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Corría el año 1988 cuando Giuseppe Tornatore, un director italiano ligado a la fotografía, el cine documental y a la televisión italiana (RAI), presentaba al mundo Cinema paradiso, el mayor homenaje al cine que probablemente jamás se haya rodado. Tornatore que se había hecho con el Premio Nastro D’Argento (Silver Ribbon) otorgado por el Sindicato Nacional de Periodistas Cinematográficos Italianos a Mejor director novel gracias a El profesor (1986), irrumpió en el Festival de Cannes con Cinema paradiso enamorando a crítica y público con esta nostálgica oda a la inocencia de la infancia y el cine. El Gran Premio Especial del Jurado en Cannes sólo fue el principio de una larga trayectoria de premios y aplausos que la cinta del director siciliano cosechó y levantó a su paso. Concebida inicialmente en un montaje de 153 minutos, su escaso éxito en Italia  obligó a acortar su metraje a los 123 minutos que conforman la edición que fue distribuida finalmente en todo el mundo, Cinema paradiso es una tierna declaración de amor al séptimo arte que con el paso de los años funciona como una extraordinaria bomba de nostalgia que sigue atrapando (y enamorando) sin remedio al espectador, incapaz de evitar vivir, sentir y compartir la historia de Salvatore.

Pese a haber seguido rodando y dirigiendo a actores consagrados (Marcelo Mastroianni, Gérard Depardieu o Tim Roth han estado a sus órdenes, entre otros), el director siciliano no ha vuelto a repetir el éxito cosechado por Cinema paradiso. En nuestro país Malena (2000) es la película más recordada por el público, que recientemente se ha reencontrado con él gracias a La mejor oferta (2013), un filme muy inteligente y recomendable que pese a contar con el favor del público ha dividido a la crítica.

Con toques autobiográficos, Tornatore propone con Cinema paradiso un viaje a la inocencia con una carga emocional tan fuerte y una declaración ciega al cine tan potente, que resulta muy complicado para cualquier cinéfilo emitir un juicio de valor contenido y dictado por la sensatez de la objetividad. Una obra maestra de obligado visionado para todos los públicos que se erige de manera atemporal como una formidable defensa del cine (y ahora más que nunca) como instrumento de entretenimiento y como necesario vehículo de expresión, punto de encuentro y fiel reflejo de la sociedad.

La trama

Dividida en tres partes claramente diferenciadas, Cinema paradiso nos presenta a Salvatore, un cineasta italiano de renombre, que recibe la noticia de la muerte de Alfredo, un amigo de su infancia y su juventud que le descubrió la magia del cine y le impregnó su amor por el séptimo arte. A través de dos largos flashbacks Salvatore rememora su infancia y juventud en un pequeño pueblo italiano. En el primer flashback Tornatore nos presenta a Salvatore (Totó), un niño de seis años que junto a su hermana viven con su madre, una mujer que ha visto partir a su marido al frente y no pierde la esperanza en su regreso. Poco a poco Totó caerá fascinado por el embrujo del cine  y tratará por todos los medios que Alfredo (el proyector) le haga un hueco en su cabina para mostrarle todos los secretos del cine y los entresijos de su oficio. La segunda parte del filme, también en clave de flashback, recupera la adolescencia de Salvatore. En este bloque su amor por Elena, bella y discreta hija del banquero del pueblo, es el principal eje de la trama. En el último tercio de la cinta la acción se traslada de nuevo al presente y narra la vuelta de Salvatore al pueblo para acudir al entierro de su gran amigo Alfredo. Su regreso significará un reencuentro con su pasado, con sus recuerdos y con sus sentimientos.

 

Desarrollando conceptos

Tornatore construye una película que se apoya sobre tres conceptos básicos: la pasión, el amor y la amistad. Estos nacen, confluyen, se separan y finalmente se reencuentran con una carga de humanidad rara vez vista en el cine. Todo ello expuesto con una narrativa impregnada por un halo de nostalgia en cada fotograma de la película y ejemplarmente envuelta con los compases de uno de los mejores trabajos del maestro Ennio Morricone, en uno de los ejemplos más incontestables de que la labor de las bandas sonoras en el cine está muy por encima del mero acompañamiento de las imágenes. En el caso de Cinema paradiso, la composición de Morricone es capaz de elevar la película y traspasar la pantalla para embriagar al espectador en un cóctel de melancolía y añoranza que empuja a éste a hacer suyos, con la misma pureza y sencillez, los sentimientos y las experiencias de Salvatore.

