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Decía un joven JERRY LEWIS hace algo más de cuarenta años que un director, cuando trabaja, no dirige, sino que actúa como padre. El mérito de situarse tras la cámara no reside en la presunción del rol de llano espectador, capacitado para observar y realizar directrices para el buen funcionamiento de la obra, sino en conseguir, en esa labor de dirigir, plasmar una visión propia, reinventar una historia ya narrada y creada, haciendo de ella algo personal. Criar a ese hijo recién nacido, verle madurar durante todo el proceso productivo, enseñándole unos valores propios del progenitor y, llegado el momento del estreno, de la inevitable separación entre proyecto y director, hijo y padre, observar cómo, pese a lo enseñado, posee unas cualidades propias que lo hacen destacar más allá de lo aprendido.

Volviendo la vista al presente, nuestra cinematografía es rica en directores, pero no en padres realizadores. Meritorio es reconocer por ello a los escasos ejemplos actuales, y ese ha sido siempre el caso de TIM BURTON. Polarización de gustos aparte, es innegable que el californiano se ha caracterizado durante el transcurso de su carrera por una estética estrafalaria, oscura e, incluso, excesiva, dotando de semejantes cualidades a cada una de sus obras, en mayor o menor grado, y a la vez consiguiendo que todas ellas posean una voz propia que las distinga de sus antecesoras y predecesoras. Capaz de lo mejor (ED WOOD, BIG EYES) y lo peor (SOMBRAS TENEBROSAS), al entrar a una proyección de cine de un proyecto de TIM BURTON podemos tener dudas sobre la mayor o menor calidad de la cinta, el contenido de esta, pero siempre hemos tenido garantías sobre el continente, el packaging, la esencia de la producción. Pero, ¿qué pasa cuando incluso eso cambia? ¿Qué sucede cuando un director realiza una producción ajena a toda similitud con obras suyas anteriores? ¿Hablamos de necesaria reinvención, eje rotatorio, nueva dirección? ¿Hablamos de pérdida de orientación, desgaste y sobreexplotación del estilo genuino del realizador y, casi por ende, del propio realizador? ¿Podemos hablar de ambas cosas a la vez?

 

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BURTON necesitaba un cambio. BIG EYES puede ser la solución a la compleja ecuación de los problemas que aquejaban sus últimas producciones. Totalmente alejada del estilo burtoniano, para tristeza de los fans más acérrimos, y enmarcada en el movimiento rockabilly y los entrañables años 50 y 60, asistimos bajo un espectáculo de colorido y excentricismo psicodélico a la historia del matrimonio Keane y sus internacionalmente reconocidos cuadros kitsch ‘big eyes’. Temerosa e insegura bajo la presión a la que es sometida por su marido, en lo que terminará siendo un continuo (aún ligero) aguijón feminista en el guión, Margaret Keane (AMY ADAMS) posee un don artístico que plasma en sus característicos lienzos de niños huérfanos de grandes ojos, que aprovechará su marido, Walter Keane (CHRISTOPH WALTZ) vendiendo los cuadros que realiza esta y obteniendo un reconocimiento mundial, atribuyéndose este el mérito de las creaciones.

Montaña rusa de irregularidad, brillantez, convencionalismo e histrionismo, nos asomamos a uno de los trabajos más reflexivos de BURTON con la agilidad y perplejidad con que los característicos niños retratados por la protagonista nos observan a través de la pantalla. Con la curiosidad de la niñez y la comprensión de la adultez, contemplamos en esa ventana del alma que son los ojos las inseguridades, temores y costumbres características de una sociedad entera en el retrato de dos personajes antagónicos, en constante lucha interna por el liderazgo de sus valores primarios. Codicia contra orgullo propio, hipocresía enfrentada a lo meramente piadoso, el antagonismo se traduce también en la observación de dos interpretaciones muy diferentes entre sí, ambas, pese a ello, nominadas a los Globos de Oro. Lo comedido de ADAMS y su Margaret Keane bien la hacen solventar la obra y dignificar un tipo de personaje ya manido en el género del biopic, pero no nos evita pensar que la eterna nominada no está este año a la altura de interpretaciones ofrecidas por otras candidatas a alzarse con la dorada estatuilla. Torbellino excéntrico, WALTZ camina cual inexperto funambulista entre lo justamente cómico y lo excesivamente histriónico, dotando algunos de los mejores (presten atención a la escena del juicio) y peores momentos de la cinta.

 

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En la búsqueda de una gran pintura, digna de la temática del filme, BIG EYES termina ofreciéndonos una mera reproducción del original (aunque de una destacable calidad). En la plasmación de una gran historia, asistimos (de nuevo) a la confusión entre dicho término y el de “gran historia apropiada para la ficción”. No podemos evitar decepcionarnos por lo que podría haber llegado a ser la obra más allá de guiones planos y excesivo metraje, pero tampoco podemos evitar maravillarnos ante la simbiosis del estilo burtoniano con una temática completamente ajena y nueva en sus filmes. Podemos hablar de finales, regocijarnos y anclarnos en ellos, pero también podemos hablar de comienzos. Y este, BIG EYES, es uno de ellos.

LO MEJOR:

  • La estética y el diseño de producción de una obra totalmente alejada del tradicional estilo de BURTON.
  • Los tintes de comedia dramática, sin regodearse ni abusar de ninguno de los ya mencionados géneros.

LO PEOR:

  • Terminar su visionado es sinónimo de sentir que la obra podría haber supuesto algo más de lo que hemos contemplado.

 

Lydia Martínez

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