tan pasional, pero en su guion había colaborado Jean-Claude Carrière, también guionista de Luis Buñuel, y ese toque de humor que la diferencia de la primera adaptación nos convence. El dato curioso es que años después, en 2003, no contentos con dos cintas sobre la misma novela, el que hubiera sido compañero de éxito (según las malas lenguas, no tanto) de Firth en los 80, Rupert Everett, volvía a protagonizar una película basada en la misma historia. Para televisión, claro.

La tribu de los Darcy

colin-firth-bridget-jones-el-palomitron-2Seis años y varias películas con más pena que gloria después (véase Playmaker, thriller sin sentido que él mismo considera basura), llegaba el momento que él y los románticos de medio mundo estábamos esperando, pero aún no lo sabíamos: BBC le fichaba como actor protagonista de la brillante adaptación televisiva de una de las obras insignia de Jane Austen, Orgullo y prejuicio. La miniserie, de seis episodios, acumuló numerosas nominaciones y premios allá por donde pasó tanto por sus actores como por su fidelidad al libro. Y no: la escena del señor Darcy saliendo del lago con la camisa mojada no se representa en la obra de Austen, pero sirvió (como toda la serie) para que la Bridget Jones literaria estropeara su cinta de vídeo rebobinando una y otra vez y para que medio mundo conociera (y quisiera) al señor Fitzwilliam Darcy y encumbrara al actor que lo interpretaba, Colin Firth.

Y, casualidades del destino, para el público que no lo conociera (pensemos que la miniserie fue muy aclamada en el Reino Unido, pero por aquel entonces no había tantas cadenas de cable que pudieran moverla de país en país), precisamente sería otro Darcy (el apellido no es casualidad) el que acabara de darle a Firth reconocimiento mundial y lo pusiera en el punto de mira de la comedia romántica, con el consecuente peligro de encasillamiento que ello conlleva: Mark Darcy, el amor de Bridget Jones y para cuya encarnación en la gran pantalla la propia Fielding (guionista de la cinta) requirió a Colin Firth. Lo que habríamos hecho todos, vaya. Nominaciones a diferentes galardones, jerséis de reno, sopas azules y declaraciones de amor que nos gustan tal y como son iniciaron el despegue de la carrera de Firth en el género romántico. Así, nos encontramos con (muy normalitos) títulos de comedia romántica como La encontré en Hope Springs, Marido por sorpresa o Cuando ella me encontró; otros con más éxito de taquilla y que valen la pena por ver a Colin cantar y bailar (Mamma mia!) o porque la química con Emma Stone, un guion de Woody Allen y una deslumbrante fotografía siempre son un buen plan de cualquier día por la tarde (Magia a la luz de la luna); y la secuela de El diario de Bridget Jones (Bridget Jones: Sobreviviré, que no funcionó tan bien como la primera, pero nosotros creemos que tiene gags que valen tanto la pena como los de su predecesora). Pero hay una cinta que destaca de entre las demás y que sirvió para dos cosas: la primera, dejar constancia de que Richard Curtis era más que un buen guionista de cine romántico y tenía perfectamente tablas para ponerse a la dirección; la segunda, para darnos una cinta coral espléndida que se ha convertido en visionado obligado cada Navidad para todo romántico empedernido que se precie… y para el que le toque hacerle compañía. Por supuesto, hablamos de Love actually. Love actually y Andrew Lincoln con un cartel que a más de uno nos gustaría leer en nuestra puerta. Love actually y una Emma Thompson demostrando un coraje infinito. Love actually y un Hugh Grant desatado como un primer ministro que ya quisiéramos nosotros (y más ahora, que ni siquiera tenemos Gobierno, claro). Love actually y, cómo no, un Colin Firth aprendiendo portugués por amor y dejando al público enamorado y entregado al conjunto de la cinta en sí (aunque a lo del idioma él ya estaba acostumbrado: tuvo que hacer lo propio con su actual esposa, cambiando el portugués por el italiano).

Buen secundario, mejor protagonista

colin-firth-single-man-el-palomitronLejos de encasillarse en papeles de galán británico (por mucho que nos guste verlo así), a Firth le fueron lloviendo, a raíz de su éxito con Orgullo y prejuicio, papeles tanto protagonistas como secundarios en películas de notable éxito y para todos los gustos, pero no por ello vamos a dejar de recomendároslas. Así, lo pudimos ver en un papel secundario de marido traicionado en la oscarizada El paciente inglés y en la también galardonada (para muchos, por sorpresa) Shakespeare in love como el siempre refinado (pero poco afortunado) villano Lord Wessex. En ambos personajes, Firth, contrario al esquema al que nos tenía acostumbrados, ejerce de antagonista, demostrando, aun en un plano secundario, que no le hace falta “quedarse a la chica” para despuntar en un reparto de tintes románticos.

