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“¿Puede una máquina salvar tu alma?”
Richard Morgan, Carbono modificado

¿Qué aspecto tiene el futuro? Muchos autores han tratado de responder a esta pregunta, y lo han hecho de las más diversas formas. En los vehículos voladores hay una especie de unanimidad desde los inicios de la  ciencia ficción. La exploración y conquista de otros planetas es otro de los puntos más o menos comunes. Gadgets de todo tipo, armas biológicas, macrociudades inundadas de luces de neón y un ambiente, en líneas generales, cargado de sordidez, son lugares comunes del género. La lírica de Ray Bradbury encuentra su contrapunto en las pesadillas de Philip K. Dick. Y aunque los estilos difieren, hay algo que persiste: el futuro, como la oscuridad, es un desconocido y, por lo tanto, algo temible.

El escritor londinense Richard Morgan publicó en el año 2002 Carbono modificado, la primera novela de la trilogía protagonizada por Takeshi Kovacs (nota: el final no se pronuncia como una ka, sino como una che eslava). Kovacs es un mercenario, un hombre de mala reputación y peor temperamento, un personaje que parece extraído de una novela noir. Como un Humphrey Bogart hipermusculado al que han enviado al futuro para resolver el enigmático caso del asesinato de un magnate. Kovacs es, en resumidas cuentas, un tipejo duro y desagradable con tendencia a verbalizar lo que cruza su mente, sin importar lo hirientes que puedan ser sus palabras. Atormentado, desorientado, rudo, solemne, bravucón, violento. Una persona que no querríamos en nuestras vidas, pero adoramos sobre el papel.

La editorial Gigamesh, encargada de acercar a nuestras librerías éxitos como los volúmenes de Canción de hielo y fuego, de George R. R. Martin, ha publicado la obra de Morgan en España en una edición de 464 páginas repletas de futurismo neonoir. Una apuesta segura, viendo los resultados cosechados en otros países, donde el número de lectores no ha parado de multiplicarse y no parece que vaya a hacerlo próximamente debido a la adaptación que ha estrenado recientemente Netflix. Además, uno de los grandes alicientes de esta nueva edición es la traducción del texto, que en esta ocasión corre a cargo de Juanma Barranquero, y que vuelve a demostrar la especial atención que Gigamesh siempre dedica a este apartado.

Es posible que Carbono modificado no sea la opción más asequible para los no iniciados en la literatura de ciencia ficción, pero se las ingenia para plantear ciertos dilemas morales de relevancia universal: ¿Hasta qué punto en lícito alargar la vida humana?, ¿están las personas determinadas por el cuerpo que habitan?, ¿existe el alma? Son cuestiones que nos sobrevuelan de manera permanente a lo largo del relato y constituyen, precisamente, la principal motivación para continuar pasando las páginas incluso cuando la narración se vuelve más densa y lúgubre.

La influencia de Blade Runner es palpable desde el primer instante (más la adaptación cinematográfica de Ridley Scott de 1982 que la novela de Philip K. Dick en la que se inspira: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de 1968), pero lejos de disimularlo, Richard Morgan eleva los elementos, los intensifica, como si se propusiera llevar su particular apuesta por el ciberpunk a los límites más extremos. Carbono modificado es más violenta, más sexual, más irreverente, con un humor más negro y una perversión más cruel.

A buen seguro, la adaptación televisiva acercará a nuevos lectores a la obra de Morgan, y serán ellos quienes tendrán que decidir si están dispuestos a enfrentarse a un mundo salvaje y desconocido; en definitiva, al futuro. No es fácil contemplar a una humanidad deshumanizada, y resulta aún más complicado enfrentarse a ella de la mano de un narrador que hace de la amargura y el desaliento su seña de identidad. Pero el viaje no deja de ser un festín, un estremecedor paseo por el lado oscuro del futuro. Y esa es una oportunidad que ningún lector ávido de explorar los abismos del ser humano debería perderse.

Alex Merino

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