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patricia highsmith

El talento de la señorita Patricia Highsmith no debía limitarse a las novelas de suspense, como bien le recomendaron sus editores después de que Alfred Hitchcock comprase los derechos de Extraños en un tren. Eso fue hacia 1950, cuando ya tenía un esbozo sobre otra historia, una de carácter más personal que tratase el lesbianismo. Cambió de editor y de nombre en la publicación para mantener el anonimato y alejarse de las etiquetas. Así, en 1952 salía a la venta El precio de la sal, escrito por una tal Claire Morgan. El éxito fue inmediato, y la editorial se llenó de cartas de agradecimiento de lectores y lectoras familiarizados con las vivencias amorosas que recogía. En 1989 se publicó con el nombre de Carol y firmado con el verdadero nombre de la escritora. En esta reedición, la propia Highsmith apunta en un prólogo añadido que a su protagonista, Therese, se la tacharía de timorata en esos últimos años ochenta. Pero el romance transcurre en los años cincuenta, una época en la que incluso en la cosmopolita Nueva York, urbe donde arranca el argumento, la vida homosexual se mantenía en la clandestinidad y con apenas referencias positivas dentro de la literatura. El germen de la obra surgió durante unas navidades que la novelista pasó trabajando en unos grandes almacenes. Entre aglomeraciones, atendió a una exuberante mujer envuelta en pieles que le llamó la atención: compró la muñeca que buscaba y se marchó. Esta anónima musa dejó una huella imborrable en la después famosa literata. Así, esbozó una historia con una protagonista, Therese, una escenógrafa que trabaja un mes de diciembre en Manhattan y conoce a una enigmática clienta desde el mostrador. Y ese es el comienzo del cambio radical de su vida.

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Therese es el alter ego de la propia escritora: también acarrea una relación turbulenta con su madre y su padrastro, es introvertida y cuenta con pocos ingresos dada su inestabilidad laboral. Highsmith plasma el mundo que rodea a la joven en su presentación con cierta hosquedad, detallando la amargura y las vidas grises que observa la chica en sus compañeros de trabajo. Ante ese mundo con falta de miras, que Carol entre en su vida es un foco de luz, y provoca una conmoción irrevocable en la chica. La novela se compone de conversaciones amplias que acumulan gestos y sensaciones de los personajes, dotados todos de mucha profundidad. Por eso vemos con cierta vacilación a Abby, la amiga de toda la vida de Carol, los disgustos de Richard, el mejor amigo de Therese que aspira, incansable, a ser algo más, o la relación de Carol con Harge, su marido, con el que está en proceso de divorcio. La pareja, bien estén en privado o en público, se presenta en constante alerta a lo largo del libro. A la felicidad siempre la sigue una dosis de desolación, algo que acompañó a la autora en vida y obra. Highsmith no quiere perder ningún detalle de esa imaginada relación, y por eso su ritmo es pausado, sin celeridad en el proceso de enamoramiento. El lector está presente en la evolución del romance, desde la perspectiva de la joven escenógrafa, que cuenta con 19 años de edad. Es por eso por lo que la novela marca el proceso de madurez que vive la chica, a la que ya le ha tocado vivir varias tristezas en su corta vida; no obstante, todavía le falta aprender mucho, como le advierten en varias ocasiones (eres demasiado joven para saber bien tu opinión, o tomar esa decisión tan radical); Carol es un libro sobre los descubrimientos. Therese se hace mayor dentro de un amor peligroso para aquellos años.

La escritora americana dota de vida y trasfondos psicológicos a sus personajes, aunque la trama, un amor entre mujeres, juega bien con el suspense que enfoca en el porvenir de esa relación. No hay que olvidar que es la creadora de las novelas de suspense como Las dos caras de enero o El talento de Mr. Ripley. Esa es la forma, pero el contenido es lo relevante, y su mayor virtud es ser una obra con un final que no acaba en tragedia, algo normal en novelas sobre amores homosexuales hasta la fecha de su publicación. Además, se palpa (pero sin hacer excesivo drama) la situación de la mujer en aquellos años: en modo secundario y alrededor de un marido u hombre al que debe acompañar. Highsmith hace esa reivindicación manteniendo las presiones sociales sobre estas dos amantes: la una buscando su sitio en el mundo, y la otra siendo una exesposa consciente de que puede perder la custodia de su hija pequeña.

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Todd Haynes ha cuidado con mesura y mimo los detalles y esencia de la historia, y ha cambiado detalles nimios en Carol. Por ejemplo, en la película Therese es fotógrafa en lugar de escenógrafa. Su presentación de la protagonista es más breve, pero visualiza brevemente ese trajín de los dependientes de grandes almacenes. Se sintetiza mucho al personaje de Abby, al igual que las consecuencias en la relación con Richard se oprimen. La Carol que dibuja el realizador es igual de fuerte y rotunda, pero la dota de más sensualidad que la que se encuentra en la lectura. Tanto Cate Blanchett como Rooney Mara parecen haberse impregnado de ese amor que retrata el libro, colmado de gestos, miradas y reacciones en esas citas dentro de sofisticados restaurantes.

El largometraje es una fiel adaptación porque el lirismo resultante alcanza cotas equivalentes en película y libro. Ha conjugado bien los parámetros que convergen en la dirección artística para reflejar la elegancia, el ajetreo y la desdicha de esos cincuenta que exponía la autora en su texto. El director de Lejos del cielo resume la historia captando lo esencial para que este amor no pierda significado, mientras el espectador percibe esa elegancia proporcional con la que se encuentra el lector en las páginas de la novela. Y ambos, escritora y cineasta, forjan bien ese combo basado en fragilidad humana, reivindicación y garbo abrumador.

 

 

María Aller

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