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¿Alguna vez os habéis parado a observar una oreja? Si se consigue abstraer la oreja del global del cuerpo, esta se convierte en una protuberancia, un repliegue de carne aplastado en los lados de la cabeza. Un fallo estético en la teoría de la evolución de Darwin, y para los que creen en el diseño inteligente, como si Dios hubiera agarrado toda la carne sobrante del cuerpo y la hubiera amalgamado en una formación cartilaginosa de recovecos pensados para la reverberación y redirección de los sonidos hacia el canal auricular: una arquitectura del horror que parece imposible, casi alienígena. Cuando uno se para a observar una oreja, entiende por qué en anatomía se le llama “pabellón auricular”. Porque la experiencia de leer Doctor Portuondo (Blackie Books), la última incursión en el mundo de la literatura de Carlo Padial (director de películas como Mi loco Erasmus, Taller Capuchoc y Algo muy gordo), se asemeja ciertamente a la observación clínica y abstracta de una oreja.

La marcada personalidad de un autor tan prolífico como Padial se ha filtrado con aparente pureza y manifestado en todos los medios posibles. En forma de tuits, artículos, vídeos de Playground, televisión, shows en directo, películas y libros, resulta casi imposible separar a persona y personaje de sus obras, y Doctor Portuondo no es una excepción. El autor barcelonés nos describe una delirante y autobiográfica experiencia psicoanalítica de cinco años en la que hay tiempo también de mirar hacia la infancia (se podría decir que inevitablemente) en este libro tan profundamente freudiano. El personaje que da título al libro es el hilo sobre el que se estructura la personalidad del Carlo-personaje: un ente casi divino que se presenta a Carlo en forma de cintas de cassette, una criatura mitológica cubana que se terminó materializando en una consulta de Barcelona y se convirtió en una ayuda imprescindible para el neurótico autor de la novela. Al Doctor Portuondo le gustaban los puros, el Johnny Walker, el boxeo y Sigmund Freud, y se revela en el trascurso de la novela como un excéntrico (a veces incomprensible) emisario del subconsciente.

El periplo vital del escritor se narra con absoluta pulcritud formal, y encuentra sus puntos álgidos en la recreación de las terapias que compartieron Padial y Portuondo. En su sentido más general, el libro es una exploración de la neurosis del Carlo-personaje (que es el reflejo de la del Carlo-autor) y cómo esta se encuentra en mayor o menor medida en todos nosotros, pues no es más que “el precio que hemos pagado por la razón”. Así, Padial consigue convertirnos en él mismo, nos invita a ver su vida a través del ojo de la cerradura. Doctor Portuondo se siente como un libro de enseñanzas Zen disuelto en una probeta de psicoanálisis; enseñanzas que llegan al lector de forma algo ambigua y trastornada, como una risa purgadora acompañada de algo de dolor y algo de vacío, a veces incomprensible y a veces como un puñal directo al corazón. Carlo Padial se relaciona con el mundo a través del humor, un humor que es eso, casi un lenguaje que resuena en cada frase de su impecable libro, que nos azota con una visión a la vez desoladora y profundamente vitalista de la existencia humana. Doctor Portuondo es una experiencia de lectura imprevisible e imprescindible, que se engulle con la mirada y con la mente.

Como el mismo autor nos cuenta en su nota previa al libro, cuando más te acercas a lo real […], más falso y risible resulta todo”. La frontera entre recuerdo, realidad y ficción se emborrona hasta el mismo límite, y uno no puede evitar, con esta premisa, escarbar en la narrativa de Doctor Portuondo en busca de una verdad absoluta que separe al Carlo-personaje del Carlo-autor. Pero resulta imposible. Quizás porque no hay dos Carlo, y la apertura de las puertas de la mente del Carlo-personaje que el Carlo-autor nos relata en Doctor Portuondo no es más que un acercamiento tan concreto a una vida que por lo cercano deviene en hilarante y absurdo. Como repetir muchas veces seguidas la misma palabra hasta que consigues olvidarte de su significado y la misma suena extraña, abrupta como una formación rocosa del lenguaje. O como observar una oreja muy de cerca.

Pol Llongueras

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