Cinema paradiso es la historia de la pasión de Totó por el cine. A través de sus ojos descubrimos el cine y su imparable confirmación como un espectáculo de masas que tras la II Guerra Mundial no sólo se perfila como una fábrica de historias, sino también como un foro colectivo, quizá el único en el periodo de posguerra, en el que todas las clases sociales compartían espacio y afición. Así, en el Cine Paradiso todos los estratos se encuentran para gozar con las lejanas historias que les acerca el cinematógrafo. Niños delante, burgueses en el palco, prostitutas y clientes refugiados en la discreción de las últimas filas… Una comunión colectiva arbitrada por la tijera, vigilante y expeditiva, guardián de la ética y la moralidad impuestas por una censura propia de su tiempo, que mutiló, manipuló y deformó el mensaje de miles de cineastas que vieron como su obra se proyectaba incompleta, y con ella su mensaje, en el mejor de los casos. Tornatore tampoco se olvida de mostrarnos el cine como un medio de comunicación capaz de llevar la actualidad a los rincones más apartados y pobres de las geografías en depresión en las difíciles décadas de los 40 y 50 del siglo pasado. Ambos aspectos, el lúdico y el informativo, convirtieron este invento en una ventana sin rival a la que se asomaron niños y mayores para observar el mundo que se extendía más allá de sus limitadas existencias, y embelesados por la magia de las imágenes en movimiento disfrutaban de un receso en sus preocupaciones cotidianas.

Pero Cinema paradiso también es un alegato al amor. La historia de amor entre Salvatore y Elena es la historia de ese primer amor al que todos nos hemos aferrado de manera irracional y obsesiva. Un amor ingenuo y virginal, puro y casto, totalmente idealizado, que irrumpe en la vida de Salvatore en su etapa adolescente para poner patas arriba su mundo, hasta entonces reducido a la cabina de proyección y sus charlas con Alfredo. Sólo este sentimiento será los suficientemente fuerte como para entrar en conflictó con la pasión por el cine que corre por las venas de Salvatore. Éste tendrá que elegir entre ambos pero su decisión en ningún caso supondrá el olvido, sino una condena a vivir el resto de sus días con remordimientos y fantasías acerca de lo que pudo ser y finalmente no fue.

El último de los conceptos que Tornatore desarrolla magistralmente es el de la amistad. Aunque Salvatore (Totó) es el protagonista absoluto de Cinema paradiso, el personaje de Alfredo es vital en la trama. Entre ambos se desarrolla una profunda relación de amistad. Totó es huérfano y Alfredo, que aunque casado no tiene hijos, ve en Totó al hijo que siempre quiso tener. Las circunstancias vitales de ambos alumbrarán una amistad libre de tabúes y limitaciones propios de una verdadera, en su vertiente más tradicional, relación paterno-filial. Su relación está salpicada de referencias al cine como nexo que les une y como fuente de sabiduría para entender y afrontar la vida (muchos de los consejos con los que Alfredo trata de ilustrar al joven Totó son diálogos de clásicos del cine). La marcha de Salvatore del pueblo para perseguir su futuro en la ciudad como cineasta de éxito separará a ambos, pero el regreso de Salvatore a su pueblo natal para el entierro de Alfredo terminará por confirmar que la amistad que había entre ambos no sólo seguía viva en el corazón de ambos, a pesar de la distancia y la incomunicación, sino que ha sido capaz de vencer una tragedia tan irreversible como es la muerte de Alfredo.

Tornatore no se olvida tampoco de dibujar en torno a Totó y Alfredo un cuadro costumbrista poblado de una completa galería de personajes y situaciones que han sido bastante comunes en todas las sociedades mediterráneas de la época. El cura, bastión de la moralidad, el loco del pueblo, dueño y señor por derecho divino de la plaza, el peculiar acomodador, el burgués (muy por encima, literalmente, del resto), el nuevo rico con alma campechana (acaba pagando la reconstrucción del cine), entre otros, conforman una colección de personajes y personalidades fácilmente identificables por el espectador, que no tarda en cogerles cariño porque están esbozados con mucha ternura y desde el humor.

En el apartado técnico, resulta curioso cómo Tornatore sabe conjugar tan bien las luminosas escenas que describen la vida en el pueblecito de Totó, llenas de colores vivos y vitalistas (muy mediterráneas) con la oscuridad del cine, en la que domina el blanco y negro (color de la mayoría de las películas de la época). En cuanto al ritmo, si bien la película discurre con pausa en su primer tercio, se agudiza notablemente con el paso de Salvatore a la adolescencia para volver a relajarse en la última parte del metraje, y así subrayar el carácter melancólico que en este último tercio alcanza su plenitud.

