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MANUEL GUTIÉRREZ ARAGÓN es una de esas figuras que, de manera innegable, ha sido y es uno de los pilares de nuestro cine. Su aportación al cine español va más allá de la treintena de películas que ha firmado. Su sabiduría reside en su forma de hacer las cosas, y cómo llevarlas a la pantalla… y al papel. El director nos trae ahora un nuevo proyecto, un libro titulado A LOS ACTORES. Publicado por ediciones ANAGRAMA, este texto sirve no solo de repaso por la filmografía del cineasta, sino que desempeña a su vez un doble papel: reflexiona sobre la importancia de los rostros visibles del filme y adentra al lector en esa otra manera de concebir la película, ni por el principio ni por el final, sino por sus intermediarios.

 

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TRIÁNGULO AMOROSO: DIRECTOR-CÁMARA-ACTOR

GUTIÉRREZ ARAGÓN incide con especial importancia en esa relación intangible pero de total intensidad creada entre la cámara y el actor gracias a esa especie de celestino que es el director. La cámara se adueña del comportamiento del intérprete, hasta el punto de poseerle y adentrarse en sus más ocultos designios. Pero ¿qué fue antes? ¿La encarnación viva de un papel por parte del actor o la propia esencia del personaje? GUTIÉRREZ nos habla de protagonistas que son la viva imagen de su recuerdo sin siquiera él saberlo y de ese interés innato por parte del creador de destruir al actor, o lo que es lo mismo, prescindir de la simulación y apropiarse por entero de él. Pero el director necesita de la cámara para hacer realidad sus deseos, tanto como esta última a su patrón para cumplir con su función, una relación a la deriva sin la intermediación del actor, ese ejecutor de un cruce de caminos necesario:

Lo descrito por la cámara no necesita ser nombrado. Palabra e imagen se juntan y se separan una y otra vez. ¿Y quién espera ese cruce de caminos? El actor. El actor es el punto de encuentro entre diversos códigos, e incluso entre lo que posee un código y aquello que no lo tiene“.

 

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MANUEL GUTIÉRREZ ARAGÓN, director, guionista y escritor.

 

ACUCHILLAR LA REALIDAD

El actor, según se deduce, si dirige los ojos al objetivo no es ya que lo mire, es que acuchilla la representación misma de la realidad“.

Con esta bella metáfora, GUTIÉRREZ nos habla del pacto sagrado entre los actantes y el cine. Estos tienen finas líneas rojas imposibles de cruzar. Su trabajo permanecerá siempre al otro lado, en el de la ficción, y su relación con la realidad se limitará a la del trato humano con el director y el equipo, nunca con el espectador a través del objetivo. Cuando se enciende la cámara, se detiene el tiempo y comienza un tiempo propio, un tiempo per se. Por eso no nos sorprende que el creador de toda esa fantasía se deje arrastrar y forme parte de este nuevo universo. Así, el autor se erige como la más épica y castellana de nuestras figuras literarias: un Don Quijote del siglo XXI, y toma como suyas las palabras del actor ALFREDO LANDA: “Un Don Quijote no descarta toda la realidad, solo la selecciona, como un director de cine cuando hace la puesta en escena“.

 

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FERNANDO FERNÁN GÓMEZ y ÁNGELA MOLINA en LA MITAD DEL CIELO.

 

EL MÉTODO DEL NO-MÉTODO

En su libro, MANUEL GUTIÉRREZ nos habla de la teoría del cine y de la interpretación desde un punto de vista lo más humano posible, es decir, desde el punto de vista de a quién va dirigido su cine: el espectador. Por eso no duda en comparar a modo de ejemplo las dos posibilidades: la de ser un actor del método y la de no serlo. En un lado ÁNGELA MOLINA, su musa en numerosas películas; en el otro, FERNANDO FERNÁN GÓMEZ, la voz de sus pensamientos durante la ficción. ÁNGELA no sabía no sentir su personaje; FERNANDO siempre actuaba dentro del territorio marcado.

A su vez, GUTIÉRREZ dibuja un mapa anatómico a la hora de describir la expresión de sus actores. Para él, el rostro de estos se somete a “un tira y afloja de miles de hilos, de minúsculos resortes, de destellos. Algo que solo el rostro humano es capaz de hacer“. Una descripción de la gesticulación del hombre y la mujer, tan bella como lo es la propia existencia del cine. Entretanto, el autor nos habla de conceptos más clásicos, como el doble, y de los avances en teoría cinematográfica introducidos por figuras de la revolución rusa como STANISLAVSKI o MEYERHOLD.

Y mientras pasamos las páginas, una idea flota en nuestra mente: ¿Cómo no rendirnos a sus pies y reconocer el trabajo y el mérito de los actores? Ya lo dice el autor en uno de sus capítulos. Al final, los actores sirven de argumento inenarrable y huidizo. Puede que no recordemos toda la trama de una película que hemos visto, incluso podemos olvidar su desenlace y hasta el título, pero lo que permanece para siempre en nuestra mente son ciertos planos, como destellos de una historia oculta y, con ellos, determinados rostros como protagonistas: el de los actores.

 

 

Noelia Salcedo

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