También romántico, de temática alejada a las anteriores cintas y con una jovencísima Scarlett Johansson en el que fue su segundo gran papel en 2003 tras Lost in translation, el británico se puso en la piel del pintor Johannes Vermeer para retratar, en ocasiones solo con las miradas entre ambos (y con una cuidadísima fotografía, que en solo cinco minutos deja ver por qué tiene una nominación al Oscar), el posible romance que dio lugar al célebre cuadro del holandés, La joven de la perla. Aunque fue una cinta con una acogida de crítica bastante notable, no ha gozado del mismo reconocimiento entre el público y, para muchos, ha pasado desapercibida. Ocurre lo mismo con la independiente Un hombre soltero, ópera prima de Tom Ford por la que Colin Firth obtuvo su primera nominación al Oscar (Jeff Bridges y su Corazón rebelde se llevaron la estatuilla a casa) gracias a su personaje de profesor homosexual. Espléndido, sorprendente y con el mismo look con gafas de pasta que lleva en la actualidad, Firth se come la cinta de principio a fin y es el principal responsable de la descorazonadora sensación que sentimos al acabar la cinta. Eso sí: nada que reprochar, tampoco, ni a Nicholas Hoult ni a Julianne Moore.

Menos mal que para quitarnos el mal sabor de boca de un Oscar merecido, pero no conseguido, llegó El discurso del rey, y Jorge VI dejó de tartamudear (Fuck, fuck, fuck!) ante la Academia. El mundo entero fue consciente al fin (si es que realmente quedaba alguien sin hacerlo) del talento de Colin Firth. Y si no, siempre les quedaba la adaptación del best seller de John LeCarré, El topo (junto a otros perfectos ejemplos de lo británico, Oldman y Cumberbatch) para acabar de darse cuenta.

La elegancia es lo último que se pierde

colin-firth-kingsman-el-palomitronSi bien nuestro británico es conocido por hacer, principalmente, cine comercial (o, al menos, cine que tenemos a nuestro alcance más o menos fácil), lo cierto es que su incursión en lo independiente con Un hombre soltero no fue la única, aunque quizá sí la más exitosa. Así, tenemos dos colaboraciones con Atom Egoyan en Where the truth lies y Devil’s knot, ambas con poca distribución y, sobre todo la segunda, con una sinopsis mucho más prometedora de lo que luego finalmente encontramos: un guion débil y no demasiado bien construido que ni su inicio bien cocinado, ni la pareja formada por Firth y Whiterspoon consiguen salvar. Poco después, tras fracasar en el intento de lograr junto a Cameron Diaz algo más que endosar cuadros robados (por ejemplo, ¿buena recaudación?) en Gambit, el actor volvió a incurrir en el cine independiente con Arthur Newman, una comedia dramática sobre cambio de identidades que protagonizó junto a Emily Blunt y que ni siquiera llegó a nuestro país.

Menos mal que entre tanto “quiero y no puedo” nos llegó Una familia con clase que, aun no teniendo nada que ver con su título original (Easy virtue) y siendo muy sencilla, resultó ser una comedia extrañamente convincente, con un guion de humor muy refinado y, valga la redundancia (vamos a suponer que por eso le pusieron ese nombre), con clase. No descartamos que haya sido de lo mejor que ha hecho la no muy afortunada Jessica Biel… Se trata, además, de una de las dos colaboraciones en menos de un año de Ben Barnes y Colin Firth. No es un hecho notable, pero nos viene de perlas para nombrar El retrato de Dorian Gray que, si bien tampoco lo fue, sobre todo porque iba mucho más por libre de lo que al público y a Oscar Wilde le habría gustado, nadie nos puede negar que Firth de Lord (¡cómo le gusta a él hacer de Lord!) Henry Wotton y esa perversión que le caracterizaba tenía un puntazo…

Como puntazo tiene también la violenta y excelsa escena de la iglesia de Kingsman: Servicio secreto, una de las últimas cintas del galán británico y, si nos permitís el atrevimiento, de las que más orgulloso puede sentirse recientemente. Porque, intuimos, no debe de ser nada fácil repartir golpetazos a diestro y siniestro (algo no muy usual en los filmes en los que había participado hasta el momento) con sangre por doquier sin perder ni un ápice de elegancia. ¿No creéis?

colin-firth-el-palomitron-2Ahora, apenas dos años después de uno de sus papeles más diferentes y entretenidos a la vez, Colin Firth vuelve a nuestras pantallas para encarnar de nuevo a Mark Darcy en Bridget Jones’ baby. Si habéis llegado hasta este párrafo, no hace falta que os digamos las ganas que le tenemos a la cinta. Y, por supuesto, no hace falta que os digamos que todos los halagos y premios habidos y por haber son pocos (¡prácticamente ínfimos!) al lado del infinito y, esperemos, inagotable talento del eterno caballero Colin Firth. 

Silvia Martínez

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