 

La versión del director

Vio la luz en 2002 en una edición muy difícil de encontrar, digna de coleccionistas. Esta edición es de 173 minutos y ofrece luz sobre la relación de Salvatore y Elena. Se trata de una versión un tanto polémica porque su contenido explica (y descubre) algunos motivos y decisiones que pueden afectar a la visión de algunos personajes principales de la trama por parte del espectador. Así, mientras unos la defienden otros prefieren quedarse con la versión estrenada en cines. Recomendamos su visionado, pero corresponderá al lector emitir su propio juicio y quedarse con la versión que prefiera. Ambas funcionan con la misma eficacia e intensidad, y ambas son plenamente disfrutables.

 

Los personajes

Salvatore (Totó) es interpretado por tres actores que le dan vida en cada una de las etapas que la película recrea. El actor encargado de dar vida al entrañable Totó es Salvatore Cascio, que aunque gozó de gran popularidad gracias a su personaje no consiguió mantener una carrera sólida. Marco Leonardi, que da vida al Salvatore adolescente, pese a disfrutar de una carrera algo más prolífica tampoco ha vuelto encontrarse con un papel tan relevante. No es el caso de Jacques Perrin, quien ya gozaba de fama y prestigio al aceptar el papel de Salvatore adulto, un actor de largo recorrido que ya en 1968 había fundado su propia productora. Pese a que su trayectoria profesional ha estado muy ligada a la producción y los documentales sí ha intervenido en alguna que otra película como Los chicos del coro (Christopher Barratier, 2004). Los tres actores en cualquier caso hacen un trabajo excelente y entendieron muy bien cada una de las facetas vitales de sus personajes, desde ese Totó irresistible, mezcla de ternura y picaresca, hasta el Salvatore enamorado hasta los huesos, o ese hombre triunfador que ha dedicado toda una vida a no mirar atrás, para finalmente volver a su pueblo y reconciliarse con su pasado.

 

Alfredo, el otro gran alma de la cinta y genialmente interpretado por Philippe Noiret, es el padre que nunca tuvo Totó y se convierte en su mentor, estableciendo una relación que va más allá de lo paternal para explorar caminos más propios de la amistad. Su carácter afable y su hastío de la vida son factores determinantes para que se vuelque con el joven Totó y le descubra los secretos de su oficio, que le empapa de tal manera que es capaz de aplicar soluciones y refranes cinéfilos para salir de cualquier problema que le pueda presentar la vida. Con ellos adoctrinará a su mejor amigo. Quizás para que no cometa los mismos errores que él cometió, los que le impidieron conocer lugares, gentes y paisajes que sólo viven en la pantalla donde cada día proyecta sus películas.

 

Agnese Nano, poco conocida fuera de Italia, es la encargada de dar vida a Elena. Su personaje, aunque breve, funciona como el desencadenante de la acción. Gracias a Elena, Totó madura para convertirse en Salvatore y descubrir el mundo adulto. El personaje de Elena está muy idealizado, de la misma manera que Tornatore presenta el amor en Cinema paradiso. Si bien al principio se hace de rogar, Elena acabará sucumbiendo al tesón y el amor verdadero que la profesa Salvatore, aunque su relación esté abocada al fracaso. Su historia de amor con Salvatore fue complementada y explicada en la versión del director.

 

Cinema paradiso abre con María llamando a Salvatore para anunciarle el fallecimiento de Alfredo. Pese a que nadie cree que Salvatore volverá, ella insiste y no ceja en su empeño. Sabe que por Alfreo su hijo sí volverá. Ella le conoce mejor que nadie. Es su madre. Antonela Attilli encarna a María adulta, madre del joven Totó y sumida en un desazón crónico provocado por la marcha de su marido a la guerra, a quien espera convencida de que algún día volverá del frente. Su moralidad y seriedad, producto de una axfisiante tristeza, la hacen débil y chocar de lleno con la alegría y el vitalismo de su hijo Totó, al que nunca llega a controlar. Pupella Maggio se hizo con el papel de María anciana, esa madre eternamente (y silenciosamente) feliz por todo lo que ha conseguido su hijo. María es el testigo que asiste a la relación de Salvatore con Alfredo desde sus inicios, está presente en todas sus etapas y funciona como el único nexo capaz de lograr el regreso de Salvatore.

