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Penelope Fitzgerald, autora de La libreríaLa librería a la que Penelope Fitzgerald dio forma en 1979 es el próximo proyecto que la directora Isabel Coixet llevará a la gran pantalla con actores de la talla de Emily Mortimer, Patricia Clarkson o Bill Nighy. Una narración que viaja desde lo más profundo de la Inglaterra de 1959 deteniéndose en la exquisita psicología de los individuos que entran y salen de la tienda protagonista. Porque aunque Florence Green reza como máxima autoridad dentro de la novela, no es sino la polémica librería la que determinará los designios de este pequeño pueblo anclado en el pasado. Anticipándonos al estreno de la película, hemos querido analizar la edición de la obra en castellano, editada por Impedimenta, y que como viene siendo habitual en la editorial, vuelve a suponer otro título de esos que da gusto tener en las manos, con una atención en sus detalles y acabados muy notable.

Florence Green es una mujer de mediana edad que, tras experimentar ciertos golpes en la vida, decide autorrealizarse a través de su sueño de montar una librería. Un proyecto que no parecería nada extraño si no fuera porque los habitantes de Harborough se oponen frontalmente a la creación de dicho establecimiento. Las reticencias de Mrs. Violet Gamart, la mujer más poderosa del pueblo, se batirán en silencioso duelo con Mr. Brundish, uno de los más veteranos y respetados del municipio.

Portada de La librería, de Penelope FitzgeraldLa narración utiliza un tono tragicómico que mantendrá a raya en todo momento a la librera. Las cosas pueden ir bien, pero no debemos confiarnos, pues no sabemos por cuánto tiempo. Nos encontramos ante un texto sosegado y partido transversalmente por diez episodios separados por elipsis temporales breves pero justas. El negocio avanza y la vida en el pueblo también, pero algo reposa levemente encima del edificio Old House, como una taza de café que se enfría lentamente y al final todos olvidan.

La introducción de elementos más próximos al realismo mágico latinoamericano que a la literatura británica de finales del siglo pasado impulsan esa idea de que algo especial ocurre entre las paredes de la librería. Algo que no podemos ver o siquiera tocar, pero cuando Fitzgerald nos habla de un cuaderno de notas que ha salido despedido por los aires, podemos sentir cada uno de los pliegues que formarán las páginas del cuaderno contra el sueldo. Es ese rapper, un poltergeist doméstico, el que se encarga de sacarnos de la narrativa convencional y recordarnos que algo subyace bajo la tranquila vida en el pueblo.

Un discurrir pacífico que es interrumpido por la aparición de este nuevo comercio, pero sobre todo, cuando trae a una población conservadora y nada rupturista ideas nuevas y contemporáneas a las que hasta entonces se han encargado de desoír. Por eso, cuando una novela tan irreverente como la Lolita de Vladimir Nabokov va a ser adquirida para uso y disfrute de los lectores del pueblo, todo son dudas, y difícilmente se alcanzará un acuerdo. Y es que La librería tiene su propia Lolita particular. La encontramos en el personaje de Christine, la niña de diez años que echará una mano a la atareada Florence Green. Christine Greeping se aleja del personaje creado por Nabokov en numerosos puntos, pero su carácter y decisión, su madurez precoz y su temple en ocasiones visceral le aportan un extra de sensatez que la convierte, necesariamente, en el Sancho Panza de la (a veces desequilibrada) librera.

Isabel Coixet junto a parte del reparto de La librería
Bill Nighy, Isabel Coixet y Patricia Clarkson en el set de rodaje de La librería

Pero al final, como ocurre con cada sueño y con cada pesadilla, la realidad retoma las riendas y encauza cada elemento de insumisión. El orden establecido debe recobrar su forma o, de lo contrario, cambiará para siempre. Y el comercio descrito por Penelope Fitzgerald no funciona como otra cosa que como una exaltación metonímica donde la librería es ese elemento externo capaz de descomponer el orden natural de un grupo.

Impedimenta ha condensado la esencia de esa Inglaterra envejecida prematuramente en una edición con un cuidado papel ahuesado que acompaña a la perfección el espíritu de la novela. Su portada es sencilla y directa, plasmando esa librería que se resiste a integrarse con el ecosistema, pese a que el estilo arquitectónico no pueda ser más adecuado. La combinación utilizada en las tripas del texto fiel al blanco y negro se salpica de sutiles remates de color rojo que potencian esa idea de que la tranquilidad y la sobriedad pueden romperse en cualquier momento cuando se abre una puerta que no todos está dispuestos a abrir.

Noelia Salcedo

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