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El oficio de escritor resulta en apariencia sencillo (juntar palabras), pero entraña una enorme complejidad (juntar palabras de manera que lo escrito cobre vida). Requiere entrega, talento y algo no menos importante: aislamiento o capacidad para sacrificar una parte sustancial de la vida para vivir como un ermitaño. Podría decirse que el escritor es la única persona que no vería con malos ojos ingresar en prisión una temporada, percibiendo la soledad de la celda como un entorno laboral idóneo para su actividad creativa. O vivir en una casita de campo alejada de la civilización, rodeado únicamente de insectos, e incluso ellos serían demasiada compañía. En cualquier caso, el encierro es siempre voluntario. El escritor es esclavo de sus ideas, pero en todo momento es libre de abandonar su actividad para dedicarse, por ejemplo, al arte de no escribir. A no ser, claro, que el escritor sea un guionista de mediana edad, un señor que se dedica a escribir libretos que después serán mutilados por productores y directores, un hombre que fantasea con escuchar sus palabras en boca de algunas de las mayores estrellas de Hollywood, un desgraciado con tan mala suerte de acabar secuestrado en el sótano del director de cine latinoamericano más grande de todos los tiempos.

Esa es la historia que Nicolás Giacobone nos propone en El cuaderno tachado, un thriller cargado de humor que confirmará los horrores de todo aquel que escribe, escribió o tiene pensado escribir alguna vez, así como de todo aquel que sospeche que la industria del cine es un territorio perverso poblado de egos en lucha constante. 262 páginas que nos llegan a través de la editorial Reservoir Books en las que el lector participa simultáneamente de la historia de un secuestro (el del pobre guionista a manos del director endiosado) y la del proceso creativo de ese guion cinematográfico que ha de cambiar la historia del cine mundial.

El cuaderno tachado es el debut en la novela de Giacobone, pero su trayectoria como guionista está coronada por el Oscar que obtuvo con Birdman, la película de ese director de cine que en absoluto ha inspirado al perverso y ególatra villano del libro: Alejandro González Iñárritu. Ya en aquella obra se pretendía mostrar el backstage de las estrellas, el lado más cruel y despiadado de la industria del cine, con el foco puesto en el gremio de los actores. El cuaderno tachado es, de alguna manera, una réplica desde la perspectiva del guionista secuestrado (¿acaso no lo están todos?).

El encierro y la soledad provocan en el guionista una inevitable tendencia por el arte de la divagación, y eso es lo que ofrecen gran parte de las páginas de El cuaderno tachado: un mapa conscientemente caótico de las obsesiones de su protagonista, desde Borges hasta Joyce, pasando por los Beatles, Pink Floyd o Peter Shaffer, autor del libreto de Amadeus. Los recuerdos del pasado inundan la mente del protagonista, que ya en su quinto año de secuestro no puede más que preguntarse: ¿qué queda del mundo que dejé? ¿Me buscaron, me siguen buscando, me dieron por muerto, murieron ellos?

El cuaderno tachado es una novela ácida y perversa que escoge como protagonista al menos glamuroso de los componentes de la cadena de montaje cinematográfica, el guionista, y lo convierte en un héroe atormentado que lucha por mantener la cordura en ese sótano que es su cárcel privada, al mismo tiempo despacho y hogar. Un libro que se devora con pasión literaria y gula cinéfila. Un thriller que consigue retratar las sombras y resultar luminoso. Un admirable retrato del escritor en su hábitat natural: la soledad.

Alex Merino

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