 

Leopoldo Trieste, el actor con más bagaje de la cinta (a sus espaldas más de 80 películas y trabajos junto a Fellini, Coppola o Tinto Brass, entre otros) da vida al Padre Adelfio, el cura del pueblo. Su rectitud se ve siempre alterada por Totó y representa esa exagerada moralidad, impuesta y estudiada, que hace las veces de último reducto de una ética y decoros anquilosados que acabará perdiendo su batalla frente a los nuevos tiempos. Un personaje que bien podríamos encontrar en cualquier película de Berlanga y que protagoniza los momentos más divertidos de la cinta.

 

Secuencias memorables

Aunque resulta muy complicado quedarse con solo tres escenas del filme, hemos elegido tres que bien pueden resumir las tres etapas que narra Cinema paradiso. La primera que hemos elegido pertenece a la etapa infantil de Totó, y rezuma la percepción mágica del cine que enamoró a nuestro protagonista para no abandonarle jamás. En la secuencia, un grupo de vecinos se han quedado en la calle por falta de aforo en el cine. Ante el desencanto de la masa que se ha quedado plantada en la calle sin poder ver la película y la pesadumbre de Totó, Alfredo busca una solución, tan simple como efectiva, para trasladar la magia del cine a la plaza del pueblo y que todos puedan disfrutar de la película. Todo esto, ante los ojos de un Totó maravillado.

 

 

La otra escena con la que nos quedamos, y no puede ser de otra manera, es la del primer beso entre Salvatore y Elena. Una secuencia bellísima que retrata con ejemplar precisión la fuerza del primer amor. Enamorado hasta los huesos, Salvatore se arma de paciencia y no desiste en su empeño de lograr el amor de Elena, pese a que ella no le ama. Noche tras noche espera una señal hasta que termina por afrontar el desamor. Cuando todo parece perdido, Elena entra en escena y con su mirada y silencio anuncia a Salvatore que su espera ha terminado. Elena es lo único que puede apartar a Salvatore del cine, y es este momento del beso en la cabina el único en el que parece olvidarse por completo de su gran pasión. Pocas escenas románticas hemos visto en el cine con tanta fuerza.

 

Es imposible no reseñar la secuencia final de la película. Uno de los finales más redondos y emotivos de la historia del cine. Pese a que el vídeo inunda internet, hemos preferido no reproducirlo por si hay algún lector que aún no ha visto la película. Si tenéis la suerte de no haber visionado aún Cinema paradiso, os recomendamos que evitéis la curiosidad y os guardéis mucho de verlo sin antes haber visto la película de Tornatore, porque el efecto es realmente brutal. Un canto total (casi perfecto) a la amistad que funciona como un golpe de gracia para el espectador, que irremediablemente experimenta la mezcla de sentimientos que invaden a Salvatore: sorpresa, nostalgia, alegría y admiración (hacía Alfredo). Pocos finales pueden dejar tan buen sabor de boca como este de Cinema paradiso, que ensalza la película y la eleva a categorías superiores, categorías exclusivas y reservadas para títulos que forman parte ya de nuestra vida.

La frase

Alfredo a Salvatore:

“Este pueblo está maldito. ¡Vete!, vete y no vuelvas nunca. Y si algún día te gana la nostalgia y regresas… No me busques. No toques a mi puerta porque no te abriré. Busca algo que te guste y hazlo, ámalo como amabas de niño la cabina del Cinema Paradiso. Desde hoy, ya no quiero oírte hablar; ahora, quiero oír hablar de ti…

 

Algunas curiosidades

  • Philippe Noiret grabó todas sus escenas en francés, pues no sabía italiano. Para la versión estrenada en italia fue doblado por el actor Vottorio di Prima.
  • Giuseppe Tornatore se guarda un cameo. Es el operador que recibe la bobina al final de la película para proyectarla.
  • Tornatore escribió la película con una fuerte carga autobiográfica.

Cinema paradiso es de esas películas señaladas que no solo nos hacen crecer como espectadores, sino también como personas. Este año se celebra el 25 aniversario de esta obra inmortal, y está confirmada su reposición en salas de cine a partir de septiembre, así que os animamos a que volváis a disfrutarla, o la descubráis, como dios manda, en una sala de cine, porque… ¿qué mejor lugar para gozar con esta declaración de amor al séptimo arte que en pantalla grande?. Una obra maestra que con seguridad tendrá un hueco entre vuestros títulos de cabecera.

 

 

Alfonso Caro

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